La trilogía maldita de Sorkin

¿Empieza la segunda temporada de The Newsroom con una disculpa? A mí me parece que sí. El capítulo arranca con una retahíla de frases condicionales (“qué hubiera pasado si…”) que suenan a revisión de errores pasados. ¿En qué nos hemos equivocado? Esa idea se lanza en los primeros cinco minutos y sienta el tono del episodio. Están todos más calmados, más serenos; igual de resabiados que siempre, eso es lo que más nos gusta, pero mucho menos agresivos. Incluso Will McAvoy, desde su atalaya, tiene una actitud contrita. Sigue siendo ese locutor soberbio y prepotente, pero ya no le notamos mad, mad as hell como el año pasado. Algo ha ocurrido. Algo gordo.

De todo lo que fallaba en la primera temporada de The Newsroom, y era bastante, la manera anárquica, desganada y displicente de contar la historia era lo que separaba a ésta de las grandes obras de Sorkin. No pasa nada. Podemos admitir que The Newsroom es un producto menor de uno de los grandes autores contemporáneos. Esto no implica que haya perdido el mojo, que ya no le salga o que esté en decadencia. Cualquier cosa que Sorkin haga siempre ofrece unos mínimos muy por encima de la media. A sus más fieles perrillos, entre los que me cuento, nos cuesta asumir que no siempre acierta, igual que la legión de resentidos que nunca le han soportado se frotan las manos en cuanto pincha en hueso.

Sigo pensando que esta fábula sobre el poder y los medios de comunicación que visita cada cierto tiempo le funcionó mucho mejor en el ambiente deportivo (Sports Night, 1998) y del entretenimiento (Studio 60 on the Sunset Strip, 2006). La metáfora era mucho más sutil y la arenga menos contundente, más elegante. Pero hay otra cosa que une a esta trilogía de la tele dentro de la tele: el fracaso. Ninguna se ha ajustado a lo que se demandaba de ellas en su momento. Sports Night se adelantó a su época proponiendo una dramedia que plantaba cara al encorsetamiento de la sitcom y Studio 60 hizo de su capa, un sayo, ignorando las demandas de la tele en abierto; ambas se empeñaban en romper los ritmos, querían ser cable todo el rato. Pagaron cara su rebeldía con unos datos de audiencia desastrosos. The Newsroom no ha de adaptarse a ningún esquema; HBO le concedió carta blanca y, sin embargo, es la más convencional de las tres. Sorkin tienen una nueva oportunidad con estos diez episodios de encontrar pulso, alma y personalidad para The Newsroom, eso que la haga especial, que la distinga de sus predecesoras y que nos haga sentirnos orgullosos a los cuatro que la veamos.

The Newsroom se emite en V.O.S en CANAL+2 los lunes a las 23.30h.

Asesinato en la línea

¿Matamos igual en el Norte y en el Sur? Asumidos los estereotipos en cuanto al trabajo, la gastronomía y la querencia al cachondeo, me pregunto, ¿hay también idiosincrasia en el crimen? Está a punto de estrenarse The bridge, la versión americana de una de las mejores series que vi el año pasado, la nórdica Bron/Broen. Un cuerpo de mujer aparece atravesado en la línea divisoria de El Paso con Ciudad Juárez y dos policías, cada uno de un lado de la frontera, tendrán que colaborar en la investigación. En la serie original, el descubrimiento del cadáver se producía en el puente de Oresund y gran parte de las particularidades de la investigación estribaban en el pique entre los suecos y los daneses. Además, el asesino era “muy septentrional”, o sea, sin reventar el argumento, tenía ese tipo de características, la asepsia, la metodología, la infalibilidad, propia de un fabricante de Volvos. He tenido la oportunidad de hincarle el diente al primer episodio de The bridge (FOX organizó un pase para blogueros hace unos días) y en él queda claro que el cambio de latitud será uno de los platos fuertes. La curiosa (bilingüe, terrorífica, corrupta, hipócrita) vecindad vigilada entre Texas y Chihuahua supone un cambio radical respecto a la original y, para mí, lo más apetecible de este remake. Espero, deseo, también, que el asesino adapte su retorcido plan en profundidad, más allá del trueque de los nublados plomizos, los muebles de abeto y los grandes ventanales por las chabolas encaladas, los polizones renegridos y la calima.

