Tempestad sobre Washington

¿Harto de fantasías autocomplacientes y de dirigentes paternalistas? ¿Cansado de esa historia donde el joven idealista no tiene más opción que claudicar ante el sistema? ¿Quieres, de verdad, un político sincero? Puede que House of cards sea la serie que esperabas. Frank Underwood (Kevin Spacey) te lo va a dejar claro desde el principio: él va a lo suyo. Le prometieron la Secretaría de estado y le han endosado la cartera de Educación, así que se va a resarcir liándola muy gorda, trepando unos cuantos peldaños más en el escalafón de Washington y aplastando todas las cabezas que hagan falta. Junto a él, Claire (magnífica Robin Wright), su esposa, confidente y aliada, directora de una organización defensora del medioambiente y la mejor Lady Macbeth que nos ha dado la ficción de los últimos años (y nos ha dado muchas), cebando el clásico de que junto a un hombre de éxito siempre hay una mujer muy cabrona. Y en la sombra, la jovenzuela Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista con mucha hambre y pocos escrúpulos. Servidores públicos a los que les trae al fresco el bien común, ONGs que se dan la mano con las mismas grandes corporaciones que producen los desaguisados que luego tratan de enmendar, y medios de comunicación que sólo se interesan por la verdad si ésta es vendible. House of cards es una reinterpretación de Ricardo III sí, y también una lúcida y desapasionada sátira, tan fría y cínica como su protagonista.

¿Por qué un tipo inteligente y ambicioso como Frank Underwood se metería en política? No para trincar, desde luego. El congresista de Carolina del Sur desprecia a los flojos de espíritu, los que arriesgan un objetivo elevado por placeres inmediatos. Underwood  podría haber optado por dirigir una multinacional, pero se habría aburrido pronto; o por continuar su carrera militar, pero el ejército es una institución que se mueve despacio y donde cuenta más la veteranía que las capacidades. No. Es probable que el único espacio lejos de Washington donde la sed de ambición (y las ganas de disfrutar con el proceso) del protagonista de House of cards se viera colmada fuera el Vaticano. Anda que no le quedaría bien a Spacey la mitra, la sotana y las intrigas cardenalicias. Pero esa sería otra serie. Una que me encantaría ver por cierto.

House of cards es “un one man show”. A pesar del reparto equitativo de tramas secundarias (donde lo mejor es el incondicional Doug Stamper y el politoxicómano Peter Russo, y lo peor la evolución de los colegas de Zoe Barnes), lo que realmente nos interesa y nos hace volver es descubrir en qué consiste el plan de Frank, hasta dónde llegará y si será capaz de completarlo. Kevin Spacey no sólo es el protagonista, también es el productor ejecutivo y aglutina un montón de variables autorales dispersas. Remake de una serie británica, House of cards no se parece a El ala oeste de la Casa Blanca ni lo pretende. Sí está emparentada con Los idus de marzo. Beau Willimon (autor de la obra de teatro Farragut North en la que se basa la película de Clooney) ejerce de showrunner por primera vez capitaneando un ecléctico grupo de guionistas. La impronta visual es la de David Fincher en su versión más sobria y neutra, sin escatimarnos calidad, pero sabedor de que esta serie no es suya del todo. El resultado es un producto con altibajos, pero de ritmo y composición muy sólidos.

House of cards se emite en Canal + los jueves a las 21.30

Los episódicos de las estrellas de cine (II)

Sólo con los actores de La noche más oscura y Argo podríamos repasar la historia de la tele de los últimos veinte años. De Bryan Cranston a Tom Lenk, pasando por Kyle Chandler (que hace doblete), caras más o menos conocidas provocan que muchos se pasen las películas preguntándose “y éste, ¿de qué me suena?”. Pero, además de los repartos corales y como ya vimos en los Globos de oro, también los grandes protagonistas de los Oscar han dejado su rastro en las series:

Amy Adams en ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (20 hours in America, 2002)

Si de mí dependiera, Amy Adams ganaría todos los premios de interpretación de este año. Su Peggy Dodd da más miedo que un cruce de Hannibal Lecter con Livia Soprano. A estas alturas ya no engaña su fachada de princesita pizpireta, ésa misma sobre la que el golfo de Josh Lyman no puede evitar hacer chistes rijosos en la trasera de una furgoneta que funciona con combustible de soja. Cathy era una granjera de Indiana con un máster que le plantaba cara al más antipático de los colaboradores del presidente, Toby Ziegler. Cinco años después, en La guerra de Charlie Wilson, Adams ratificaría que a ella, en cualquier formato, Sorkin le sienta fenomenal.

Bradley Cooper en ‘Sexo en Nueva York’ (They Shoot Single People, Don’t They?, 1999)

Hasta que se la cogió doblada en Las Vegas con sus amigos, a Bradley Cooper le había ido mucho mejor en la tele que en el cine. Eso sí, entró por la puerta grande: quedándose a dos velas en una serie en la que hasta el más cardo pillaba cacho. “Era soltero, hetero y fumador”, a la protagonista le hacen chiribitas los ojos cuando ve a este espigado guaperas de voz aflautada y melena teñida acercarse en una fiesta gay. Eran otros tiempos. El World Trade Center seguía en pie, se podía fumar en los bares y a las mujeres lo último que les interesaba eran las limitadas dotes de Cooper como bailarín.

