Servir bien caliente

¡Albricias! Las cadenas han pillado que, una vez hemos elegido el menú, no queremos esperar para consumir las series. De esta forma llevan tiempo orientando todos los esfuerzos a ofrecernos el producto en las teles, las tabletas y los smartphones antes de que el interés por ellas se enfríe. No es fácil. Romper la dinámica de las distribuidoras es un dolor, acoplar los estrenos en parrillas planificadas meses atrás, un encaje de bolillos y contar con tiempo para traducir y doblar, una misión imposible. No obstante, los espectadores mandamos, y al menos los canales de pago demuestran estar interesados en satisfacer a su público. Esta semana tenemos tres ejemplos de títulos que nos llegan echando humo:

Masters of sex en Canal + 2. Lunes 30 de septiembre a las 23. 00h en V. O. S.
(24 horas después de su estreno en EE. UU.)

Ardiente promete ser Masters of sex. Ambientada en los años sesenta, se basa en la historia real del ginecólogo William Masters y su ayudante, Virginia Johnson, responsables de un estudio pionero sobre la respuesta fisiológica de los humanos ante la actividad sexual, o sea, el equivalente en medicina a la revolución que, una década antes, supuso para la psicología el Kinsey Report. De hecho, la serie guarda algunas similitudes con Kinsey, la película de Bill Condon protagonizada por Liam Neeson y Laura Linney (quien últimamente, estoy segura, cuela como el que no quiere la cosa la palabra “Emmy” en todas sus conversaciones). La más atinada es esa bisoñez con la que gente tan sesuda y tan preparada como Masters o Kinsey, verdaderas eminencias en su campo pero auténticos pardillos en términos amatorios, productos de la puritana sociedad de posguerra, se aventuran a investigar el sexo menospreciando las complicaciones afectivas. Masters of sex tiene al eficaz Michael Sheen y a la preciosa Lizzie Caplan como protagonistas, esa atmósfera tan seductora de humo de tabaco, faldas lápiz y teléfonos de baquelita, y unos diálogos muy bien pulidos. Para mí, el mejor estreno de este año hasta la fecha.

Rehenes en TNT. Martes 1 de octubre a las 22. 30h
(Una semana después de su estreno en EE. UU.)

Refrito de una serie israelí que nunca se produjo y con trama de peli noventera, Rehenes presenta a Toni Collette como una reputada neurocirujana encargada de operar al Presidente de los Estados Unidos. El día anterior a la intervención, un grupo de encapuchados invaden su casa y amenaza con cargarse a toda su familia si ella no deja morir al mandatario en el quirófano. Aunque no tienen acento, así de primeras podemos pensar que se trata de la clásica trama de terrorismo internacional, pero qué va, son un grupo de renegados americanos liderados por Dylan McDermott enredados (probablemente) en un complot manejado desde las altas esferas de la CIA o el FBI o la Casa Blanca. Rehenes será divertida en tanto en cuanto no se tome muy en serio; si no, será un rollazo. El piloto empieza a despegar cuando se vuelve macarra, loco y calentón, cuando adivinamos el potencial de historias inverosímiles entre captores y cautivos, entre el renegado y la reputada. Eso y la esperanza de que McDermott se quite de vez en cuando la camiseta son bazas suficientes para pedir, al menos, segundo plato.

Homeland en FOX. Jueves 3 de octubre a las 22. 20h
(Cuatro días después de su estreno en EE. UU.)

Por último, vuelve Homeland. La última temporada terminó, literalmente, en llamas, con un salto al vacío argumental del que muchos agoreros piensan que no podrá recuperarse. Sin embargo, ya lo demostró el año pasado, esta serie tiene una asombrosa capacidad para reinventar la forma y el fondo manteniendo el interés y la coherencia de sus protagonistas. Con Brody, de enemigo público número uno, Carrie entre el querer y el deber, Jessica de alegre divorciada, Saul de jefazo y Rupert Friend… de lo que sea, a partir de éste, los jueves no contéis conmigo, no estoy para nadie.