El otro pilar de la serie son los dos investigadores protagonistas, la rarita Sonya North (la Saga Noren original es una asombrosa creación de la actriz Sofia Helin, replicada con soltura en The bridge por Diane Kruger) y el dicharachero Marco Ruiz (Demián Bichir en los zapatos del danés Kim Bodnia). Él es un tipo carismático, familiar, emocional, que se mete a la gente en el bolsillo sin esfuerzo, y ella una obsesiva solitaria con rasgos de Asperger a quien a duras penas soportan sus compañeros. Ambos irán limando asperezas con la dinámica clásica de las buddy movies (hay mucho paseo en coche en esta serie) y desarrollando una genuina relación de confianza y afecto a medida que el caso se va liando. Y se líará mucho. The bridge promete rescatar todo lo divertido de la trama de Bron/Broen y dejarnos pegados frente al ventilador mientras Sonya y Marco sudan la gota gorda por el desierto.

The bridge se estrena de forma simultanea en FOX Crime y FOX el 11 de julio a las 22.30

 

La vida eterna

En estos días de parón bloguero forzado he visto unas cuantas series nuevas (incluida la esperadísima The Bridge, de la que os contaré cosas en los próximos días), he terminado con otras (con algunas, para siempre: te hablo a ti, Glee), y me he quedado con las ganas de participar del merecido homenaje colectivo a Sexo en Nueva York. Hay material de sobra para no aburrirse en los próximos meses de calorazo y, personalmente, me he marcado el propósito estival de saldar una cuenta pendiente: ver entera Friday Night Lights. Antes de todo eso, lo primero es lo primero, y yo aún sigo tocada por la muerte de James Gandolfini. Sí, ya sé que ha pasado casi una semana y que vosotros, como yo, habéis leído todos los obituarios que se han ido publicando, pero jolín, sólo tenía cincuenta y un años, era un actorazo y cedió su facha al icono más representativo de la cultura de los últimos quince años. Dejadme que os suelte uno más, él se lo merece.

Le había visto en un montón de secundarios y nunca me había quedado con su nombre hasta que en el verano de 2001 me tragué The Mexican, una chorrada monumental donde él era lo único rescatable. El listillo de Gore Verbinski, ese director infecto con un olfato comercial atinadísimo, le fichó justo después del bombazo que supuso en Estados Unidos la primera temporada de Los Soprano. Gandolfini interpretaba a un asesino a sueldo homosexual, dulce y comprensivo, pero de gatillo certero, que se pasaba media película compartiendo confidencias con una Julia Roberts en modo mariliendre. Aquel Tony Soprano de saldo se merendaba en dos bocados y sin esfuerzo a la Roberts y al otro cabeza de cartel, Brad Pitt. Jamás volvió a pasarme desapercibida su imponente presencia, su corpachón, su voz y su sonrisa.

Me he criado venerando El Padrino y, sin embargo, en mi Olimpo de la ficción mafiosa, Tony Soprano es el capo de tutti capi. Es algo emocional: a Michael Corleone se le respeta y a Tony, se le quiere. Quizá sea porque la asombrosa interpretación de James Gandolfini se distancia de la ortodoxia Stanislavsky radical que distingue a la intensa familia Corleone. O puede que los ochenta y seis capítulos de Los Soprano te cambien la vida para siempre, como cambiaron la historia de la televisión. Una vez entiendes sus motivaciones, le ves bregar cada día, matar, robar, extorsionar, irse de putas, abrazar a sus hijos con todo el cuerpo, reír los chistes verdes de sus subalternos, discutir con su mujer, fantasear con su terapeuta, llorar porque su madre no le quiere, te das por vencida y asumes que ya nunca más tolerarás protagonistas impolutos, jamás lograrás empatizar con un héroe como los de antes.