Jennifer Lawrence en ‘Caso abierto’ (A dollar, a dream, 2007)

En sus apariciones públicas, Jennifer Lawrence siempre deja claro que es una chavala risueña y divertida. Sus personajes, sin embargo, son circunspectos en exceso. Se ha especializado en chicas baqueteadas, que acumulan demasiadas experiencias chungas para su corta edad. Abby Bradford, una adolescente clave para la investigación del enésimo caso archivado de Lilly Rush, es un cruce entre la Tiffany de El lado bueno de las cosas y la Ree de Winter’s Bone. Aún no ha terminado la secundaria, pero ya sabe lo que duele perder a la persona que más quieres y es consciente de que buscar en la basura para comer no es ningún juego.

Philip Seymour Hoffman en ‘Ley y orden’ (The Violence of Summer, 1991)

Philip Seymour Hoffman, probablemente el mejor actor que hay ahora mismo en activo, tiene un currículum bien diverso. Pero, hasta que Paul Thomas Anderson descubrió su lado tierno, el pelirrojo apuntaba maneras como titular para papeles de pervertido, pijo y/ o tío más imbécil de la pandilla. Arrancó su carrera profesional a la vez que la pionera de las franquicias sobre jueces y polis de Dick Wolf. Da vida a un impertinente niñato que viola con sus amigos a una presentadora de televisión. A punto están de escaparse de rositas por el típico agujero legal hasta que George Dzundza y Chris Noth consiguen tenderles una trampa.

Hugh Jackman en ‘Viva Laughlin’ (Piloto, 2007)

Diréis, con razón, que Hugh Jackman era la estrella de Viva Laughlin, pero es que en este caso podemos considerar episódico al actor y a la misma serie. Dos capítulos fueron suficientes para que la CBS cancelara esta fantasía marciana que unía tragaperras, neones, éxitos pop y a Melanie Griffith en algo que, sorprendentemente, no era una comedia. Ojo, Lobezno no sólo puso la cara, también palmó dinero para producir una ficción donde el dueño mafioso de un casino se arrancaba por los Rollings sin venir a cuento. Igual que su esposa, yo estoy convencida de que a Jackman le gustan las mujeres, pero también es verdad que pierde la cabeza por cantar y bailar embutido en pantalones brillantes ajustados y camisas con pechera bien abierta. Cosas muy de locaza.

 

Pactar con el diablo

Lejos de tomarse en serio el dilema moral de Fausto, 666 Park Avenue se presenta como un entretenimiento frívolo en el que un diablo que no se conforma con cualquier cosa y aburrido de que los humanos sean víctimas tan facilonas, busca el reto de corromper a los individuos más guapos, inteligentes, talentosos y con los más recios principios. El sitio elegido, claro, es un Nueva York plagado de veleidades artísticas y ambiciones frustradas. Terry O’Quinn es Gavin Doran, millonario Belcebú propietario de un edificio imponente de la zona norte de Manhattan al que llega una pareja de jóvenes idealistas, político en ciernes él, licenciada en arquitectura ella, buscando emplearse como guardeses de la finca a cambio de un piso con vistas al parque. El bloque de apartamentos, el Drake, es el redil donde Doran y Olivia, su mujer (y qué mujer, Vanessa Williams) tienen controlados a sus potenciales objetivos: un dramaturgo que no consigue escribir nada y que se pasa las horas muertas deseando a la vecina golfilla de enfrente a espaldas de su castradora esposa; un conserje que anhelaba el puesto de los recién llegados; un viudo dispuesto a matar con tal de volver a abrazar a su mujer; y una niña rara (qué tipo de casa encantada sería ésta si no un hubiera una) con poderes mentales. El Drake es un parque temático del terror, apariciones en camisón con el pelo sobre la cara, pasillos larguísimos con puertas a los lados, mosaicos demoníacos: un umbral del infierno en toda regla. El eficaz piloto dirigido por Alex Graves, responsable del mítico episodio en directo El debate de El ala oeste de la Casa Blanca, exprime las virtudes estéticas del edificio que toma como referencia real el Ansonia, una de las fachadas que en Hannah y sus hermanas las pazguatas Dianne Wiest y Carrie Fisher visitaban con Sam Waterston. Curiosamente es su hijo, el también actor James Waterston, quien interpreta en 666 Park Avenue al primer inquilino que sufrirá en carnes propias el altísimo precio de hacer negocios con el luciferino Doran. Miedito de intensidad moderada y mucha gente guapa, el arranque es muy parecido a la película de Taylor Hackford de 1997 Pactar con el diablo. Esperemos que la audiencia dé tregua (el estreno ha ido flojo en USA) y que como en aquella, haya desparrame de perversiones por el Upper East Side.