Zorras entre rejas

La reina del binge watching estival, la niña bonita de las redes sociales, a todo el mundo se le cae la baba con Orange is the new black. Los trece episodios de las desventuras de Piper, la pija newyorkina que tiene que abandonar vida y novio ideales para pagar en prisión por un delito que cometió hace diez años cuando era la amante de una narcotraficante internacional, se estrenaron de golpe hace tan sólo un mes. Su distribuidor legal, Netflix, el videoclub más exitoso de la historia, no quiere decir los números reales, pero ha confirmado que su plataforma sigue ganando suscripciones tras la estela de House of cards y Arrested Development. La sátira carcelaria gusta a todos los grupos de jóvenes adultos y ha convencido a la mayor parte de la crítica falocrática. Tiene gracia la cosa porque Orange is the new black es mucho más una “serie de chicas” que un drama de cable transgresor. Es un buen ejemplo de ficción sin complejos, ni demasiado blanca ni demasiado oscura.

De Sin remisión a Chicago, las mujeres en la cárcel es un argumento que ha dado mucho juego en el audiovisual de toda la vida. Tirando de los mismos clichés, el tema cuajó a partir de los sesenta y setenta con las pelis WIP (Women in prison), subgénero del softporn exploitation que casi siempre contaba la misma historia: una inocente jovencita entra en la cárcel (por error, por un delito menor…) y es sometida a todas humillaciones conocidas. Guardianes sádicos, alcaides corruptos, reclusas envidiosas, un no parar de violaciones, motines orgiásticos y mucha bollería nada fina. El lesbianismo, bien era la manifestación cruel de una represión enquistada, bien la salvación afectiva para la protagonista; el mayor castigo (la pérdida de la “feminidad”) o un respirito, un oasis de disfrute entre tanta depravación y crueldad. Jenji Kohan se lo ha pasado pipa mezclando todas estas variables para su sleeper del verano.

Orange is the new black bebe directamente de la tradición machista del porno más violento, ésa que asume que a todas las mujeres nos gusta que nos metan caña. Rinde homenaje también a Oz, la decana de las series rebeldes; toma de ella la integración de los flashbacks en las tramas capitulares, los enfrentamientos tribales, la organización del día a día en la prisión y, sobre todo, la idea de que el amor dentro de una cárcel, como el libre albedrío, también está condicionado y sometido. Claro que Orange is the new black es un pastiche hecho con mucha guasa, una broma muy bien planificada que ofrece como resultado el producto femenino por antonomasia: una comedia romántica. La odisea de Piper es, básicamente, su dilema amoroso; la columna vertebral de la temporada es a qué ritmo late su corazoncito. El resto de elementos certifican se trata de un buen producto, aunque esté hecho con mucho cachondeo. Desde la ligereza de sus fenomenales diálogos a esa mezcla de pedantería y cultura pop (“En otras cárceles hacen Shakespeare y mierdas de esas. Yo quiero interpretar un gran papel como Desdémona, Ofelia o Claire Huxtable”) o esos guiños tan bien colados, como ver (de nuevo) a Jason Biggs masturbándose, o que Jodie Foster dirija un capítulo titulado “Lesbian request denied”.

Parte de la gratificación de ver Orange is the new black estriba en un festivo cuadro de personajes interpretados por un reparto ensamblado con precisión. Taylor Schilling tira las frases con naturalidad y socarronería; Laura Prepon ha creado una discípula aventajada de Shane McCutcheon, una chica con la que todos querríamos enrollarnos, cañera, misteriosa, vulnerable, sexy; Mr. Healy, Red, Nicky, Chapman, Crazy eyes, Miss Claudette, Sophia, Pornstache, Pennsatucky, la penitenciaría de Litchfield representa una gran nave de los locos buenista donde, aunque los referentes morales estén dispersos, cualquiera está dispuesto a echarte una mano. Aunque sea al cuello.

MIS premios Emmy

Cuando nos faltan argumentos para defender una opinión podemos sentirnos tentados de insistir en la extravagancia con tal de mantener nuestra postura. La gente de la Academia de la Televisión, los que entregan los Emmy, odian a Matthew Weiner. Le humillaron el año pasado y pretenden hacer lo mismo este año ratificando que, para ellos, los guiones de Downton Abbey son premiables y los de Mad men, no. No existen tampoco razones para que The good wife, la otra gran serie contemporánea (con permiso de Breaking bad), sofisticada, influyente, inconformista, no esté nominada. Los votantes ceden con facilidad a las agresivas campañas de márketing de las cadenas y a las modas, así que no olvidemos, cuando haya que hacer valoraciones sobre los ganadores, que todo esto es una tontería muy grande.

Como decía, los académicos se pirran por la serie de Julian Fellowes y su rollo los ricos también lloran arriba y abajo, y se obcecan en dignificarla a sabiendas de que es un subproducto. Si tanto les gustan los culebrones podrían haberse acordado de Nashville, una serie capaz de mantener tono marujo sin rebajar la calidad. Como esto no tiene ni pies ni cabeza, se trata de ser macarra, de no atender méritos objetivos y hacer lo que a cada uno le venga en gana, yo he hecho lo propio y he elaborado una lista con mis preferidos entre los candidatos. Ojo, no son “mis favoritos”; cuando llegue el momento de las porras y de apostar dinero, elegiré otros nombres. Me sorprendería que los de aquí abajo ganaran algo más que un primer plano favorecedor cuando premien a otro. Son los que me gustan a mí, mis elegidos, por las razones que sean, las que a mí me ha dado la gana destacar. A saber:

Demasiado guapo para que le tomen en serio, demasiado vulgar para ser una estrella fuera del plató, Jon Hamm es un actor de cuerpo entero (no hagáis chistes), clásico, eficaz y cumplidor. Su Don Draper desconcertado es una gran composición llena de matices y el protagonista masculino del año. El premio secundario de drama se lo daría a Charles Dance, pero como no está nominado, es de justicia que lo herede su odiado hijo en la ficción, Peter Dinklage, corresponsable, además, de algunos de los duelos dialécticos más divertidos que hemos visto esta temporada. En comedia, me apetece ver subir a Alec Baldwin al escenario. Por esa sonrisa entre lágrimas final de Jack Donaghy, porque se le ha quedado un tipín estupendo con la dieta y el yoga, y porque estoy enganchada a su podcast Here’s the thing. También me quedo con Ty Burrell. Dentro de unos años se marcará un bryancranston y entonces todos estaremos de acuerdo en que, no sólo es un actorazo, sino también un tío muy bien parecido. Nadie debe quitarle su standing ovation a la maricona de Michael Douglas, ni siquiera Toby Jones, quien se sale como el perverso sátiro y egoísta Hitch de The Girl, una peli que no aparece entre las seleccionadas de su categoría y, sin ser una maravilla, es una obra maestra comparada con La Biblia o Political Animals. Desaparecido está también el petrificado y descacharrante cirujano que interpreta Rob Lowe en Behind the candelabra, uno de los grandes aciertos de la peli. Sí está nominado James Cromwell, que se ha atrevido a dignificar un personaje como Arthur Arden, o sea el Doctor Mengele reescrito por Ryan Murphy. Mis ‘guest star’ van para Bobby Cannavale, por hacer soportable la cuarta temporada de Nurse Jackie, y para Harry Hamlin, alguien que sabe que más vale una frase en una buena serie, que encabezar los créditos en un dramón de Lifetime (chúpate esa, Corbin Bernsen).

Quién quiere retratos femeninos autoindulgentes y ejemplarizantes. Para mí, las señoras del drama del año son las miembros del club de las esposas cabronas, Robin Wright y Anna Gunn. Alfa y omega en términos estéticos, brillantes interpretaciones de mujeres interesadas, antipáticas y manipuladoras. Claire Underwood, como aquella otra mantis de Lunas de hiel, le recuerda a su marido cada día que, todo lo que él hace, lo puede hacer ella mucho mejor. Por su parte, Skyler White se ha revelado como la única antagonista (sí, esa es su función, de un tiempo a esta parte) a la altura de Heisenberg. Más buena que el pan es, sin embargo, la Sheila de Shameless, una locatis que nos ha permitido apreciar los matices dramáticos de la comicaza Joan Cusack. Otra demente (esta sí) peligrosa que cambia de registro es Melisa Leo en Louie, en la cita a ciegas más bizarra de la Historia. Y cuerda, aunque todos se empeñen en desquiciarla, está Lana Winters (Sarah Paulson) en American Horror Story: Asylum, magnífico homenaje sáfico a las grandes damas del melodrama de los cincuenta y sesenta. No soy seguidora de Parks & Recreation y, sin embargo, le daría con gusto el protagonista de comedia a Amy Poehler; por la ceremonia de los Globos de oro y porque, como cada años, improvisará el mejor sketch de la gala. Otra tía que es vis cómica con patas es Jane Krakowski. Sí, quiero ver a Jenna Maroney recogiendo un Emmy y comprobar si reprime las ganas de cantar. Las reacciones de los premiados son un incentivo como cualquier otro: esa displicencia serena de Helen Mirren, “Huy, qué bien, estaba yo echándome unas risas con Taylor y mira lo que me habéis dado”, cuando le entreguen su enésimo (merecido) galardón por controlar los respingos cada vez que a Al Pacino le daba un ataque en Phil Spector, y por conseguir que las florituras de David Mamet suenen tan naturales como la lista de la compra. Por cierto que éste, siendo teatral en exceso, es mucho mejor guión que el de LaGravenese (Behind the candelabra), que flojea en diálogos y en estructura. De los contendientes en drama, nadie le hace sombra al ejemplar “Say my name” de Thomas Schnauz, y en comedia, aunque sólo esté nominada una mitad, brilla la mejor película de Woody Allen de los últimos tiempos, el “Daddy’s Girlfriend” de Louis C. K.

La realización de Steven Soderbergh para Behind the Candelabra no es para matarse, pero es la mejor entre las miniseries y películas. En drama, la veterana Lesli Linka Glatter tiene un currículum televisivo tan impresionante como ridícula es su carrera cinematográfica. Este año supera con creces al irreductible Tim Van Patten, que ha utilizado la tercera temporada de Boardwalk Empire para hacerle la pelota al jefe y homenajear todas las películas que le gustan de Scorsese. El piloto de House of Cards de Fincher es impecable, pero palidece ante la sencillez y la fuerza que Glatter derrocha en el intenso capítulo del interrogatorio a Brody (Homeland, “Q&A”). Aunque si ha habido un ejercicio de dirección soberano este año, pese a quien pese, ha sido el de Lena Dunham por el “On all fours” de Girls, ese capítulo donde Hannah hace eso con el bastoncillo de las orejas, donde Marnie hace eso en la fiesta y, sobre todo, donde Adam le hace eso a su novia. Cómo está de bien rodado. Qué jeta.