 

MIS premios Emmy

Cuando nos faltan argumentos para defender una opinión podemos sentirnos tentados de insistir en la extravagancia con tal de mantener nuestra postura. La gente de la Academia de la Televisión, los que entregan los Emmy, odian a Matthew Weiner. Le humillaron el año pasado y pretenden hacer lo mismo este año ratificando que, para ellos, los guiones de Downton Abbey son premiables y los de Mad men, no. No existen tampoco razones para que The good wife, la otra gran serie contemporánea (con permiso de Breaking bad), sofisticada, influyente, inconformista, no esté nominada. Los votantes ceden con facilidad a las agresivas campañas de márketing de las cadenas y a las modas, así que no olvidemos, cuando haya que hacer valoraciones sobre los ganadores, que todo esto es una tontería muy grande.

Como decía, los académicos se pirran por la serie de Julian Fellowes y su rollo los ricos también lloran arriba y abajo, y se obcecan en dignificarla a sabiendas de que es un subproducto. Si tanto les gustan los culebrones podrían haberse acordado de Nashville, una serie capaz de mantener tono marujo sin rebajar la calidad. Como esto no tiene ni pies ni cabeza, se trata de ser macarra, de no atender méritos objetivos y hacer lo que a cada uno le venga en gana, yo he hecho lo propio y he elaborado una lista con mis preferidos entre los candidatos. Ojo, no son “mis favoritos”; cuando llegue el momento de las porras y de apostar dinero, elegiré otros nombres. Me sorprendería que los de aquí abajo ganaran algo más que un primer plano favorecedor cuando premien a otro. Son los que me gustan a mí, mis elegidos, por las razones que sean, las que a mí me ha dado la gana destacar. A saber:

Demasiado guapo para que le tomen en serio, demasiado vulgar para ser una estrella fuera del plató, Jon Hamm es un actor de cuerpo entero (no hagáis chistes), clásico, eficaz y cumplidor. Su Don Draper desconcertado es una gran composición llena de matices y el protagonista masculino del año. El premio secundario de drama se lo daría a Charles Dance, pero como no está nominado, es de justicia que lo herede su odiado hijo en la ficción, Peter Dinklage, corresponsable, además, de algunos de los duelos dialécticos más divertidos que hemos visto esta temporada. En comedia, me apetece ver subir a Alec Baldwin al escenario. Por esa sonrisa entre lágrimas final de Jack Donaghy, porque se le ha quedado un tipín estupendo con la dieta y el yoga, y porque estoy enganchada a su podcast Here’s the thing. También me quedo con Ty Burrell. Dentro de unos años se marcará un bryancranston y entonces todos estaremos de acuerdo en que, no sólo es un actorazo, sino también un tío muy bien parecido. Nadie debe quitarle su standing ovation a la maricona de Michael Douglas, ni siquiera Toby Jones, quien se sale como el perverso sátiro y egoísta Hitch de The Girl, una peli que no aparece entre las seleccionadas de su categoría y, sin ser una maravilla, es una obra maestra comparada con La Biblia o Political Animals. Desaparecido está también el petrificado y descacharrante cirujano que interpreta Rob Lowe en Behind the candelabra, uno de los grandes aciertos de la peli. Sí está nominado James Cromwell, que se ha atrevido a dignificar un personaje como Arthur Arden, o sea el Doctor Mengele reescrito por Ryan Murphy. Mis ‘guest star’ van para Bobby Cannavale, por hacer soportable la cuarta temporada de Nurse Jackie, y para Harry Hamlin, alguien que sabe que más vale una frase en una buena serie, que encabezar los créditos en un dramón de Lifetime (chúpate esa, Corbin Bernsen).

