La resurrección de los muertos

Pero como aún se resistían a creerlo, a causa de la alegría y el asombro, les dijo: «¿Tenéis algo de comer?»

Lucas, 24, 41.

Como si volvieran de echarse una siesta, los muertos se levantan con hambre. No me refiero sólo al apetito voraz de los zombies canónicos. También los aparecidos de Les Revenants tienen como primer impulso vital restaurado lo de echarse algo a la boca. En una emocionante escena justo al principio de la serie, una madre que perdió a su hija en un accidente de autobús cuatro años atrás entra en su cocina y se encuentra a la adolescente como si nada hubiera pasado, acodada en la encimera, preparándose un sándwich. En el gesto petrificado de la mujer, en la tristeza infinita de sus ojos, podemos adivinar el miedo, no a estar viendo un fantasma, sino a todo lo contrario: a que esta situación cotidiana, convencional, ordinaria sea otro sueño que se desvanecerá en cuanto se despierte. Pero, afortunadamente para ella, Camille, su niña querida, ha vuelto del más allá. Como otros tantos paisanos.

En la pequeña población en la que transcurre Les Revenants los muertos han empezado salir de sus tumbas. No en tromba, son sólo unos pocos, pero no sabemos por qué. Vuelven como se fueron, con la misma ropa, edad e intenciones que tenían en el momento de fallecer, y no todos son una cría de quince años ni tienen una madre amantísima deseosa de darles la bienvenida; por haber, hay hasta un asesino. Les espera la vida que continuó sin ellos, cuatro, diez, treinta años después. La interesante pregunta que plantea Les Revenants no es qué hay más allá de la vida, sino qué hubo más allá de la muerte y, tanta palabrería sobre el espíritu, las almas y estarás conmigo para siempre, cuando alguien se muere y te acostumbras a vivir sin él, puede ser muy inoportuno que regrese.

Frente a la simpleza ontológica y narrativa de una serie como La Biblia (que ha replicado en Antena 3 su apabullante éxito en Estados Unidos, y que echa a perder su magnífico origen literario, divertidísimo también desde una óptica secular), Les Revenants es un excitante revulsivo para reflexionar sobre la manera en que los humanos nos relacionamos con la vida, la muerte, la realidad y la fe. Todo esto al servicio de una hipnótica trama de misterio. Envuelta en una atmósfera tan atractiva como espeluznante, Les Revenants es un magnético laberinto en el que uno busca desesperadamente la salida.

NOTA: Esta semana estuve en Adictos al espectáculo de TODORADIO FM con Alfredo L. Zamora y Javier Suárez Ruiz hablando de Les Revenants y otros casos de muertos vivientes en la tele y el el cine. Puedes escuchar el programa AQUÍ.

Tempestad sobre Washington

¿Harto de fantasías autocomplacientes y de dirigentes paternalistas? ¿Cansado de esa historia donde el joven idealista no tiene más opción que claudicar ante el sistema? ¿Quieres, de verdad, un político sincero? Puede que House of cards sea la serie que esperabas. Frank Underwood (Kevin Spacey) te lo va a dejar claro desde el principio: él va a lo suyo. Le prometieron la Secretaría de estado y le han endosado la cartera de Educación, así que se va a resarcir liándola muy gorda, trepando unos cuantos peldaños más en el escalafón de Washington y aplastando todas las cabezas que hagan falta. Junto a él, Claire (magnífica Robin Wright), su esposa, confidente y aliada, directora de una organización defensora del medioambiente y la mejor Lady Macbeth que nos ha dado la ficción de los últimos años (y nos ha dado muchas), cebando el clásico de que junto a un hombre de éxito siempre hay una mujer muy cabrona. Y en la sombra, la jovenzuela Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista con mucha hambre y pocos escrúpulos. Servidores públicos a los que les trae al fresco el bien común, ONGs que se dan la mano con las mismas grandes corporaciones que producen los desaguisados que luego tratan de enmendar, y medios de comunicación que sólo se interesan por la verdad si ésta es vendible. House of cards es una reinterpretación de Ricardo III sí, y también una lúcida y desapasionada sátira, tan fría y cínica como su protagonista.

