Hannah y el amor

Deberíamos dejar de hablar de Girls porque la tenemos resobada. Con tanta teoría, premio, comparación, declaración de amor (y de odio) corremos el riesgo de saturarnos. Después de tropezarme día sí y día también con artículos titulados Lena Dunham, la voz de su generación, tengo que ver el capítulo de turno para confirmar que no son exageraciones, que se trata de una serie extraordinaria. La segunda temporada traspasa definitivamente esa barrera generacional tan marcada en la primera. Yo no me reconocía como público objetivo y al principio observé Girls desde una distancia prudencial, dispuesta a recular mi entusiasmo en cuanto asomara la bisoñez de la autora. Sin embargo, la serie crece, gana en madurez y yo corro el riesgo de convertirme en otra obnubilada proselitista.

Hay mucho amor en esta segunda entrega. Mucho sexo también, ese sexo desinhibido y grotesco (y, a la vez, tan estético y tan real) que es ya marca de estilo, pero sobre todo son las relaciones afectivas de las cuatro chicas las que estructuran la historia. Estar enamorada, querer estarlo, de quién, por qué, la conveniencia o no de tener pareja, el desconcierto, la vulnerabilidad y el ansia por juntar experiencias desde la audaz perspectiva de quien tiene todo el tiempo del mundo para equivocarse. Mira alrededor, Hannah, le dice Jessa a su amiga en este emocionante tráilerson los mejores años de tu vida.

La tanda de diez episodios que arranca esta noche en Canal plus alcanza un maravilloso clímax en el quinto, emitido el pasado domingo en Estados Unidos y titulado One man’s trash. Es una historia encapsulada y monográfica, un agridulce y emocionante cuento de Brooklyn sobre la pasión y la proyección romántica. Parece aislado de la trama central de la temporada, pero en realidad funciona como hemistiquio perfecto y como enlace emocional para los descreídos. No hace falta tener veinte años y sentirse identificado. Quitaos los prejuicios y dejad que estas niñatas se os cuelen hasta la cocina. De verdad que merece la pena. ­

Los quince años de Carrie

Candace Bushnell me cae mal. Me pasa con ella lo que a la gente que no ha visto Sexo en Nueva York con Carrie Bradshaw: creo que es una pija frívola y superficial con, eso sí, un olfato infalible para hacer caja de la nada. Sé que no me avalan las leyes de copyright, pero Bushnell no debería tener derechos de autor sobre la serie de HBO. Cierto, fue ella la que recopiló sus (espantosos) artículos en un “libro” que se tomó como lejana referencia para crear a la protagonista, pero fue Michael Patrick King y sus chicas, las guionistas, pero también Sarah Jessica Parker, quienes modelaron durante seis años al potentísimo icono y su mundo fantástico. Bushnell es una madre desnaturalizada que se ha aprovechado de su criatura pero no se ha preocupado de su educación. Y ahora va a intentar exprimirla un poquito más con esta precuela titulada The Carrie Diaries.

Sus defensores insisten en que hay que verla dejando a un lado el recuerdo de la otra, que es una serie sobre la aventura de hacerse adulto en los ochenta. Yo me olvidaría gustosa de la serie original si no se empeñaran una y otra vez en ridiculizarla, con tertulias teletubby sobre sexo alrededor de una mesa, o paseos por Manhattan comentando insensateces. No puedo dejar de imaginarme a la otra Carrie, la verdadera, cruzándose con la preciosa y anodina chiquilla de la CW por los pasillos del instituto y preguntando ¿y tú, quién eres? Aquella adolescente que perdió la virginidad a los dieciséis encima de una mesa de ping- pong, acomplejada por su nariz y que, según sus propias palabras, tomó muy malas decisiones en el vestir hasta que se cogió el punto, tan radicalmente distinta del émulo de Tarta de Fresa que es el personaje central de The Carrie Diaries.

Sexo en Nueva York cumplirá en junio quince años (hecho que me dará la excusa perfecta para volver a hablar de ella aquí y hacerle la entrada- homenaje que merece), los mismos que tiene la Carrie de Connecticut. Esta hermana bastarda es otra protagonista más de otra serie vulgar más, los adolescentes y la época es lo de menos. The Carrie Diaries coge lo peor de los ochenta, el buenismo, la cursilería y los personajes planos de la mala televisión de entonces, y lo traslada sin revisar; sólo se preocupa por actualizar la forma de vestir (NADIE estaba tan guapo en esa época, mirad las fotos). Las amigas, la hermana y misma AnnaSophia Robb son seres lobotomizados, con actitudes y tramas intercambiables, que se diferencian unas de otras por la altura, el color de la piel y lo que dicta la voz en off. Los personajes masculinos son señuelos, trampas facilonas para captar al público objetivo; es asombroso ver la legión de incondicionales que un rubio con buen pelo y sin personaje puede conseguir en cuatro semanas de emisión. Estereotipos aburridos y unas historias soporíferas, eso es lo que propone The Carrie Diaries. El pobre John Hughes se está revolviendo en su tumba.

¿Quién es Erik Weiner?

A golpe de Google no he podido constatar que este Weiner sea pariente de Matthew, el dueño y señor de Mad Men. Eso explicaría que a los treinta y tantos y con esa pinta de interventor de diputación de provincias ya haya trabajado con Steven Soderberg, Terrence Winter, Josh Whedon, John Wells, Sidney Lumet, Darren Star y David Chase. Sus personajes son siempre episódicos cuando no directamente de relleno, pero desterrado el nepotismo y teniendo en cuenta que aún no ha demostrado si es buen o mal actor, soy incapaz de decidir si lo suyo es producto de la suerte o de la cabezonería.

Te suena su cara porque se parece a muchas otras personas que conoces, aunque también es probable que le recuerdes porque te has tropezado con él en unas cuantas series; la última, The New Normal donde interpreta a uno de los miembros de la pandilla de Justin Bartha. Su papel de más enjundia hasta la fecha ha sido el del agente Sebso, el compañero del pirado de Michael Shannon en la primera temporada de Boardwalk Empire. En 2005 participó en un experimento de HBO producido por George Clooney titulado Unscripted, que ridiculizaba las tribulaciones de actores en ciernes en Los Angeles. Weiner, al contrario que aquellos pardillos, tiene claro cómo hacerse notar y sabe que es difícil que nadie vaya a destacar su fotografía del montón. Así que, entre un trabajo y otro, escribe y protagoniza sketches de coña que distribuye por Youtube o Funny or die. Puede que éste, en el que también sale Olivia Munn, no te haga mucha gracia; o que este otro sobre la discriminación de los niños heterosexuales en San Francisco te parezca un poco largo; pero seguro que te harás fan de él cuando sepas que es el autor y protagonista del viral One line on The Sopranos. A partir de ahora cada vez que veas su frente despejada asomar en otra serie señalarás la pantalla y sonreirás como si fuera un amigo de toda la vida.