Quién quiere retratos femeninos autoindulgentes y ejemplarizantes. Para mí, las señoras del drama del año son las miembros del club de las esposas cabronas, Robin Wright y Anna Gunn. Alfa y omega en términos estéticos, brillantes interpretaciones de mujeres interesadas, antipáticas y manipuladoras. Claire Underwood, como aquella otra mantis de Lunas de hiel, le recuerda a su marido cada día que, todo lo que él hace, lo puede hacer ella mucho mejor. Por su parte, Skyler White se ha revelado como la única antagonista (sí, esa es su función, de un tiempo a esta parte) a la altura de Heisenberg. Más buena que el pan es, sin embargo, la Sheila de Shameless, una locatis que nos ha permitido apreciar los matices dramáticos de la comicaza Joan Cusack. Otra demente (esta sí) peligrosa que cambia de registro es Melisa Leo en Louie, en la cita a ciegas más bizarra de la Historia. Y cuerda, aunque todos se empeñen en desquiciarla, está Lana Winters (Sarah Paulson) en American Horror Story: Asylum, magnífico homenaje sáfico a las grandes damas del melodrama de los cincuenta y sesenta. No soy seguidora de Parks & Recreation y, sin embargo, le daría con gusto el protagonista de comedia a Amy Poehler; por la ceremonia de los Globos de oro y porque, como cada años, improvisará el mejor sketch de la gala. Otra tía que es vis cómica con patas es Jane Krakowski. Sí, quiero ver a Jenna Maroney recogiendo un Emmy y comprobar si reprime las ganas de cantar. Las reacciones de los premiados son un incentivo como cualquier otro: esa displicencia serena de Helen Mirren, “Huy, qué bien, estaba yo echándome unas risas con Taylor y mira lo que me habéis dado”, cuando le entreguen su enésimo (merecido) galardón por controlar los respingos cada vez que a Al Pacino le daba un ataque en Phil Spector, y por conseguir que las florituras de David Mamet suenen tan naturales como la lista de la compra. Por cierto que éste, siendo teatral en exceso, es mucho mejor guión que el de LaGravenese (Behind the candelabra), que flojea en diálogos y en estructura. De los contendientes en drama, nadie le hace sombra al ejemplar “Say my name” de Thomas Schnauz, y en comedia, aunque sólo esté nominada una mitad, brilla la mejor película de Woody Allen de los últimos tiempos, el “Daddy’s Girlfriend” de Louis C. K.

La realización de Steven Soderbergh para Behind the Candelabra no es para matarse, pero es la mejor entre las miniseries y películas. En drama, la veterana Lesli Linka Glatter tiene un currículum televisivo tan impresionante como ridícula es su carrera cinematográfica. Este año supera con creces al irreductible Tim Van Patten, que ha utilizado la tercera temporada de Boardwalk Empire para hacerle la pelota al jefe y homenajear todas las películas que le gustan de Scorsese. El piloto de House of Cards de Fincher es impecable, pero palidece ante la sencillez y la fuerza que Glatter derrocha en el intenso capítulo del interrogatorio a Brody (Homeland, “Q&A”). Aunque si ha habido un ejercicio de dirección soberano este año, pese a quien pese, ha sido el de Lena Dunham por el “On all fours” de Girls, ese capítulo donde Hannah hace eso con el bastoncillo de las orejas, donde Marnie hace eso en la fiesta y, sobre todo, donde Adam le hace eso a su novia. Cómo está de bien rodado. Qué jeta.

El regreso

Esta noche llega a Cuatro Homeland, esa serie que lleva dos años en el candelero, arramblando en las entregas de premios y reclutando adeptos incondicionales. Creada por Alex Gansa y Howard Gordon a partir de la israelí Hatufim (Prisioneros de guerra) cuenta la vuelta a casa de un marine americano que ha pasado ocho años cautivo de una facción de Al Qaeda. El liberado sargento Nicholas Brody (Damian Lewis) tendrá que adaptarse a su antigua vida con su mujer y sus hijos, integrar su nuevo estatus de héroe nacional y lidiar con la analista de la CIA, Carrie Mathison (Claire Danes), quien sospecha que Brody es un agente convertido y entrenado por el enemigo. Con unos protagonistas poliédricos, complicados, contradictorios, Homeland es, en forma y en contenido, la respuesta contemporánea a todas aquellas arquetípicas historias sobre la Guerra Fría del siglo pasado en las que siempre ganaban los buenos. Sincera en los golpes de efecto y valiente en los cambios de ritmo, reflexiona sin complejos sobre la verdad, el compromiso y la traición en una época en que nuestra cosmovisión está deseosa de adoptar distintas perspectivas, cuando todos los individuos tienen una justificación última para hacer lo que hacen. Una apuesta audaz, incómoda y apasionante.

