El regreso

Esta noche llega a Cuatro Homeland, esa serie que lleva dos años en el candelero, arramblando en las entregas de premios y reclutando adeptos incondicionales. Creada por Alex Gansa y Howard Gordon a partir de la israelí Hatufim (Prisioneros de guerra) cuenta la vuelta a casa de un marine americano que ha pasado ocho años cautivo de una facción de Al Qaeda. El liberado sargento Nicholas Brody (Damian Lewis) tendrá que adaptarse a su antigua vida con su mujer y sus hijos, integrar su nuevo estatus de héroe nacional y lidiar con la analista de la CIA, Carrie Mathison (Claire Danes), quien sospecha que Brody es un agente convertido y entrenado por el enemigo. Con unos protagonistas poliédricos, complicados, contradictorios, Homeland es, en forma y en contenido, la respuesta contemporánea a todas aquellas arquetípicas historias sobre la Guerra Fría del siglo pasado en las que siempre ganaban los buenos. Sincera en los golpes de efecto y valiente en los cambios de ritmo, reflexiona sin complejos sobre la verdad, el compromiso y la traición en una época en que nuestra cosmovisión está deseosa de adoptar distintas perspectivas, cuando todos los individuos tienen una justificación última para hacer lo que hacen. Una apuesta audaz, incómoda y apasionante.

Sobre la segunda temporada de Homeland: La vida de Brody

 

La vida de Brody

Si el protagonismo (y no el caché) determinara el orden de los actores en los títulos de crédito, el nombre de Damian Lewis debería haber ido antes que el de Claire Danes en la segunda temporada de Homeland. El sargento Brody ha acaparado todas las tramas; también las de una Carrie que, ya medicada, centrada y enamorada hasta las cachas, ha evolucionado del despecho a la devoción incondicional. “No te fíes de él, no te fíííes: es un terrorista”, mientras sus compañeros de la CIA y los espectadores han estado esperando que el exmilitar se abra como una matrioska y revele otra sorpresa con la que no contábamos, ella hace tiempo que cree a pies juntillas que es sólo un tipo corriente en circunstancias excepcionales.

El carisma de Damian Lewis nos hace olvidar que Brody es, en realidad, un mandado; un personajazo de primera pero no un héroe; un tipo responsable, pero no un líder. Es sargento, el grado más bajo del escalafón de suboficiales, y lleva toda su vida obedeciendo órdenes: primero del ejército de los Estados Unidos y luego, de Al Qaeda. Quiere pensar que cuando apretó el detonador al final de la primera temporada estaba vengando la muerte de niños inocentes, pero lo cierto es que la voz que le dictaba las instrucciones no era la de su conciencia sino la de Abu Nazir. Como congresista ha resultado aún más pardillo, tratando de recomponer su vida, encontrar su propio camino y ser de nuevo una buena persona, y recibiendo a cambio extorsiones constantes de Nazir, de la CIA, de su mujer, de su hija. Nunca Brody fue tan él como en el capítulo quinto, después del interrogatorio, agotado, con la mano destrozada, tirado en el suelo en posición fetal y pensando: “dejadme en paz todos, no puedo más”.

Teniendo en cuenta que Homeland ha decidido ser más 24 que Rubicon podemos esperar cualquier cosa para la tercera temporada (a partir de aquí hay potenciales espóilers del último capítulo que emitirá FOX en V. O. el próximo domingo 23). También que Brody nos haga un keysersoze y nos deje con la boca abierta, revelando que ha sido él la mente perversa en la sombra todo el rato, y confirmando así la teoría de Saul Berenson de que ser terrorista imprime carácter. Sin embargo, la evolución lógica del personaje pasa por descubrir la nueva vida de Brody, la del rebelde, el marginado, el individuo independiente que no atiende a directrices ni a imposiciones. Y el reto para la serie es mantener la coherencia y evitar la tentación convertir a Nick Brody en Jack Bauer.

Homeland se emite los jueves a las 22.20 en FOX