Un cadáver en el ático

“Esto parece CSI Surrey”, se queja uno de los personajes de What remains harto de que una investigación criminal altere su, por otra parte, aburridísima existencia. Mentira. La miniserie de BBC One no podría estar más lejos de la franquicia americana. De hecho es, junto con The Fall, la novedad televisiva más gratificante que nos ha servido este año la pérfida Albión. Si Utopía era un quiero y no puedo, Southcliffe raruna en exceso y Broadchurch demasiado convencional, What remains está en su punto justo: es la versión de una novela de Agatha Christie que haría un discípulo aplicado de Haneke, algo profundamente triste y cruel.

Va mucho más allá del típico whodunit. Los protagonistas son un puñado de individuos ordinarios y amargados, vecinos de un mismo bloque de apartamentos donde aparece el cadáver de una chica gorda y retraída. No hay eufemismos que valgan; esos adjetivos condicionan la vida y la muerte de Melissa  Young (Jessica Gunning). Todos la despreciaban por su obesidad y nadie la echó de menos durante los dos años que su cuerpo pasó descomponiéndose en el altillo de la casa. Ni siquiera la policía parece estar dispuesta a dedicarle más tiempo del necesario y rápidamente despacha el caso como un suicidio. Sólo un detective recién jubilado, Len Harper (David Threlfall), se apiada de la joven y decide ir piso por piso escudriñando las relaciones entre los inquilinos, convencido de que uno de ellos es el asesino.

What remains es una historia depresiva. Tiene esa tristeza existencial de los días en los que la vida parece insoportable. Habla del resentimiento, de la tortura, de la melancolía, con unas tramas sencillas que afectan a personas vulgares y con muy pocos escenarios. La intriga por desvelar quién mató a Melissa aguanta un ritmo fenomenal y, sin embargo, también nosotros como espectadores la dejamos pronto en un segundo plano, interesados como estamos por saber qué se cuece en cada una de las celdillas de ese avispero que se parece tanto a tu casa y a la mía. Son cuatro episodios muy bien rematados, sin estrellas, con algunas caras conocidas entre las que destacan Steven Mackintosh, el jefecillo de los Inside Men, e Indira Varma, la esposa sufriente de Lucio Voreno y del DCI Luther.

Asesinos delegados

Un autodestructivo agente del FBI retirado, un inteligentísimo asesino en serie, una conexión especial entre los dos. Si la historia de The Following se hubiera producido para el cine sería otro thriller más, como doscientos hemos visto, para echar el rato una noche de agosto y olvidar al día siguiente. Se titularía “El coleccionista de relatos” (el serial killer que nos ocupa tiene fijación con Edgar Allan Poe) y lo protagonizaría Morgan Freeman o Angelina Jolie, o los dos. Nos han contado tantas veces el mismo rollo en hora y media que, a no ser que un autor como Fincher o Demme le meta mano y lo convierta en obra maestra, se nos mezclan las obsesiones, las estrellas y los escenarios. Pero, ¿hace falta ser original para dar en el blanco? The Following es un buen ejemplo de que la misma fórmula de siempre, con una pequeña vuelta de tuerca, también da para una serie. ¿O no?

(A partir de aquí voy a hablar libremente de la trama del piloto. Si eres susceptible con los espóilers, mejor no sigas.)

Hace ocho años que Ryan Hardy (Kevin Bacon) consiguió encerrar a Joe Carroll (James Purefoy), un profesor de literatura especialista en el periodo romántico que primero volvía loquitas a sus alumnas leyéndoles Annabel Lee en clase y de noche se colaba en sus habitaciones para terminar el comentario de texto: les sacaba las tripas y les clavaba puñales en los ojos, en lo que él consideraba su interpretación personal de la obra de Poe. Ya en la cárcel, Carroll se convierte en un fenómeno mediático con multitud de seguidores y, a pocos días de probar la inyección letal, consigue escaparse con un claro objetivo: pasarse a cuchillo a una tierna jovencita que en su momento se le escapó. Hardy, enfermo y alcoholizado, vuelve al FBI para correr tras su archienemigo y evitar que cumpla sus intenciones. Durante la primera media hora del capítulo, tenemos un thriller de manual en versión compactada, con todas las ventajas y los tópicos del género. No se corta en la sangre, tendremos trama amorosa, un secundario que palma y, finalmente, la detención del culpable por parte del pertinaz agente de la ley. Si habíais pensado que esto era una caza al hombre, estáis equivocados: el asesino vuelve a la cárcel. En el último cuarto, llega por fin la propuesta argumental de la serie: no será Carroll sino sus acólitos, su grupo de fieles, su following, integrado en todos los estamentos sociales, quienes se dedicarán a matar continuando su legado literario- sangriento.

El piloto es muy divertido, vale, ¿y después? ¿Cómo va a continuar esto? ¿Tendremos un asesinato y un asesino por capítulo? ¿Nos volveremos locos tratando de identificar a los colaboradores del Carroll, en plan La invasión de los ultracuerpos? ¿Serán capaces de mantener el nivel de intensidad e interés del primer episodio? En Estados Unidos, donde la serie se estrena esta noche, algunos periodistas se han puesto estupendos criticando su extrema violencia y su glorificación del mal. Este tipo de comentarios suelen producir el efecto contrario al deseado y funcionan como un reclamo infalible. La serie cuenta además con una verdadera estrella como protagonista: Kevin Bacon da vida al ex agente Hardy, un papel que precisa de su laconismo y su carisma para que un montón de lugares comunes nos resulten atractivos. En frente, James Purefoy, con ese punto pervertido, guarro casi, que tanto partido le sacó en Roma y que aquí le viene de perlas para componer al morboso profesor psicópata.

Podremos ver The Following los martes a las 22.15 en TNT a partir del próximo 29 de enero, muy pocos días después de su emisión en Estados Unidos.