Gandolfini carecía de la brutal seguridad del personaje que le ajustó David Chase y perdía los papeles con facilidad con los agobios de la fama. “La violencia me pone malo”, parecía pedir disculpas en las entrevistas con una timidez que descolocaba. Admirador confeso de Robert Redford, se asemejaba a un gran mastín, de natural manso y con un ladrido intimidante; lento y pachorra, pero capaz de arrancarte la cabeza de un bocado si te pasabas de la raya. Gandolfini era Tony Soprano en muchos aspectos. Comer y beber sin control era uno de ellos. No tenía esa cansina pulsión de muerte de las estrellas malditas: simplemente era disfrutón y no le apetecía cortarse. Años de jugosos steaks poco hechos, de zitti marinara, de parmesano, de bresaola y salami engullidos de pie, junto a la nevera, directamente del paquete de papel de cera. Era alguien capaz de cenar dos veces sólo porque la comida era suculenta, de incitar a un ex alcohólico a tomarse una copa por no beber solo, inconsciente, irresponsable y excesivo. Me apetece pensar que murió feliz, haciendo lo que quería, atontado por la borrachera y con el regusto fuerte de los langostinos con chile todavía en el paladar. Como me dijo alguien el otro día, pocas personas como él se van al otro barrio con la seguridad de tener garantizada la vida eterna.

Estrellada

El otro día le recomendé Smash a una amiga teatrera. Te gustará, es sobre el backstage de un musical de Broadway. ¡Qué bien! Estoy falta de buenas series. Ah, no, no te equivoques, maticé, esta serie es muy mala. Me hubiera encantado que el último capítulo, que se emitió el domingo pasado en NBC, la redimiera un poquito, que hubieran encontrado la manera de repetir la fórmula de aquel maravilloso piloto que nos deslumbró a todos hace un año y medio. Lamentablemente, el final ha sido digno colofón a sus descuajaringadas y esquizofrénicas dos temporadas.

La idea de partida (sublimada en el numerazo inaugural ‘Let me be your star’), dos chicas que se disputan el papel protagonista de una obra que recrea la vida y obra de Marilyn, ya era una estupidez. Querer equiparar el talentazo de Megan Hilty a los gorgoritos de Katharine Mcphee era como ver a Mariah Carey tratar de levantarle a la Streisand el papel de Fanny Brice. Pero el auténtico despiporre llegó cuando pasaron a cuestionar la calidad de la obra Bombshell, lo único que funcionaba como un reloj. Bombshell, el musical, es una pieza soberbia, composiciones con reminiscencias de Rodgers y Hammerstein y toques sofisticados, divertidos, irónicos al estilo del mejor Cole Porter, de una sincera cinefilia y mala leche refinada. Si los diálogos de la serie hubieran tenido la mitad de calidad que los versos de las canciones, Smash habría sido un clásico.

Con todo, a mí me ha descubierto algunas cosas importantes: la profunda vulgaridad de Debra Messing, más allá de los despropósitos de su guardarropía; la versatilidad del maravilloso Christian Borle, capaz de insuflar dignidad a diálogos propios de Ana y los siete; el potencial de Jack Davenport como malo sexy; a Will Chase, arrebatador galán cantando y bailando, y secundario olvidable en cuanto apagan la música; que, aunque se haya destrozado la cara, el carisma de Anjelica Houston sigue incólume; y, esto no era ninguna novedad, que yo me trago cualquier chorrada ubicada en Nueva York aunque sólo sea un rato.