Sobre la segunda temporada de Homeland: La vida de Brody

 

Las campanadas de 2012

Del doce al uno, ahí van mis momentos de serie de este año:

12. La explicación gráfica de la incompatibilidad entre hombres gays y lesbianas (Modern family).

11. Una aspirante a Marilyn para un taxi a golpe de cadera en una calle de Nueva York (Smash).

10. La razón por la que nadie podrá volver a decir “no te asustes, Carl” (The walking dead).

09. Jeff Winger lanza el dado al aire (Community).

08. “Mi madre escuchaba tus discos cuando estaba embarazada de mí” (Nashville).

07. Las primeras palabras de Liddy Donaghy (30 Rock).

06. La cena precocinada en casa de los White (Breaking bad).

05. Unas copas a deshora en el bar (Homeland).

04. Hannah en la consulta de la ginecóloga (Girls).

03. La cita- encerrona de Louie y Laurie (Louie).

02. La fiesta sorpresa frente al ascensor (The good wife).

01. Hay que saber apreciar las cosas buenas a tiempo (Mad men).

Mad men ha dado este año The other woman, el tripi de Roger Sterling, la foto en la cartera de Lane Pryce, el Zou bisou bisou y una secuencia de final de temporada (hombre que camina solo con mujer al fondo) que podría haber firmado Orson Welles. Sí, Matthew Weiner es un pedante consciente de su talento pero eso no resta méritos a su serie, qué manía tenemos de celebrar la falsa modestia. Sabe lo que vale y lo que cuesta hacer lo que él hace: peleó frente a la gente que suelta la pasta y ganó y, en justa medida, nos ofreció una temporada colosal. Creo que el de la foto es el mejor momento televisivo del año: intenso, elegante, perfecto. A menudo se le recrimina a Mad Men que los actores no tienen libertad, que están encorsetados en las directrices de un geniecillo ególatra y marimandón pero, ¿desde cuándo es algo malo que los actores sean obedientes? In my opinion, sólo hay una serie que en el cómputo global no le anda a la zaga, pero hay que elegir una y este año Mad men ha sido la mejor con diferencia.

Feliz 2013.

La vida de Brody

Si el protagonismo (y no el caché) determinara el orden de los actores en los títulos de crédito, el nombre de Damian Lewis debería haber ido antes que el de Claire Danes en la segunda temporada de Homeland. El sargento Brody ha acaparado todas las tramas; también las de una Carrie que, ya medicada, centrada y enamorada hasta las cachas, ha evolucionado del despecho a la devoción incondicional. “No te fíes de él, no te fíííes: es un terrorista”, mientras sus compañeros de la CIA y los espectadores han estado esperando que el exmilitar se abra como una matrioska y revele otra sorpresa con la que no contábamos, ella hace tiempo que cree a pies juntillas que es sólo un tipo corriente en circunstancias excepcionales.

El carisma de Damian Lewis nos hace olvidar que Brody es, en realidad, un mandado; un personajazo de primera pero no un héroe; un tipo responsable, pero no un líder. Es sargento, el grado más bajo del escalafón de suboficiales, y lleva toda su vida obedeciendo órdenes: primero del ejército de los Estados Unidos y luego, de Al Qaeda. Quiere pensar que cuando apretó el detonador al final de la primera temporada estaba vengando la muerte de niños inocentes, pero lo cierto es que la voz que le dictaba las instrucciones no era la de su conciencia sino la de Abu Nazir. Como congresista ha resultado aún más pardillo, tratando de recomponer su vida, encontrar su propio camino y ser de nuevo una buena persona, y recibiendo a cambio extorsiones constantes de Nazir, de la CIA, de su mujer, de su hija. Nunca Brody fue tan él como en el capítulo quinto, después del interrogatorio, agotado, con la mano destrozada, tirado en el suelo en posición fetal y pensando: “dejadme en paz todos, no puedo más”.

Teniendo en cuenta que Homeland ha decidido ser más 24 que Rubicon podemos esperar cualquier cosa para la tercera temporada (a partir de aquí hay potenciales espóilers del último capítulo que emitirá FOX en V. O. el próximo domingo 23). También que Brody nos haga un keysersoze y nos deje con la boca abierta, revelando que ha sido él la mente perversa en la sombra todo el rato, y confirmando así la teoría de Saul Berenson de que ser terrorista imprime carácter. Sin embargo, la evolución lógica del personaje pasa por descubrir la nueva vida de Brody, la del rebelde, el marginado, el individuo independiente que no atiende a directrices ni a imposiciones. Y el reto para la serie es mantener la coherencia y evitar la tentación convertir a Nick Brody en Jack Bauer.

