¿Qué haces que no estás viendo The good wife?

Decían los cotillas (y lo ratifica ella misma en su autobiografía) que los celos tenían consumida a Cybill Shepherd en el plató de aquella serie que le produjo Chuck Lorre en los noventa. La sitcom hasta lucía su nombre de pila en el título, Cybill, pero a la rubia de Memphis se la llevaban los demonios al comprobar la abierta preferencia que el público y el equipo tenían por su mejor amiga en la serie. Christine Baranski no era precisamente una joven polluela, era objetivamente más fea que ella y, además, pelín estrábica. Pero qué voz, qué piernas, qué manera de tirar las frases y de beber copazos.

En The good wife, esa serie donde nadie es más que nadie, donde la línea de un secundario es esencial para que el mosaico se vea perfecto, Baranski tiene despacho propio. Salga más o menos, Diane Lockhart está allí al fondo, en el que hace esquina, con su pelo impecable y sus collares de cuentas gordas. Cabal, sensata, pragmática, eficiente, elegante, ambiciosa, da la impresión de que Lockhard podría ser presidenta del mundo si le diera la gana y nos seguiría cayendo bien a todos. Es afectuosa sin ser maternal, autoritaria sin estridencias totalitarias, es la súper líder. Todos los que seguís la serie, como yo, la adoráis; los que no la veis, por las razones que sea, porque pensáis que es una serie “femenina” u “otra de juicios”, os compadezco. De verdad. Este personaje es sólo una capa más de una gran obra.

Michelle y Robert King han elegido el procedimental de abogados, un género trillado hasta la saciedad, para desarrollar un producto de primera categoría que les emparenta con los grandes. Cuando escriben comedia, los King miran a Ruth Gordon y Garson Kanin; a Joseph L. Mankiewicz para afinar los giros dialécticos; a William Wyler para aprovechar con elegancia los recursos visuales. ¿Exceso de clasicismo? De clase, si acaso. Estas referencias son el equivalente del débito que Los Soprano tiene con Scorsese o Breaking Bad con Tarantino. The good wife tiene carisma y estilo propios, y una capacidad creadora asombrosa que permite que cada semana cada capítulo sea lo mejor que cualquiera puede ver en la televisión. Sin disparos, sin desnudos, sin tacos.

Yo tenía la intención de escribir una carta de amor a Diane Lockhart y me he ido por las ramas, pero así son las cosas con The good wife. No puedes separar a un personaje del total; piensas que la historia te va a llevar por aquí y te arrastra por allá. Es sorprendente, es compacta, es gloriosa. Si de verdad te gustan las series, no entiendo que no la estés viendo.

La cuarta temporada de The good wife se emite los martes a las 23,15 en FOX

Estrógenos a presión

“Dentro de unos años van a necesitar actrices de más de cincuenta que aparenten su edad. Si perseveramos, encontraremos un nicho de mercado importante”. Este argumento antibótox lo planteaba una burlona Frances McDormand en el documental de 2002 Searching for Debra Winger a propósito de la presión que Hollywood ejercía en las actrices para conservarse eternamente frescas, “follables”, según el término favorito de los ejecutivos. Ya entonces, la tele había abierto sus brazos anhelantes a la madurez femenina, diversificando la oferta interpretativa fuera de los estereotipos esposa de, madre de, abuela de, a los que el cine las relegaba. Hoy en día, operadas o no, las mujeres de cierta edad, de Margo Martindale (Hung) a Vanessa Redgrave (Nip/Tuck), practican sexo en nuestras pantallas como las jovencitas. Muchas de ellas, como la Redgrave, en las series de Ryan Murphy.

La que se ha hecho de todo en la cara y no aparenta ni uno menos de los años que tiene es Jessica Lange, que vuelve a ser la abeja reina indiscutible de la nueva temporada del terrorífico serial American Horror Story. Lange ha utilizado su rostro como campo de pruebas, algo que, al contrario de lo que pueda parecer, y contraviniendo muchos de los estereotipos anticirugía, no le ha restado personalidad ni fuerza interpretativa. ¿Estaría más guapa si no se hubiese vuelto loca recortando pellejo? Probablemente, pero la Lange pisa sobre sus tacones con tanta seguridad y se revuelca con las mismas ganas, si no más, como en los tiempos en que suspiraban por ella hasta los simios gigantes. Su personaje, una de las brujas de este aquelarre (Coven es el subtítulo de la tercera entrega de AHS), está, como ella, obsesionada por mantener a cualquier precio la tersura de sus facciones. No ayudará a su fijación la proximidad de un grupo de jóvenes hechiceras adolescentes que tutela su hija, Sarah Paulson.

¿De qué va American Horror Story: Coven? Ni idea. El primer capítulo es tan perverso y está tan bien hecho como el resto de la serie, pero no tengo muy claro cuál será el hilo argumental más allá de las alianzas y confrontaciones que se adivinan entre jóvenes  (Taisa Farmiga, Gabourey Sidibe, Emma Roberts y Jamie Brewer) y veteranas (Lange, Frances Conroy, Patti LuPone, Kathy Bates y Angela Basset), y las venganzas y maleficios atávicos del Nueva Orleans del XVII arrastrados hasta nuestros días. Los aquelarres, como los conventos, sirven a menudo como metáfora para las relaciones conflictivas entre mujeres, así que parece seguro que Coven servirá una olla a presión de estrógenos siempre a punto de reventar.

Repite, además de Paulson, Evan Peters, Lily Rabe, Denis O’Hare, y, esperamos, el resto de los freaks habituales.

American Horror Story: Coven se estrena este domingo 20 de octubre en FOX.