Hannibal, pasado, presente y futuro

NBC se niega a soltar prenda sobre el futuro de Hannibal. Superado el ecuador de emisiones en su primera temporada ya deberíamos saber si la serie de Bryan Fuller volverá el año que viene. Ando preocupada, para qué os voy a engañar, porque Hannibal es una de las que estoy viendo con más gusto últimamente. Hasta he empezado a mirar con respeto a su showrunner, alguien que nunca me ha interesado demasiado. De las obras individuales de Fuller, Tan muertos como yo me resultaba indiferente mientras que el rollo timburtoniano de Pushing Daisies me exasperaba. Y de Mockingbird Lane sólo puedo decir que aún tengo pesadillas. Que semejante engendro haya estado a punto de convertirse en serie de televisión

Hannibal usa como material de base la primera y mejor novela escrita por Thomas Harris, El dragón rojo, donde se describe la truculenta relación del investigador Will Graham con el doctor Hannibal Lecter. Este libro ya contaba con dos adaptaciones cinematográficas: una curiosa que se ha quedado bastante antigüilla a cargo de Michael Mann (Manhunter, 1986) y otra por la que Brett Ratner, detestable realizador y peor persona, debería estar en la cárcel (El Dragón Rojo, 2002). La nueva propuesta no es otra versión sino una elucubración creativa que se remonta a qué sucedió antes de que pillaran al psiquiatra caníbal. Cómo se cameló a la plana mayor de los criminólogos de Quantico, cómo manipuló las investigaciones a placer, cómo atrajo a su mesa (encima o a los lados) a medio Baltimore, cómo estableció un potente vínculo emocional con el superdotado e impenetrable Graham. Hannibal es escrupulosa en su débito con la fuente original y audaz en su picoteo de las distintas interpretaciones de la historia. Toma lo mejor de cada novela, de cada película; se está creando una personalidad propia indiscutible y su hueco en la mitología popular.

Ya lo sugirió Mann y lo confirmó Demme en la obra maestra El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), Lecter funciona mejor como aderezo que como ingrediente principal. No necesita mucho tiempo en pantalla para ser el protagonista de la función. El refinado caníbal es una delicada trufa, no los garbanzos del cocido. El danés Madds Mikkelsen aparece poco (suficiente) por pantalla, como debe ser (Anthony Hopkins apenas tenía veinte minutos de metraje en una película de dos horas) y el peso de las investigaciones episódicas (arriesgadas, divertidas y muy bien engarzadas en la trama principal) lo llevan el solvente Hugh Dancy y Lawrence Fishburne, en su papel habitual de jefe paternalista. Hannibal ha convertido en ventajas todas las limitaciones de hacer esta serie en abierto. Es perturbadora, elegante y novedosa. Que dure.

Hannibal se emite en AXN los jueves a las 22.15

De repente, la vida

Daniel Holden (Aden Young) se ha pasado media existencia en el corredor de la muerte acusado de violar y matar a una antigua novieta del instituto. Después de diecinueve años esperando la ejecución, unas pruebas de ADN impugnan la sentencia y sale en libertad. “¿Qué tienes pensado hacer?”, le espetan en cuanto pone un pie fuera de la prisión. Daniel no reacciona, parece no comprender la pregunta. Lleva demasiado tiempo paralizado sin opción de futuro. Cuatro lustros encerrado en un cubículo pensando “este es el día en el que voy a morir”. Creó una rutina para no perder la razón; leía, meditaba, charlaba con otro condenado a través del conducto de ventilación, nunca se le ocurrió hacer planes. Daniel vuelve a la vida exterior como un autómata, sin iniciativa, bloqueado.

La premisa de Rectify es interesantísima y la apuesta narrativa, valiente, pero ¿está bien ejecutada? Aunque el piloto atrapa, tiene agujeros: la falta de carisma del protagonista, la desconcertante música incidental y, sobre todo, el deslavazado reparto en el peso de los secundarios. Por un lado está la familia de Daniel, una incondicional hermana que nunca dejó de creer en él, una madre simplona y egoísta, un hermanastro de su misma edad que ocupó su puesto en el negocio familiar, un bondadoso hermanastro menor, friki del cine (su peli favorita es Movida del 76, de Linklater)… Por otro, la comunidad en la que el exconvicto tendrá que integrarse, un entorno pueblerino sureño donde la mayoría – incluidos los representantes políticos y los agentes de la ley— dan más crédito a la intuición que a las pruebas periciales y donde a Daniel no se le ha levantado la condena. Temo, además, que todo lo que son virtudes en el primer episodio, el ritmo pausado, la voluntad contemplativa, el regodeo en los detalles, se conviertan en inconvenientes en el largo plazo.

