La reina de los pringados

Creo que nunca he conseguido convencer a nadie de que vea 30 Rock. En el tiempo que llevo enganchada a esta serie la he recomendado millones de veces y he obtenido poquísimas respuestas positivas. Igual que algunos la califican de pretenciosa, otros la acusan de ser demasiado tontorrona. Todos tienen razón. Es una amalgama informe y genial de chascarrillos sofisticados y humor de trazo grueso. Hoy que se emite el último capítulo en Estados Unidos no voy a intentar animaros a que le deis una oportunidad argumentando que, en realidad, esta serie debería ser mainstream. Es mentira. Los que la disfrutamos potenciamos ese rollo de que sus chistes no puede pillarlos cualquiera. Suena a pedantería extrema pero no es más que un arrebato de orgullo nerd. Como en el cole: Ah, ¿que no quieres ser nuestra amigo? Lo mismo nos da, mis colegas y yo tenemos un club súper guay y no te necesitamos para nada.

Así es su creadora, Tina Fey, la reina de los pringados, la chica de las gafas y la cicatriz en la cara que ha tenido la serie que le ha dado la gana durante siete años en antena. A quién le importa los datos de Nielsen cuando en su pandilla de outsiders tiene a la estrella más influyente de las últimos dos décadas (probablemente), a un vicepresidente de los Estados Unidos y a un Beatle, además de una potente lista de celebrities y anónimos incondicionales que comparten su obsesión malsana por la tele y la ciudad de Nueva York, los dos verdaderos protagonistas de 30 Rock. La NBC no ha tenido arrestos para quitarla de la parrilla, aunque ganas no le habrán faltado; no sólo era un fiasco de audiencia sino que, además, se cachondeaba a placer de las miserias de su cadena nodriza.

Casi nunca era una comedia “de situación”. 30 Rock buscaba el golpe de efecto en la frase rebuscada, en la burrada envuelta en retórica (“Sabemos que alquilaste una versión porno de Temple Grandin”; “No adoptes a esa niña somalí: cuando crezca podrá llegar a ser pirata o la concubina de un señor de la guerra”) y en los personajes. Hoy tengo esa pena del último día de campamento, cuando hay que despedirse de todos, incluso de los que te caían mal, y confías en que seguiréis en contacto pero sabes que cada uno tomará su camino. Me encerraré en casa con una sudadera gris y una bolsa enorme de Sabor de soledad para ver capítulos repetidos y memorizar frases intraducibles. No contéis conmigo: I’m Lizzing.

Asesinos delegados

Un autodestructivo agente del FBI retirado, un inteligentísimo asesino en serie, una conexión especial entre los dos. Si la historia de The Following se hubiera producido para el cine sería otro thriller más, como doscientos hemos visto, para echar el rato una noche de agosto y olvidar al día siguiente. Se titularía “El coleccionista de relatos” (el serial killer que nos ocupa tiene fijación con Edgar Allan Poe) y lo protagonizaría Morgan Freeman o Angelina Jolie, o los dos. Nos han contado tantas veces el mismo rollo en hora y media que, a no ser que un autor como Fincher o Demme le meta mano y lo convierta en obra maestra, se nos mezclan las obsesiones, las estrellas y los escenarios. Pero, ¿hace falta ser original para dar en el blanco? The Following es un buen ejemplo de que la misma fórmula de siempre, con una pequeña vuelta de tuerca, también da para una serie. ¿O no?

(A partir de aquí voy a hablar libremente de la trama del piloto. Si eres susceptible con los espóilers, mejor no sigas.)

