La vida eterna

En estos días de parón bloguero forzado he visto unas cuantas series nuevas (incluida la esperadísima The Bridge, de la que os contaré cosas en los próximos días), he terminado con otras (con algunas, para siempre: te hablo a ti, Glee), y me he quedado con las ganas de participar del merecido homenaje colectivo a Sexo en Nueva York. Hay material de sobra para no aburrirse en los próximos meses de calorazo y, personalmente, me he marcado el propósito estival de saldar una cuenta pendiente: ver entera Friday Night Lights. Antes de todo eso, lo primero es lo primero, y yo aún sigo tocada por la muerte de James Gandolfini. Sí, ya sé que ha pasado casi una semana y que vosotros, como yo, habéis leído todos los obituarios que se han ido publicando, pero jolín, sólo tenía cincuenta y un años, era un actorazo y cedió su facha al icono más representativo de la cultura de los últimos quince años. Dejadme que os suelte uno más, él se lo merece.

Le había visto en un montón de secundarios y nunca me había quedado con su nombre hasta que en el verano de 2001 me tragué The Mexican, una chorrada monumental donde él era lo único rescatable. El listillo de Gore Verbinski, ese director infecto con un olfato comercial atinadísimo, le fichó justo después del bombazo que supuso en Estados Unidos la primera temporada de Los Soprano. Gandolfini interpretaba a un asesino a sueldo homosexual, dulce y comprensivo, pero de gatillo certero, que se pasaba media película compartiendo confidencias con una Julia Roberts en modo mariliendre. Aquel Tony Soprano de saldo se merendaba en dos bocados y sin esfuerzo a la Roberts y al otro cabeza de cartel, Brad Pitt. Jamás volvió a pasarme desapercibida su imponente presencia, su corpachón, su voz y su sonrisa.

Me he criado venerando El Padrino y, sin embargo, en mi Olimpo de la ficción mafiosa, Tony Soprano es el capo de tutti capi. Es algo emocional: a Michael Corleone se le respeta y a Tony, se le quiere. Quizá sea porque la asombrosa interpretación de James Gandolfini se distancia de la ortodoxia Stanislavsky radical que distingue a la intensa familia Corleone. O puede que los ochenta y seis capítulos de Los Soprano te cambien la vida para siempre, como cambiaron la historia de la televisión. Una vez entiendes sus motivaciones, le ves bregar cada día, matar, robar, extorsionar, irse de putas, abrazar a sus hijos con todo el cuerpo, reír los chistes verdes de sus subalternos, discutir con su mujer, fantasear con su terapeuta, llorar porque su madre no le quiere, te das por vencida y asumes que ya nunca más tolerarás protagonistas impolutos, jamás lograrás empatizar con un héroe como los de antes.

Gandolfini carecía de la brutal seguridad del personaje que le ajustó David Chase y perdía los papeles con facilidad con los agobios de la fama. “La violencia me pone malo”, parecía pedir disculpas en las entrevistas con una timidez que descolocaba. Admirador confeso de Robert Redford, se asemejaba a un gran mastín, de natural manso y con un ladrido intimidante; lento y pachorra, pero capaz de arrancarte la cabeza de un bocado si te pasabas de la raya. Gandolfini era Tony Soprano en muchos aspectos. Comer y beber sin control era uno de ellos. No tenía esa cansina pulsión de muerte de las estrellas malditas: simplemente era disfrutón y no le apetecía cortarse. Años de jugosos steaks poco hechos, de zitti marinara, de parmesano, de bresaola y salami engullidos de pie, junto a la nevera, directamente del paquete de papel de cera. Era alguien capaz de cenar dos veces sólo porque la comida era suculenta, de incitar a un ex alcohólico a tomarse una copa por no beber solo, inconsciente, irresponsable y excesivo. Me apetece pensar que murió feliz, haciendo lo que quería, atontado por la borrachera y con el regusto fuerte de los langostinos con chile todavía en el paladar. Como me dijo alguien el otro día, pocas personas como él se van al otro barrio con la seguridad de tener garantizada la vida eterna.

Estrellada

El otro día le recomendé Smash a una amiga teatrera. Te gustará, es sobre el backstage de un musical de Broadway. ¡Qué bien! Estoy falta de buenas series. Ah, no, no te equivoques, maticé, esta serie es muy mala. Me hubiera encantado que el último capítulo, que se emitió el domingo pasado en NBC, la redimiera un poquito, que hubieran encontrado la manera de repetir la fórmula de aquel maravilloso piloto que nos deslumbró a todos hace un año y medio. Lamentablemente, el final ha sido digno colofón a sus descuajaringadas y esquizofrénicas dos temporadas.

La idea de partida (sublimada en el numerazo inaugural ‘Let me be your star’), dos chicas que se disputan el papel protagonista de una obra que recrea la vida y obra de Marilyn, ya era una estupidez. Querer equiparar el talentazo de Megan Hilty a los gorgoritos de Katharine Mcphee era como ver a Mariah Carey tratar de levantarle a la Streisand el papel de Fanny Brice. Pero el auténtico despiporre llegó cuando pasaron a cuestionar la calidad de la obra Bombshell, lo único que funcionaba como un reloj. Bombshell, el musical, es una pieza soberbia, composiciones con reminiscencias de Rodgers y Hammerstein y toques sofisticados, divertidos, irónicos al estilo del mejor Cole Porter, de una sincera cinefilia y mala leche refinada. Si los diálogos de la serie hubieran tenido la mitad de calidad que los versos de las canciones, Smash habría sido un clásico.

Con todo, a mí me ha descubierto algunas cosas importantes: la profunda vulgaridad de Debra Messing, más allá de los despropósitos de su guardarropía; la versatilidad del maravilloso Christian Borle, capaz de insuflar dignidad a diálogos propios de Ana y los siete; el potencial de Jack Davenport como malo sexy; a Will Chase, arrebatador galán cantando y bailando, y secundario olvidable en cuanto apagan la música; que, aunque se haya destrozado la cara, el carisma de Anjelica Houston sigue incólume; y, esto no era ninguna novedad, que yo me trago cualquier chorrada ubicada en Nueva York aunque sólo sea un rato.