Asesinato en la línea

¿Matamos igual en el Norte y en el Sur? Asumidos los estereotipos en cuanto al trabajo, la gastronomía y la querencia al cachondeo, me pregunto, ¿hay también idiosincrasia en el crimen? Está a punto de estrenarse The bridge, la versión americana de una de las mejores series que vi el año pasado, la nórdica Bron/Broen. Un cuerpo de mujer aparece atravesado en la línea divisoria de El Paso con Ciudad Juárez y dos policías, cada uno de un lado de la frontera, tendrán que colaborar en la investigación. En la serie original, el descubrimiento del cadáver se producía en el puente de Oresund y gran parte de las particularidades de la investigación estribaban en el pique entre los suecos y los daneses. Además, el asesino era “muy septentrional”, o sea, sin reventar el argumento, tenía ese tipo de características, la asepsia, la metodología, la infalibilidad, propia de un fabricante de Volvos. He tenido la oportunidad de hincarle el diente al primer episodio de The bridge (FOX organizó un pase para blogueros hace unos días) y en él queda claro que el cambio de latitud será uno de los platos fuertes. La curiosa (bilingüe, terrorífica, corrupta, hipócrita) vecindad vigilada entre Texas y Chihuahua supone un cambio radical respecto a la original y, para mí, lo más apetecible de este remake. Espero, deseo, también, que el asesino adapte su retorcido plan en profundidad, más allá del trueque de los nublados plomizos, los muebles de abeto y los grandes ventanales por las chabolas encaladas, los polizones renegridos y la calima.

El otro pilar de la serie son los dos investigadores protagonistas, la rarita Sonya North (la Saga Noren original es una asombrosa creación de la actriz Sofia Helin, replicada con soltura en The bridge por Diane Kruger) y el dicharachero Marco Ruiz (Demián Bichir en los zapatos del danés Kim Bodnia). Él es un tipo carismático, familiar, emocional, que se mete a la gente en el bolsillo sin esfuerzo, y ella una obsesiva solitaria con rasgos de Asperger a quien a duras penas soportan sus compañeros. Ambos irán limando asperezas con la dinámica clásica de las buddy movies (hay mucho paseo en coche en esta serie) y desarrollando una genuina relación de confianza y afecto a medida que el caso se va liando. Y se líará mucho. The bridge promete rescatar todo lo divertido de la trama de Bron/Broen y dejarnos pegados frente al ventilador mientras Sonya y Marco sudan la gota gorda por el desierto.

The bridge se estrena de forma simultanea en FOX Crime y FOX el 11 de julio a las 22.30

 

La vida eterna

En estos días de parón bloguero forzado he visto unas cuantas series nuevas (incluida la esperadísima The Bridge, de la que os contaré cosas en los próximos días), he terminado con otras (con algunas, para siempre: te hablo a ti, Glee), y me he quedado con las ganas de participar del merecido homenaje colectivo a Sexo en Nueva York. Hay material de sobra para no aburrirse en los próximos meses de calorazo y, personalmente, me he marcado el propósito estival de saldar una cuenta pendiente: ver entera Friday Night Lights. Antes de todo eso, lo primero es lo primero, y yo aún sigo tocada por la muerte de James Gandolfini. Sí, ya sé que ha pasado casi una semana y que vosotros, como yo, habéis leído todos los obituarios que se han ido publicando, pero jolín, sólo tenía cincuenta y un años, era un actorazo y cedió su facha al icono más representativo de la cultura de los últimos quince años. Dejadme que os suelte uno más, él se lo merece.

Le había visto en un montón de secundarios y nunca me había quedado con su nombre hasta que en el verano de 2001 me tragué The Mexican, una chorrada monumental donde él era lo único rescatable. El listillo de Gore Verbinski, ese director infecto con un olfato comercial atinadísimo, le fichó justo después del bombazo que supuso en Estados Unidos la primera temporada de Los Soprano. Gandolfini interpretaba a un asesino a sueldo homosexual, dulce y comprensivo, pero de gatillo certero, que se pasaba media película compartiendo confidencias con una Julia Roberts en modo mariliendre. Aquel Tony Soprano de saldo se merendaba en dos bocados y sin esfuerzo a la Roberts y al otro cabeza de cartel, Brad Pitt. Jamás volvió a pasarme desapercibida su imponente presencia, su corpachón, su voz y su sonrisa.

Me he criado venerando El Padrino y, sin embargo, en mi Olimpo de la ficción mafiosa, Tony Soprano es el capo de tutti capi. Es algo emocional: a Michael Corleone se le respeta y a Tony, se le quiere. Quizá sea porque la asombrosa interpretación de James Gandolfini se distancia de la ortodoxia Stanislavsky radical que distingue a la intensa familia Corleone. O puede que los ochenta y seis capítulos de Los Soprano te cambien la vida para siempre, como cambiaron la historia de la televisión. Una vez entiendes sus motivaciones, le ves bregar cada día, matar, robar, extorsionar, irse de putas, abrazar a sus hijos con todo el cuerpo, reír los chistes verdes de sus subalternos, discutir con su mujer, fantasear con su terapeuta, llorar porque su madre no le quiere, te das por vencida y asumes que ya nunca más tolerarás protagonistas impolutos, jamás lograrás empatizar con un héroe como los de antes.

Gandolfini carecía de la brutal seguridad del personaje que le ajustó David Chase y perdía los papeles con facilidad con los agobios de la fama. “La violencia me pone malo”, parecía pedir disculpas en las entrevistas con una timidez que descolocaba. Admirador confeso de Robert Redford, se asemejaba a un gran mastín, de natural manso y con un ladrido intimidante; lento y pachorra, pero capaz de arrancarte la cabeza de un bocado si te pasabas de la raya. Gandolfini era Tony Soprano en muchos aspectos. Comer y beber sin control era uno de ellos. No tenía esa cansina pulsión de muerte de las estrellas malditas: simplemente era disfrutón y no le apetecía cortarse. Años de jugosos steaks poco hechos, de zitti marinara, de parmesano, de bresaola y salami engullidos de pie, junto a la nevera, directamente del paquete de papel de cera. Era alguien capaz de cenar dos veces sólo porque la comida era suculenta, de incitar a un ex alcohólico a tomarse una copa por no beber solo, inconsciente, irresponsable y excesivo. Me apetece pensar que murió feliz, haciendo lo que quería, atontado por la borrachera y con el regusto fuerte de los langostinos con chile todavía en el paladar. Como me dijo alguien el otro día, pocas personas como él se van al otro barrio con la seguridad de tener garantizada la vida eterna.