Hace ocho años que Ryan Hardy (Kevin Bacon) consiguió encerrar a Joe Carroll (James Purefoy), un profesor de literatura especialista en el periodo romántico que primero volvía loquitas a sus alumnas leyéndoles Annabel Lee en clase y de noche se colaba en sus habitaciones para terminar el comentario de texto: les sacaba las tripas y les clavaba puñales en los ojos, en lo que él consideraba su interpretación personal de la obra de Poe. Ya en la cárcel, Carroll se convierte en un fenómeno mediático con multitud de seguidores y, a pocos días de probar la inyección letal, consigue escaparse con un claro objetivo: pasarse a cuchillo a una tierna jovencita que en su momento se le escapó. Hardy, enfermo y alcoholizado, vuelve al FBI para correr tras su archienemigo y evitar que cumpla sus intenciones. Durante la primera media hora del capítulo, tenemos un thriller de manual en versión compactada, con todas las ventajas y los tópicos del género. No se corta en la sangre, tendremos trama amorosa, un secundario que palma y, finalmente, la detención del culpable por parte del pertinaz agente de la ley. Si habíais pensado que esto era una caza al hombre, estáis equivocados: el asesino vuelve a la cárcel. En el último cuarto, llega por fin la propuesta argumental de la serie: no será Carroll sino sus acólitos, su grupo de fieles, su following, integrado en todos los estamentos sociales, quienes se dedicarán a matar continuando su legado literario- sangriento.

El piloto es muy divertido, vale, ¿y después? ¿Cómo va a continuar esto? ¿Tendremos un asesinato y un asesino por capítulo? ¿Nos volveremos locos tratando de identificar a los colaboradores del Carroll, en plan La invasión de los ultracuerpos? ¿Serán capaces de mantener el nivel de intensidad e interés del primer episodio? En Estados Unidos, donde la serie se estrena esta noche, algunos periodistas se han puesto estupendos criticando su extrema violencia y su glorificación del mal. Este tipo de comentarios suelen producir el efecto contrario al deseado y funcionan como un reclamo infalible. La serie cuenta además con una verdadera estrella como protagonista: Kevin Bacon da vida al ex agente Hardy, un papel que precisa de su laconismo y su carisma para que un montón de lugares comunes nos resulten atractivos. En frente, James Purefoy, con ese punto pervertido, guarro casi, que tanto partido le sacó en Roma y que aquí le viene de perlas para componer al morboso profesor psicópata.

Podremos ver The Following los martes a las 22.15 en TNT a partir del próximo 29 de enero, muy pocos días después de su emisión en Estados Unidos.

Los episódicos de las estrellas de cine

En los Globos de oro, el cine y la tele se sientan juntos a cenar. De un tiempo a esta parte, incluso en la misma mesa. Ya no tiene tanta importancia quién tiene la pantalla más grande sino cuál es el mejor producto y, en el caso de los actores, dónde te luces más y mejor. Exhiben orgullosos sus protagonistas y alternan series con películas, TV movies, miniseries y apariciones estelares. Pero no es lo mismo hacer un papel principal para HBO que mendigar dos planos en un policíaco de medio pelo. Hoy repasamos el pasado catódico de cinco nominados a la mejor interpretación cinematográfica. Ellos aún no eran estrellas cuando salieron es estos clásicos de la tele.

Joaquin Phoenix en ‘Se ha escrito un crimen’ (We’re off to kill the wizard, 1984)

Los padres de los cinco hermanos Phoenix consideraban terriblemente vulgar escolarizar a sus hijos, pero no tuvieron ningún problema en ponerlos a trabajar desde bien pequeños. Corría el año 1984, River rodaba Exploradores y el segundo de la camada aún no había recuperado su nombre de bautismo: Joaquin Rafael. El pequeño Leaf era un actor repelente pero también un crío precioso de voz arenosa y con una pícara cicatriz en el labio. Se hinchó a hacer apariciones en series de televisión, entre otras, ésta junto a la pizpireta J. B. Fletcher. Un claro ejemplo de que los malos actores infantiles pueden derivar en estupendos intérpretes.

Jessica Chastain en ‘Veronica Mars’ (The girl next door, 2004)

Qué difícil es guardar un secreto cuando vives puerta con puerta con Veronica Mars. Y qué difícil es también destacar en un papel de cinco minutos cuando tienes enfrente a una luminosa Kristen Bell. Tras discutir violentamente con su novio, la embarazadísima Sarah (Chastain) desaparece sin dejar rastro de los apartamentos Sunset Cliff. La Nancy Drew de Neptune se obsesionará con encontrarla y con sacar a la luz una trama clásica de familia white trash americana. Chastain derrocha belleza vestida de trapillo y capacidad emotiva en una capsulita narrativa para enmarcar.

