Olvidando viejos conocidos

“¿Deberíamos olvidar a los viejos conocidos y nunca más recordarlos?” Nora Ephron emplazó el desenlace de su guión más famoso en una fiesta de Nochevieja. El protagonista, Harry Burns, se preguntaba por el significado de esa canción con la que los americanos despiden el año: “¿Qué quiere decir la letra? Nunca lo he entendido”… Pensaba en eso mientras intentaba recordar un puñado de series que murieron como Ephron en el 2012 que ahora termina. En esta lista que os propongo no están ni las mejores ni las peores (bueno, una de ellas sí es lo peor); son unos cuantos títulos que ya no volverán para resolver las preguntas que me vienen a la cabeza cuando las recuerdo.

¿Por qué vivían juntos Loonie, Jerry, Marcus y Renzo?

Podría haber hecho un post de cincuenta páginas con las cosas que no entendí de Luck: ¿Qué le contaba Nick Nolte a su caballo? ¿Por qué Dennis Farina arropaba a Dustin Hoffman por las noches? ¿Era chroma la cristalera del yate de Michael Gambon? De todas ellas, sin duda, la que más me inquieta es ¿por qué vivían juntos Ian Hart, Jason Gedrick, Kevin Dunn y Richie Coster? Esta banda era… muy rara. Entiendo que hay aficiones que unen cantidad pero, más allá de echarse unas risas apostando o ponerse de acuerdo para comprar un caballo, los cuatro funcionaban como una versión chunga de Friends, cambiando la sofisticación pija del Village por la barriada y el subsidio. Esa convivencia en el motel puerta con puerta, esas cervecitas al final del día, esas tramas episódicas, esa tensión sexual no resuelta…

¿Qué les pasaba a los chicos de Gossip Girl?

Mirar estupideces con cierto valor estético es algo que toleramos en los museos de arte contemporáneo pero no en la televisión. Me he pasado seis años viendo esta serie, que es el equivalente a ojear una revista de moda con diálogos (tontos). De esta forma, comprenderéis que me parezca intrascendente perder (más) el tiempo estableciendo valoraciones sobre la conveniencia o no de que la Reina cotilla fuera quien ha terminado siendo. A mí lo que realmente me turba es ¿qué tipo de afonía crónica sufría Chuck Bass?, ¿qué le pasaba en el labio a Nate Archibald?, ¿quién le dijo a Dan Humphrey que le favorecían las camisetas de pico?

¿Estaba despierto Michael Britten?

Desde que tuvo claro que la estructura procedimental no le iba a funcionar, Awake se
lanzó en plan kamikaze a darse el gustazo de montar un entreverado de traiciones conspirativas rollo noir que consiguió resolver en los pocos episodios de vida que le otorgó la cadena. El misterio de las realidades alternativas del policía interpretado por Jason Isaacs, sin embargo, se quedó sin resolver. ¿Me hubiera gustado un final más cerrado? Desde luego que no. Esa reflexión sobre la voluntad de ser feliz, por encima incluso del sentido común, es de lo más estimulante que hemos visto en 2012. En este caso es una suerte que dejaran la pregunta en el aire.

¿Quién le prometió a Claudia Bassols que sería la próxima Sofía Vergara?

Un decorador que frisa la cincuentena se casa por sorpresa con una latina cañón que podría ser su hija. Estereotipos racistas, chistes misóginos, un decorado reciclado de la peor sitcom de los ochenta y Rob Schneider sobeteando a una actriz hispana (catalana, en realidad) que habla un inglés inmaculado. Estas son las grandes aportaciones a la Historia de la tele de Rob, una serie que estuvo demasiados (ocho) capítulos en la CBS. Rob se parecía a Modern Family lo que un trozo de carne putrefacto a un solomillo. Cada ráfaga de risas en lata era como una bofetada en toda la cara; cada mirada lasciva, una arcada; cada supuesta agudeza del protagonista, una invitación a sacarte los ojos.

¿No había otra forma de conseguir que Susan nos cayera bien?

