Tal como somos

España en serie arranca en un plató desnudo, con una cálida bienvenida de Emilio Gutierrez Caba y unas notas melancólicas de fondo. Desde este prólogo, el programa de cinco episodios que ayer estrenó Canal plus y que repasa la historia de la ficción televisiva española apela a lo emocional. No es un recorrido sistemático, ordenado, académico. Es un producto de entretenimiento que busca la coherencia en una deriva a veces social y siempre sentimental. El análisis de España en serie es certero, pero no es un simposio: es más bien un puñado de recuerdos.

La tele nos enfrenta con nuestras filias y nuestras fobias. Indultamos sin problemas a ese personaje que nos marcó de pequeño aunque ya entonces su serie fuera infumable, pero en cuanto aparece el petardo de turno nos echamos las manos a la cabeza. Y debemos asumir que, nos caigan mejor o peor, a su modo, Ana Obregón entra por méritos propios dentro de la categoría de Luchadoras, como Mario Casas en la de Héroes, Lina Morgan en la de Cómicos y Jon González en la de Sucesores. Estos son los cuatro bloques temáticos de cada capítulo (hay un quinto episodio “extra” sobre la industria), elaborados a partir de entrevistas con actores, directores, guionistas, creadores y productores ejecutivos. El programa tiene como referencia el America in primetime que en Estados Unidos produjo la cadena pública PBS; en nuestro país ha sido un canal de pago quien se ha gastado los cuartos tirando de archivo.

La flexibilidad de estructura, contenido y enfoque de España en serie la convierte en una cita accesible para cualquiera. Interesará a tu hermano mayor, tu kiosquero o tu profesora de universidad, porque todos ellos se han enganchado a estas historias en algún momento y tienen esa conexión directa con la sintonía de Crónicas de un pueblo o la de Siete vidas; con la media melena de Ana Diosdado, el pedete lúcido de Echanove, las chulerías de Curro Jiménez y los mocos de Pancho gritando por la playa. De Fortunata sorbiendo un huevo a los castos arrumacos de Nacho y Alicia, a los refregones de Valle y Quimi, a los polvos de Física o Química; de los misterios de Santa Teresa a los de El internado; del inspector Flores a Rubén Bertomeu, cada uno podemos hilar el cuento como nos venga en gana. La forma de contar por la que apuesta España en serie tiene sentido. A veces resulta autoindulgente y otras cabrona en exceso (ese Resines cantando las verdades del barquero…). O sea, tal como somos.

España en serie se emite en Canal plus los lunes a las 22.00h.

Servir bien caliente

¡Albricias! Las cadenas han pillado que, una vez hemos elegido el menú, no queremos esperar para consumir las series. De esta forma llevan tiempo orientando todos los esfuerzos a ofrecernos el producto en las teles, las tabletas y los smartphones antes de que el interés por ellas se enfríe. No es fácil. Romper la dinámica de las distribuidoras es un dolor, acoplar los estrenos en parrillas planificadas meses atrás, un encaje de bolillos y contar con tiempo para traducir y doblar, una misión imposible. No obstante, los espectadores mandamos, y al menos los canales de pago demuestran estar interesados en satisfacer a su público. Esta semana tenemos tres ejemplos de títulos que nos llegan echando humo:

Masters of sex en Canal + 2. Lunes 30 de septiembre a las 23. 00h en V. O. S.
(24 horas después de su estreno en EE. UU.)

Ardiente promete ser Masters of sex. Ambientada en los años sesenta, se basa en la historia real del ginecólogo William Masters y su ayudante, Virginia Johnson, responsables de un estudio pionero sobre la respuesta fisiológica de los humanos ante la actividad sexual, o sea, el equivalente en medicina a la revolución que, una década antes, supuso para la psicología el Kinsey Report. De hecho, la serie guarda algunas similitudes con Kinsey, la película de Bill Condon protagonizada por Liam Neeson y Laura Linney (quien últimamente, estoy segura, cuela como el que no quiere la cosa la palabra “Emmy” en todas sus conversaciones). La más atinada es esa bisoñez con la que gente tan sesuda y tan preparada como Masters o Kinsey, verdaderas eminencias en su campo pero auténticos pardillos en términos amatorios, productos de la puritana sociedad de posguerra, se aventuran a investigar el sexo menospreciando las complicaciones afectivas. Masters of sex tiene al eficaz Michael Sheen y a la preciosa Lizzie Caplan como protagonistas, esa atmósfera tan seductora de humo de tabaco, faldas lápiz y teléfonos de baquelita, y unos diálogos muy bien pulidos. Para mí, el mejor estreno de este año hasta la fecha.