Ewan MacGregor en ‘Urgencias’ (The long way around, 1997)

Si alguna vez hubo un atraco chapucero en la historia de la tele, ése es el que organizó Duncan con el inútil de su primo James en la tienda de barrio donde la enfermera Hathaway iba a comprar el pan. La popularidad que Trainspotting le dio a Ewan MacGregor propició que el escocés pasara de despelotarse para Peter Greenaway a tener este papelón como estrella invitada en la serie con más audiencia de Estados Unidos. El descarriado chaval y el personaje de Julianna Margulies (nominada también este año por The Good Wife) viven una intensa historia en un capítulo que se ha convertido en un clásico.

John Hawkes en ‘Buffy, cazavampiros’ (I only have eyes for you, 1998)

De todas las rarezas interpretativas de este actorazo (y son un montón) haber sido poseído por un fantasma de los años cincuenta en un episodio de Buffy tiene que ser, por fuerza, la mayor. Se acerca la noche del baile de Sadie Hawkings y George (Hawkes) limpia el suelo del instituto Sunnydale ignorando que, en cuestión de segundos y sin venir a cuento, va a matar a una profesora a la que apenas conoce. Gajes del oficio cuando curras de bedel justo encima de la Boca del infierno. Todo sucede con una naturalidad pasmosa gracias, en gran medida, a esa capacidad que tiene Hawkes de liberar de estridencias cualquier extravagancia argumental.

Leonardo DiCaprio en ‘Roseanne’ (Home- Ec, 1991)

Poco antes de entrar a formar parte de la cursilísima familia Seaver, Leonardo DiCaprio asistió como figurante sin frase a una charla sobre economía doméstica que la matriarca de los Conner dio a los compañeros de clase de su hija Darlene. La aparición hubiera pasado desapercibida pero, siendo claramente el más mono del grupo, le sentaron al lado de Sara Gilbert. Todo lo que hace es mascar chicle distraído y mirar a cámara un par de veces. Para que luego digan que el físico no importa. A DiCaprio le sirvió para poder presumir de tener en su currículum una de las mejores comedias del siglo pasado.

Los espejos deformantes de Ryan Murphy

Que a Ryan Murphy le trae sin cuidado lo que los demás digan de él es evidente. También cuando, quienes admiramos su audacia transgresora, nos llevamos las manos a la cabeza con sus arrebatos reaccionarios. El caso es provocar y pillarnos desprevenidos. Si le pedimos más sexo, vísceras y cortes de manga a los estamentos sacrosantos, él responde con The new normal, la serie familiar más conservadora y moralizante que se ha visto en la tele desde Siete en el paraíso. Y a poco te estás haciendo composición de lugar (este no es mi Murphy que me lo han cambiado), cuando aparece con la segunda temporada de American Horror Story: Asylum.

El primer volumen de la serie daba más risa que miedo. Refrito de todos los lugares comunes del género de terror, la aventura de los Harmon, o sea tener a un montón de muertos pululando como Pedro por su casa (la de los Harmon), era casi una versión softporn de los Munster. Asylum es igual de procaz y chirriante: hay monjas con liguero, enanos de circo, platillos volantes y pegotes de escatología (literalmente), y la intención última de hacernos disfrutar riéndonos de los males ajenos. Pero el reflejo esperpéntico de Briarcliff acongoja de verdad y hace menos gracia. Terror es ser condenado a purgar unos pecados que no has cometido en un centro donde la hermana Jude (Jessica Lange) y el doctor Arden (James Cromwell) usan tu cuerpo y tu mente sin límites como campo de pruebas para su contienda particular. La lucha entre fe y ciencia en American Horror Story la dirime la locura: aquí no se salva ni Dios ni el diablo. No faltarán, como en la primera, las agudezas de Lange (su destreza a la hora de soltar ironías es un filón) pero el tono de la serie, como los pasillos de Briarcliff, es mucho más siniestro y lúgubre.

Las referencias van de La calumnia de Wyler (esas rebequitas sobre camisas a lo Shirley Maclaine de Clea DuVall) a la Biblia (¿cuarenta latigazos para redimir las faltas ajenas?). Independiente en trama y personajes, esta temporada es menos gamberra, más compacta, más profunda, mejor que su predecesora. Llevo tres episodios vistos y ya me tiene atormentada. Claro que de Murphy no te puedes fiar y, en cuanto hayamos pillado la lógica a su nueva historia, se desmarcará con un punto de giro imposible. Mira que es tocapelotas.