Homeland se emite los jueves a las 22.20 en FOX

Los injustos Emmys del 2012

No es justo que el merecido triunfo de Homeland en los Emmy haya sido a costa de la humillación de Mad Men. Lo que más me duele de la derrota de los chicos de Sterling Cooper no es que su mejor temporada hasta la fecha, la quinta, se fuera de vacío, sino que haya tenido que aguantar la vergüenza de ver tres de sus historias más brillantes, de sus guiones más perfectos, equiparados a esa mamarrachada folletinesca que es el séptimo episodio de la segunda temporada de Downton Abbey. ¿La ridícula curación del primo Matthew se puede comparar con el brutal paso al frente de Joan? ¿La grotesca pasión por la criadita de Lord Grantham con la foto en la cartera de Lane Pryce? ¿El cambio de personalidad esquizoide de Edith con la natural evolución de Peggy? Qué desatino.
 
No es justo que obliguen a Jimmy Kimmel a presentar la gala si no le apetece. El turno de emisión (cada año el evento lo da una de las cinco grandes cadenas en abierto) cayó esta vez en la ABC, que le encargó a su hombre del late night, Kimmel, conducir los chorrocientos minutos de celebración televisiva. Los clips eran muy aburridos y Kimmel cubrió expediente con un rictus permanente de yo no quería, es que me han liado. Mucho más motivado estuvo Louis CK que acudió con corbata y sin camiseta. Recogió dos merecidos galardones y le hizo su caída de ojos de perrillo despistado a Amy Poelher, imbatible como cada año en ser protagonista sin recibir ningún premio; qué no daría yo por verla presentar la gala al alimón con su amiga Tina Fey. Otro tándem clásico en el que siempre puedes confiar para echarte unas risas cuando estás a punto de quedarte frita es el formado por Jon Stewart (¡diez estatuillas tiene ya el Daily Show!) y Stephen Colbert, que ayudados esta vez por Jimmy Fallon, protagonizaron el mejor gag de la noche.
No es justo que todos los que flipaban con Homeland hace unos meses, de repente consideren exagerado el reconocimiento a su protagonista masculino. Simpático y elegante estuvo Damien Lewis en su discurso de agradecimiento, adorable Aaron Paul y humilde Kevin Costner. No me veo capaz de descifrar el estado de ánimo que se ocultaba tras la máscara fruncida a los laterales de la cara de Jessica Lange. Su Constance Venable, digo Langdon, reina del oneliner 2012 con permiso de Maggie Smith, tenía el premio asegurado. Como también lo tenía la Carrie Mathison de Claire Danes: la intérprete del personaje más difícil del año recogió el Emmy en un Lanvin amarillo que le sentaba fenomenal a su peculiar (y embarazada) figura.
No es justo que la falta de rigor en la categoría de Miniserie y TV Movie dejara fuera de la competición a la mejor peli del año, Page Eight. La ganadora no hubiera variado, no obstante. Con las elecciones americanas a la vuelta de la esquina, la mayoría demócrata en la sala no podía dejar de ratificar a la ejemplar Game Change. Su contundente victoria confirma a Danny Strong, premiado como guionista y autor también de El recuento, como el cronista de ficción política preferido de la HBO. No está mal para el nerd más nerd de Sunnydale.
No es justo que el Emmy de Tim Van Patten pese lo mismo que el de Jon Cryer, un reconocimiento el de Mejor actor de comedia que no tuvo ninguna gracia, por cierto. Sin embargo, la absoluta supremacía de Modern Family a mí sí me parece justa: cada uno tenemos nuestras preferencias pero no se puede discutir que la de Levitan es la comedia más grande en activo. No hubo espaldarazo para el #SixSeasonsAndAMovie de Community ni subida a los altares de Lena Dunhan. Mejor. Supongo. Ya tendrá tiempo de demostrar lo que vale. Qué marujil y qué envidioso me ha quedado este último comentario. Pero es justo, ¿no?