Según Teri Hatcher, ella era la protagonista de Mujeres desesperadas. Sus compañeras de reparto (con las que nunca quiso hacer pandi) y los fanáticos de la serie, insistían que que la de ABC era un producto coral. Sea como fuere, la trama que cerró casi una década de secretos muy mal guardados entre las liberadas de Wisteria Lane fue la del adiós de Susan Delfino a sus compañeras correveidiles. A esas alturas, estábamos ya saturados de sus patitas de alambre, su adolescencia perpetua y sus ensayadas torpezas. Los guionistas dieron en el clavo colocándola en el centro de un dramón que nos emocionó a todos. ¿Cómo no íbamos a acompañarla en el sentimiento?

¿Cuáles son tus preguntas en serie sin respuesta?

 

Los injustos Emmys del 2012

No es justo que el merecido triunfo de Homeland en los Emmy haya sido a costa de la humillación de Mad Men. Lo que más me duele de la derrota de los chicos de Sterling Cooper no es que su mejor temporada hasta la fecha, la quinta, se fuera de vacío, sino que haya tenido que aguantar la vergüenza de ver tres de sus historias más brillantes, de sus guiones más perfectos, equiparados a esa mamarrachada folletinesca que es el séptimo episodio de la segunda temporada de Downton Abbey. ¿La ridícula curación del primo Matthew se puede comparar con el brutal paso al frente de Joan? ¿La grotesca pasión por la criadita de Lord Grantham con la foto en la cartera de Lane Pryce? ¿El cambio de personalidad esquizoide de Edith con la natural evolución de Peggy? Qué desatino.
 
No es justo que obliguen a Jimmy Kimmel a presentar la gala si no le apetece. El turno de emisión (cada año el evento lo da una de las cinco grandes cadenas en abierto) cayó esta vez en la ABC, que le encargó a su hombre del late night, Kimmel, conducir los chorrocientos minutos de celebración televisiva. Los clips eran muy aburridos y Kimmel cubrió expediente con un rictus permanente de yo no quería, es que me han liado. Mucho más motivado estuvo Louis CK que acudió con corbata y sin camiseta. Recogió dos merecidos galardones y le hizo su caída de ojos de perrillo despistado a Amy Poelher, imbatible como cada año en ser protagonista sin recibir ningún premio; qué no daría yo por verla presentar la gala al alimón con su amiga Tina Fey. Otro tándem clásico en el que siempre puedes confiar para echarte unas risas cuando estás a punto de quedarte frita es el formado por Jon Stewart (¡diez estatuillas tiene ya el Daily Show!) y Stephen Colbert, que ayudados esta vez por Jimmy Fallon, protagonizaron el mejor gag de la noche.
No es justo que todos los que flipaban con Homeland hace unos meses, de repente consideren exagerado el reconocimiento a su protagonista masculino. Simpático y elegante estuvo Damien Lewis en su discurso de agradecimiento, adorable Aaron Paul y humilde Kevin Costner. No me veo capaz de descifrar el estado de ánimo que se ocultaba tras la máscara fruncida a los laterales de la cara de Jessica Lange. Su Constance Venable, digo Langdon, reina del oneliner 2012 con permiso de Maggie Smith, tenía el premio asegurado. Como también lo tenía la Carrie Mathison de Claire Danes: la intérprete del personaje más difícil del año recogió el Emmy en un Lanvin amarillo que le sentaba fenomenal a su peculiar (y embarazada) figura.
No es justo que la falta de rigor en la categoría de Miniserie y TV Movie dejara fuera de la competición a la mejor peli del año, Page Eight. La ganadora no hubiera variado, no obstante. Con las elecciones americanas a la vuelta de la esquina, la mayoría demócrata en la sala no podía dejar de ratificar a la ejemplar Game Change. Su contundente victoria confirma a Danny Strong, premiado como guionista y autor también de El recuento, como el cronista de ficción política preferido de la HBO. No está mal para el nerd más nerd de Sunnydale.
No es justo que el Emmy de Tim Van Patten pese lo mismo que el de Jon Cryer, un reconocimiento el de Mejor actor de comedia que no tuvo ninguna gracia, por cierto. Sin embargo, la absoluta supremacía de Modern Family a mí sí me parece justa: cada uno tenemos nuestras preferencias pero no se puede discutir que la de Levitan es la comedia más grande en activo. No hubo espaldarazo para el #SixSeasonsAndAMovie de Community ni subida a los altares de Lena Dunhan. Mejor. Supongo. Ya tendrá tiempo de demostrar lo que vale. Qué marujil y qué envidioso me ha quedado este último comentario. Pero es justo, ¿no?