Lo que está claro es que éste es un producto a la medida de su cadena, el Sundance Channel (en España sólo disponible a través de Movistar Imagenio), la rama televisiva del Festival auspiciado por Robert Redford. Sundance se enorgullece de presentar discursos emparentados con ese universo indie y alternativo que emana de la cita anual de Salt Lake City. Claro que, por el momento, sus series de ficción ofrecen poca diversidad: inauguraron con la insufrible Top of the lake, la siguiente ha sido esta Rectify y pretenden completar la terna con otra historia de ambiente rural, The Decendants (nada que ver con la peli de Clooney). Rectify ha arrancado bien y yo la veré, aunque estoy ya un poco saturada de tanta bota y tanto chaquetón de pana. Busquen historias fuera del bosque, señores.

Rectify se estrena el 2 de mayo a las 22.00 en Sundance Channel.

El regreso

Esta noche llega a Cuatro Homeland, esa serie que lleva dos años en el candelero, arramblando en las entregas de premios y reclutando adeptos incondicionales. Creada por Alex Gansa y Howard Gordon a partir de la israelí Hatufim (Prisioneros de guerra) cuenta la vuelta a casa de un marine americano que ha pasado ocho años cautivo de una facción de Al Qaeda. El liberado sargento Nicholas Brody (Damian Lewis) tendrá que adaptarse a su antigua vida con su mujer y sus hijos, integrar su nuevo estatus de héroe nacional y lidiar con la analista de la CIA, Carrie Mathison (Claire Danes), quien sospecha que Brody es un agente convertido y entrenado por el enemigo. Con unos protagonistas poliédricos, complicados, contradictorios, Homeland es, en forma y en contenido, la respuesta contemporánea a todas aquellas arquetípicas historias sobre la Guerra Fría del siglo pasado en las que siempre ganaban los buenos. Sincera en los golpes de efecto y valiente en los cambios de ritmo, reflexiona sin complejos sobre la verdad, el compromiso y la traición en una época en que nuestra cosmovisión está deseosa de adoptar distintas perspectivas, cuando todos los individuos tienen una justificación última para hacer lo que hacen. Una apuesta audaz, incómoda y apasionante.

Sobre la segunda temporada de Homeland: La vida de Brody

 

Discriminación positiva

No os dejéis engañar. Os envolverán Top of the lake en eufemismos, os hablaran de su narrativa poco convencional, de sus maravillosos paisajes y de su peculiar atmósfera, pero la verdad es que la miniserie de Jane Campion es un coñazo fenomenal. Y lo que es peor, tiene pretensión de obra de autor, avalada como viene por una exitosa exhibición en Sundance. Como si los festivales estuvieran libres de sobrevaloraciones. Campion, además, es de esas personas que alcanzan una consideración desproporcionada por una sola obra. Y El piano no es El padrino, precisamente, es una peliculita mediocre que resume todos sus fallos como narradora y que muchos han camuflado bajo el adjetivo de “femenino”. Algo que resulta ofensivo en extremo: no es “menor”, es “femenino”, no es mala, es que la ha dirigido una mujer. Dejadla que ocupe su plaza de cuota.