Rehenes en TNT. Martes 1 de octubre a las 22. 30h
(Una semana después de su estreno en EE. UU.)

Refrito de una serie israelí que nunca se produjo y con trama de peli noventera, Rehenes presenta a Toni Collette como una reputada neurocirujana encargada de operar al Presidente de los Estados Unidos. El día anterior a la intervención, un grupo de encapuchados invaden su casa y amenaza con cargarse a toda su familia si ella no deja morir al mandatario en el quirófano. Aunque no tienen acento, así de primeras podemos pensar que se trata de la clásica trama de terrorismo internacional, pero qué va, son un grupo de renegados americanos liderados por Dylan McDermott enredados (probablemente) en un complot manejado desde las altas esferas de la CIA o el FBI o la Casa Blanca. Rehenes será divertida en tanto en cuanto no se tome muy en serio; si no, será un rollazo. El piloto empieza a despegar cuando se vuelve macarra, loco y calentón, cuando adivinamos el potencial de historias inverosímiles entre captores y cautivos, entre el renegado y la reputada. Eso y la esperanza de que McDermott se quite de vez en cuando la camiseta son bazas suficientes para pedir, al menos, segundo plato.

Homeland en FOX. Jueves 3 de octubre a las 22. 20h
(Cuatro días después de su estreno en EE. UU.)

Por último, vuelve Homeland. La última temporada terminó, literalmente, en llamas, con un salto al vacío argumental del que muchos agoreros piensan que no podrá recuperarse. Sin embargo, ya lo demostró el año pasado, esta serie tiene una asombrosa capacidad para reinventar la forma y el fondo manteniendo el interés y la coherencia de sus protagonistas. Con Brody, de enemigo público número uno, Carrie entre el querer y el deber, Jessica de alegre divorciada, Saul de jefazo y Rupert Friend… de lo que sea, a partir de éste, los jueves no contéis conmigo, no estoy para nadie.

 

Tempestad sobre Washington

¿Harto de fantasías autocomplacientes y de dirigentes paternalistas? ¿Cansado de esa historia donde el joven idealista no tiene más opción que claudicar ante el sistema? ¿Quieres, de verdad, un político sincero? Puede que House of cards sea la serie que esperabas. Frank Underwood (Kevin Spacey) te lo va a dejar claro desde el principio: él va a lo suyo. Le prometieron la Secretaría de estado y le han endosado la cartera de Educación, así que se va a resarcir liándola muy gorda, trepando unos cuantos peldaños más en el escalafón de Washington y aplastando todas las cabezas que hagan falta. Junto a él, Claire (magnífica Robin Wright), su esposa, confidente y aliada, directora de una organización defensora del medioambiente y la mejor Lady Macbeth que nos ha dado la ficción de los últimos años (y nos ha dado muchas), cebando el clásico de que junto a un hombre de éxito siempre hay una mujer muy cabrona. Y en la sombra, la jovenzuela Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista con mucha hambre y pocos escrúpulos. Servidores públicos a los que les trae al fresco el bien común, ONGs que se dan la mano con las mismas grandes corporaciones que producen los desaguisados que luego tratan de enmendar, y medios de comunicación que sólo se interesan por la verdad si ésta es vendible. House of cards es una reinterpretación de Ricardo III sí, y también una lúcida y desapasionada sátira, tan fría y cínica como su protagonista.

¿Por qué un tipo inteligente y ambicioso como Frank Underwood se metería en política? No para trincar, desde luego. El congresista de Carolina del Sur desprecia a los flojos de espíritu, los que arriesgan un objetivo elevado por placeres inmediatos. Underwood  podría haber optado por dirigir una multinacional, pero se habría aburrido pronto; o por continuar su carrera militar, pero el ejército es una institución que se mueve despacio y donde cuenta más la veteranía que las capacidades. No. Es probable que el único espacio lejos de Washington donde la sed de ambición (y las ganas de disfrutar con el proceso) del protagonista de House of cards se viera colmada fuera el Vaticano. Anda que no le quedaría bien a Spacey la mitra, la sotana y las intrigas cardenalicias. Pero esa sería otra serie. Una que me encantaría ver por cierto.