¿Por qué un tipo inteligente y ambicioso como Frank Underwood se metería en política? No para trincar, desde luego. El congresista de Carolina del Sur desprecia a los flojos de espíritu, los que arriesgan un objetivo elevado por placeres inmediatos. Underwood  podría haber optado por dirigir una multinacional, pero se habría aburrido pronto; o por continuar su carrera militar, pero el ejército es una institución que se mueve despacio y donde cuenta más la veteranía que las capacidades. No. Es probable que el único espacio lejos de Washington donde la sed de ambición (y las ganas de disfrutar con el proceso) del protagonista de House of cards se viera colmada fuera el Vaticano. Anda que no le quedaría bien a Spacey la mitra, la sotana y las intrigas cardenalicias. Pero esa sería otra serie. Una que me encantaría ver por cierto.

House of cards es “un one man show”. A pesar del reparto equitativo de tramas secundarias (donde lo mejor es el incondicional Doug Stamper y el politoxicómano Peter Russo, y lo peor la evolución de los colegas de Zoe Barnes), lo que realmente nos interesa y nos hace volver es descubrir en qué consiste el plan de Frank, hasta dónde llegará y si será capaz de completarlo. Kevin Spacey no sólo es el protagonista, también es el productor ejecutivo y aglutina un montón de variables autorales dispersas. Remake de una serie británica, House of cards no se parece a El ala oeste de la Casa Blanca ni lo pretende. Sí está emparentada con Los idus de marzo. Beau Willimon (autor de la obra de teatro Farragut North en la que se basa la película de Clooney) ejerce de showrunner por primera vez capitaneando un ecléctico grupo de guionistas. La impronta visual es la de David Fincher en su versión más sobria y neutra, sin escatimarnos calidad, pero sabedor de que esta serie no es suya del todo. El resultado es un producto con altibajos, pero de ritmo y composición muy sólidos.

House of cards se emite en Canal + los jueves a las 21.30

Daryl, un nuevo héroe

Discreto, robusto, sensible, de veloces reflejos y razonamientos simples, así es el héroe de moda, Daryl Dixon. A la chita callando, el personaje interpretado por Norman Reedus se ha convertido en el más popular de The Walking Dead, esa serie tan hábil que también gusta los que, como yo, detestamos las historias de zombies. Quedan cinco capítulos para terminar la trepidante tercera temporada, el grupo de supervivientes de Atlanta anda como vaca sin cencerro, enfrentados a la peor amenaza hasta la fecha y con su líder de baja por depresión: ¿se verá Daryl obligado a capitanear la batalla final?

Su padre le molía a palos y se crio a la sombra de su hermano Merle, un marrullero asesino mercenario, mentiroso y racista. El bondadoso Daryl estaba destinado a ser carne de cañón, pero el apocalipsis zombie le dio una segunda oportunidad que no hubiera podido planificar el más ducho agente de asuntos sociales. Separado de su hermano, recala en un grupo donde se siente útil, necesitado, querido, y encuentra así anclaje afectivo y confianza. Por fin tiene una familia de la que sentirse orgulloso. Defenderla se convierte en su prioridad, por delante incluso de su relación no consumada con Carol; un cortejo a la antigua, un calentón tan demorado que corre el riesgo de resolverse a golpe de bocado de caminante. Como Tom Doniphon, Daryl siempre ha reclamado su parcela de independencia, su voluntad de mantenerse en segundo plano y su derecho a salir corriendo sin dar explicaciones cuando le dé la gana. Huye de los alardes y está orgulloso de seguir al “hombre de honor” que para él encarna Rick. En su cabeza, él es sólo músculo convenientemente entrenado, demasiado torpe para enardecer a las masas. Pero en un mundo infectado de inhumanidad, entre dirigentes totalitarios y predicadores fanáticos, el centro moral no es el personaje que da discursos, sino el que tiene un comportamiento ejemplar.

¿Dónde iría Daryl si mañana el mundo se limpiara de pústulas y coágulos? Esa pregunta carece de importancia porque los datos de audiencia son tan alucinantes que tenemos The Walking Dead para rato. Pero si algo ha dejado claro esta serie es que todos son prescindibles, del showrunner al más carismático de los personajes. ¿Qué va a pasar con Daryl? Esa cuestión sí es pertinente. Nadie lo sabe, ni los espectadores, ni tampoco los listillos aficionados a los cómics (los hermanos Dixon no aparecen en la novela gráfica de Robert Kirkman). Daryl, el admirado, el deseado, es una creación exclusiva de la serie, ¿se arriesgarían los productores a suprimir tamaño filón por un golpe de efecto puntual? Ése es uno de los temores con los que vivimos quienes cada lunes por la noche nos juntamos para ver y comentar The Walking Dead en FOX. Buscadnos por Twitter y Facebook a partir de las 22.20. Sufrimos mucho, pero lo pasamos en grande.