Hemos recibido de golpe varias series (Broadchurch, Mayday…) que venían a rebufo de The Killing, que a su vez homenajeaba la fórmula Twin Peaks, a saber, desaparición de adolescente en una peculiar población donde todos sus habitantes son sospechosos. De ellas, Top of the lake es la más imprevisible, la que huye del patrón tipo, aunque su punto de partida guarde un montón de elementos comunes con Forbrydelsen y su versión americana. Una detective antipatiquilla se obsesiona con una investigación que le cae de rebote y posterga indefinidamente una existencia feliz, dando largas a su novio por teléfono, por una especie de pulsión masoca. Robin (Elisabeth Moss) se ha desplazado desde Australia a su pueblo natal en Nueva Zelanda para cuidar de su madre enferma. Como en realidad se pasa el tiempo meditando, haciendo footing y provocando encuentros casuales con su exnovio del instituto, decide aceptar el encargo de la policía local de resolver un perturbador caso que implica abusos a menores, área en el que ella está especializada.

Qué ridículo resulta ver los empeños de Top of the lake por llamar la atención y escandalizar cuando todo en ella es anodino. Los exabruptos del mafioso interpretado por Peter Mullan (lo único rescatable de la serie) se diluye entre tramo y tramo de humo con ínfula de trascendencia. El colmo del ridículo es ese bizarro grupo de mujeres que huyen del machismo de los hombres para refugiarse en un campamento liderado por la iluminada (“ese término está pasado de moda; GJ tiene un estado mental diferente”) interpretada por Holly Hunter, que goza de una supremacía sacerdotal, o sea, se toca las narices y suelta arengas mientras el resto la sirven y la veneran. Las mujeres del gineceo Campion (la mal encarada y despelujada Hunter es un trasunto de la directora) son un grupo de imbéciles histéricas. Podría ser gracioso como burla o interesante como crítica social, pero la neozelandesa no toma una decisión sobre quién es esta gente y qué pinta en todo esto. Al menos, no lo hace en los tres primeros capítulos, la mitad de la serie, tres horazas. Avisados quedáis.

La resurrección de los muertos

Pero como aún se resistían a creerlo, a causa de la alegría y el asombro, les dijo: «¿Tenéis algo de comer?»

Lucas, 24, 41.

Como si volvieran de echarse una siesta, los muertos se levantan con hambre. No me refiero sólo al apetito voraz de los zombies canónicos. También los aparecidos de Les Revenants tienen como primer impulso vital restaurado lo de echarse algo a la boca. En una emocionante escena justo al principio de la serie, una madre que perdió a su hija en un accidente de autobús cuatro años atrás entra en su cocina y se encuentra a la adolescente como si nada hubiera pasado, acodada en la encimera, preparándose un sándwich. En el gesto petrificado de la mujer, en la tristeza infinita de sus ojos, podemos adivinar el miedo, no a estar viendo un fantasma, sino a todo lo contrario: a que esta situación cotidiana, convencional, ordinaria sea otro sueño que se desvanecerá en cuanto se despierte. Pero, afortunadamente para ella, Camille, su niña querida, ha vuelto del más allá. Como otros tantos paisanos.

En la pequeña población en la que transcurre Les Revenants los muertos han empezado salir de sus tumbas. No en tromba, son sólo unos pocos, pero no sabemos por qué. Vuelven como se fueron, con la misma ropa, edad e intenciones que tenían en el momento de fallecer, y no todos son una cría de quince años ni tienen una madre amantísima deseosa de darles la bienvenida; por haber, hay hasta un asesino. Les espera la vida que continuó sin ellos, cuatro, diez, treinta años después. La interesante pregunta que plantea Les Revenants no es qué hay más allá de la vida, sino qué hubo más allá de la muerte y, tanta palabrería sobre el espíritu, las almas y estarás conmigo para siempre, cuando alguien se muere y te acostumbras a vivir sin él, puede ser muy inoportuno que regrese.