House of cards es “un one man show”. A pesar del reparto equitativo de tramas secundarias (donde lo mejor es el incondicional Doug Stamper y el politoxicómano Peter Russo, y lo peor la evolución de los colegas de Zoe Barnes), lo que realmente nos interesa y nos hace volver es descubrir en qué consiste el plan de Frank, hasta dónde llegará y si será capaz de completarlo. Kevin Spacey no sólo es el protagonista, también es el productor ejecutivo y aglutina un montón de variables autorales dispersas. Remake de una serie británica, House of cards no se parece a El ala oeste de la Casa Blanca ni lo pretende. Sí está emparentada con Los idus de marzo. Beau Willimon (autor de la obra de teatro Farragut North en la que se basa la película de Clooney) ejerce de showrunner por primera vez capitaneando un ecléctico grupo de guionistas. La impronta visual es la de David Fincher en su versión más sobria y neutra, sin escatimarnos calidad, pero sabedor de que esta serie no es suya del todo. El resultado es un producto con altibajos, pero de ritmo y composición muy sólidos.

House of cards se emite en Canal + los jueves a las 21.30

Hannah y el amor

Deberíamos dejar de hablar de Girls porque la tenemos resobada. Con tanta teoría, premio, comparación, declaración de amor (y de odio) corremos el riesgo de saturarnos. Después de tropezarme día sí y día también con artículos titulados Lena Dunham, la voz de su generación, tengo que ver el capítulo de turno para confirmar que no son exageraciones, que se trata de una serie extraordinaria. La segunda temporada traspasa definitivamente esa barrera generacional tan marcada en la primera. Yo no me reconocía como público objetivo y al principio observé Girls desde una distancia prudencial, dispuesta a recular mi entusiasmo en cuanto asomara la bisoñez de la autora. Sin embargo, la serie crece, gana en madurez y yo corro el riesgo de convertirme en otra obnubilada proselitista.

Hay mucho amor en esta segunda entrega. Mucho sexo también, ese sexo desinhibido y grotesco (y, a la vez, tan estético y tan real) que es ya marca de estilo, pero sobre todo son las relaciones afectivas de las cuatro chicas las que estructuran la historia. Estar enamorada, querer estarlo, de quién, por qué, la conveniencia o no de tener pareja, el desconcierto, la vulnerabilidad y el ansia por juntar experiencias desde la audaz perspectiva de quien tiene todo el tiempo del mundo para equivocarse. Mira alrededor, Hannah, le dice Jessa a su amiga en este emocionante tráilerson los mejores años de tu vida.

La tanda de diez episodios que arranca esta noche en Canal plus alcanza un maravilloso clímax en el quinto, emitido el pasado domingo en Estados Unidos y titulado One man’s trash. Es una historia encapsulada y monográfica, un agridulce y emocionante cuento de Brooklyn sobre la pasión y la proyección romántica. Parece aislado de la trama central de la temporada, pero en realidad funciona como hemistiquio perfecto y como enlace emocional para los descreídos. No hace falta tener veinte años y sentirse identificado. Quitaos los prejuicios y dejad que estas niñatas se os cuelen hasta la cocina. De verdad que merece la pena. ­

Las campanadas de 2012

Del doce al uno, ahí van mis momentos de serie de este año:

12. La explicación gráfica de la incompatibilidad entre hombres gays y lesbianas (Modern family).

11. Una aspirante a Marilyn para un taxi a golpe de cadera en una calle de Nueva York (Smash).

10. La razón por la que nadie podrá volver a decir “no te asustes, Carl” (The walking dead).

09. Jeff Winger lanza el dado al aire (Community).

08. “Mi madre escuchaba tus discos cuando estaba embarazada de mí” (Nashville).

07. Las primeras palabras de Liddy Donaghy (30 Rock).

06. La cena precocinada en casa de los White (Breaking bad).

05. Unas copas a deshora en el bar (Homeland).

04. Hannah en la consulta de la ginecóloga (Girls).

03. La cita- encerrona de Louie y Laurie (Louie).

02. La fiesta sorpresa frente al ascensor (The good wife).

01. Hay que saber apreciar las cosas buenas a tiempo (Mad men).

Mad men ha dado este año The other woman, el tripi de Roger Sterling, la foto en la cartera de Lane Pryce, el Zou bisou bisou y una secuencia de final de temporada (hombre que camina solo con mujer al fondo) que podría haber firmado Orson Welles. Sí, Matthew Weiner es un pedante consciente de su talento pero eso no resta méritos a su serie, qué manía tenemos de celebrar la falsa modestia. Sabe lo que vale y lo que cuesta hacer lo que él hace: peleó frente a la gente que suelta la pasta y ganó y, en justa medida, nos ofreció una temporada colosal. Creo que el de la foto es el mejor momento televisivo del año: intenso, elegante, perfecto. A menudo se le recrimina a Mad Men que los actores no tienen libertad, que están encorsetados en las directrices de un geniecillo ególatra y marimandón pero, ¿desde cuándo es algo malo que los actores sean obedientes? In my opinion, sólo hay una serie que en el cómputo global no le anda a la zaga, pero hay que elegir una y este año Mad men ha sido la mejor con diferencia.