Frente a la simpleza ontológica y narrativa de una serie como La Biblia (que ha replicado en Antena 3 su apabullante éxito en Estados Unidos, y que echa a perder su magnífico origen literario, divertidísimo también desde una óptica secular), Les Revenants es un excitante revulsivo para reflexionar sobre la manera en que los humanos nos relacionamos con la vida, la muerte, la realidad y la fe. Todo esto al servicio de una hipnótica trama de misterio. Envuelta en una atmósfera tan atractiva como espeluznante, Les Revenants es un magnético laberinto en el que uno busca desesperadamente la salida.

NOTA: Esta semana estuve en Adictos al espectáculo de TODORADIO FM con Alfredo L. Zamora y Javier Suárez Ruiz hablando de Les Revenants y otros casos de muertos vivientes en la tele y el el cine. Puedes escuchar el programa AQUÍ.

Tempestad sobre Washington

¿Harto de fantasías autocomplacientes y de dirigentes paternalistas? ¿Cansado de esa historia donde el joven idealista no tiene más opción que claudicar ante el sistema? ¿Quieres, de verdad, un político sincero? Puede que House of cards sea la serie que esperabas. Frank Underwood (Kevin Spacey) te lo va a dejar claro desde el principio: él va a lo suyo. Le prometieron la Secretaría de estado y le han endosado la cartera de Educación, así que se va a resarcir liándola muy gorda, trepando unos cuantos peldaños más en el escalafón de Washington y aplastando todas las cabezas que hagan falta. Junto a él, Claire (magnífica Robin Wright), su esposa, confidente y aliada, directora de una organización defensora del medioambiente y la mejor Lady Macbeth que nos ha dado la ficción de los últimos años (y nos ha dado muchas), cebando el clásico de que junto a un hombre de éxito siempre hay una mujer muy cabrona. Y en la sombra, la jovenzuela Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista con mucha hambre y pocos escrúpulos. Servidores públicos a los que les trae al fresco el bien común, ONGs que se dan la mano con las mismas grandes corporaciones que producen los desaguisados que luego tratan de enmendar, y medios de comunicación que sólo se interesan por la verdad si ésta es vendible. House of cards es una reinterpretación de Ricardo III sí, y también una lúcida y desapasionada sátira, tan fría y cínica como su protagonista.

¿Por qué un tipo inteligente y ambicioso como Frank Underwood se metería en política? No para trincar, desde luego. El congresista de Carolina del Sur desprecia a los flojos de espíritu, los que arriesgan un objetivo elevado por placeres inmediatos. Underwood  podría haber optado por dirigir una multinacional, pero se habría aburrido pronto; o por continuar su carrera militar, pero el ejército es una institución que se mueve despacio y donde cuenta más la veteranía que las capacidades. No. Es probable que el único espacio lejos de Washington donde la sed de ambición (y las ganas de disfrutar con el proceso) del protagonista de House of cards se viera colmada fuera el Vaticano. Anda que no le quedaría bien a Spacey la mitra, la sotana y las intrigas cardenalicias. Pero esa sería otra serie. Una que me encantaría ver por cierto.

House of cards es “un one man show”. A pesar del reparto equitativo de tramas secundarias (donde lo mejor es el incondicional Doug Stamper y el politoxicómano Peter Russo, y lo peor la evolución de los colegas de Zoe Barnes), lo que realmente nos interesa y nos hace volver es descubrir en qué consiste el plan de Frank, hasta dónde llegará y si será capaz de completarlo. Kevin Spacey no sólo es el protagonista, también es el productor ejecutivo y aglutina un montón de variables autorales dispersas. Remake de una serie británica, House of cards no se parece a El ala oeste de la Casa Blanca ni lo pretende. Sí está emparentada con Los idus de marzo. Beau Willimon (autor de la obra de teatro Farragut North en la que se basa la película de Clooney) ejerce de showrunner por primera vez capitaneando un ecléctico grupo de guionistas. La impronta visual es la de David Fincher en su versión más sobria y neutra, sin escatimarnos calidad, pero sabedor de que esta serie no es suya del todo. El resultado es un producto con altibajos, pero de ritmo y composición muy sólidos.

House of cards se emite en Canal + los jueves a las 21.30