Feliz 2013.

Te quiero, Louie.

Cuando Lucille Ball buscaba una manera de ahorrar costes para la comedia que pretendía colocarle a la CBS y que terminaría convirtiéndola en la primera rachelgreen de la historia, se le ocurrió que grabar con tres cámaras a la vez frente a unas gradas llenas de gente que riera sus gracias reduciría el tiempo de producción y daría, además, mayor naturalidad al recoger las reacciones espontáneas del público. Así nació la sitcom. Sesenta años después, el jefazo de la FX John Landgraf sólo puso una condición cuando dio luz verde a la irreverente, anárquica y exhibicionista serie que Louis CK acababa de presentarle: “que no se pase del presupuesto”. Louie tiene en común con I love Lucy haber convertido sus limitaciones en virtudes e inaugurar de paso una nueva manera de contar. Gasta poco en sueldos: él produce, escribe, dirige, edita e interpreta. Cada capítulo es imprevisible, distinto al anterior y todo gira alrededor de lo que al demiurgo pelirrojo le venga en gana. Louie no es una sitcom, a veces, no es ni una comedia, y la vemos cuatro gatos: las posibilidades de que algo así se convierta en paradigma de nada son mínimas, pero eso no quita para que éste sea uno de los productos más rompedores de los últimos tiempos.

Hoy se estrena en España la tercera entrega de la semibiográfica y deshilachada historia de este cómico divorciado, padre de dos niñas y residente en Nueva York. Los desastres naturales en Centroamérica, el hambre en el Tercer Mundo, las enfermedades mentales, Ikea, los ancianos, la guerra en Afganistán, los trasplantes de genitales, la zoofilia, las citas a ciegas: los grandes temas y los resquicios más bizarros de lo cotidiano son su material cachondeable. Sin que te des cuenta, estarás llorando de la risa y él, tan campante, saltará de la escatología al existencialismo en la misma frase. Pero, para los que todavía no le conocéis, ¿cuál es la diferencia entre Louie y todo lo que ya has visto? Tenemos a Larry David y a Ricky Gervais desplegado en Andy Milman, David Brent y Derek. No cortarse en decir burradas (con talento) y afrontar la vida con desilusión hace tiempo que dejó de ser novedoso, ¿qué aporta Louis CK? ¿Qué le hace tan especial? La ternura. La auténtica trasgresión, para los que ya estamos curados de espanto, es otorgarle un mayor grado de profundidad al personaje: atreverse a poner verdaderas atrocidades en boca de un individuo que no es ni un misántropo ni un egoísta, pero tampoco un necio o un cursi. Louie es otro cínico contemporáneo y también es un tío muy majo. Sabe que portarse bien es casi siempre muy cansado y no tan gratificante; que ser bueno, coherente, responsable, legal, es un ejercicio de voluntad y no algo que sale de forma espontánea. Puede confesar haberse masturbado entre la caída de la primera y la segunda torre el día del ataque al World Trade Center y a la vez ser el padre más tierno, el enamorado más dulce y el desconocido más empático.

Los críticos siempre destacan la evidente influencia de Seinfeld en la combinación de stand- up comedy y ficción en la estructura de Louie, pero la tanda de capítulos que hoy arrancan en Canal+ dejan claro que el progenitor estilístico de la serie es Woody Allen. Además de la incorporación de Susan E. Morse como montadora de la serie, hay indicios de Manhattan, toneladas Annie Hall y un capítulo muy especial con una versión actualizada de Stardust Memories. Sus mejores películas has sido las nodrizas de CK, quien guarda en su despacho a modo de altar una carta enmarcada que Allen le envió y en la que se proclamaba admirador de la serie: “Tengo un Grammy, tengo un Emmy, me importan una mierda: esa carta sí que es un premio”, el vástago orgulloso ha adoptado otra de las señas de identidad de Woody: pagar a cualquiera que actúen en su show, sea una actriz en el candelero, un mítico director de cine o un pez gordo de la comunicación, el mismo sueldo que a cualquier mindundi del sindicato.

La tercera temporada de Louie se estrena hoy a las 21.30 en Canal+