El ángel adolescente de Grease

Teen angel

La veterana era Rizzo que contaba treinta y cuatro primaveras y la más joven, con veinte, era Marty, la pechugona que sentía debilidad por los marineros y los presentadores de televisión. Que los protagonistas de Grease estuvieran más que talluditos para pavear por el instituto era uno de los chistes que mejor funcionaban. Sin embargo, a Randal Kleiser se le fue la mano cuando contrató a Frankie Avalon. El guiño caducó enseguida: el italoamericano había sido un ídolo de quinceañeras en la época en la que se ambienta el musical (finales de los cincuenta) y por eso a Frenchy se le caía la baba cuando bajaba las escaleras de aquel paraíso de bigudíes y secadores plateados para, básicamente, llamarla tonta. La idea era buena pero Avalon no es Elvis, un icono cuya popularidad y carisma traspasa generaciones. Cuando yo era pequeña en mi casa veíamos Grease un día sí y otro también; la recitábamos como el señormíojesucristo de los niños antiguos, pero siempre fastforwdeábamos ese número. Beauty School Drop- out es una de las mejores canciones de Grease, con una letra acidísima sobre el abandono escolar y la novelerías adolescentes, pero darle el papel de Teen Angel a un cincuentón acartonado literalmente caído del cielo le imprimió al número un tufillo rancio de especial en La Vegas que desentonaba con el desenfado juvenil que era el alma de la peli.

Grease ha aparecido varias veces en Glee pero nunca le habían dedicado un capítulo monográfico. Por cierto, no voy a intentar justificarme por seguir viendo una serie que tras su brillante primera temporada no ha tenido más que algún chispazo aislado: la veo y punto. Glee tiene capacidad para sacar matrícula pero es vaga y autoindulgente; pasará a los anales sin pena ni gloria y yo perderé el tiempo hasta el último capítulo con ella porque soy una loca de los musicales. El relevo en un reparto de feos, gordos, geeks y lerdos por una caterva de bellezones pasivo agresivos le ha dado esta temporada la puntilla al espíritu outsider de la serie. Ya sé que ser guapo no lo es todo y Kate Moss se metía farlopa porque era profundamente insegura pero, por favor, no puedo tomarme en serio que esos chicos tan hermosos tengan algún complejo o problema de integración en el instituto. Y mira que me he tragado toda la vida que la preciosa Sandy Olsen de Olivia Newton- John -con sus treinta palos cumplidos- se sintiera pequeñita al lado del mujerón que era (es) Stockard Channing. Ya podían aprender los del McKinley High, que llevan cateando ironía desde primero.

Sólo sacan nota al crear sus propios clásicos versionando canciones populares. El capítulo titulado Glease (sexto episodio de la cuarta temporada, que se emitió la semana pasada en Estados Unidos) no está mal armado (alrededor de esas canciones, un episodio de Estamos Okupa2 nos parecería El abanico de Lady Windermere) y tiene un momento sobresaliente cuando Darren Criss le enmienda la plana a Frankie Avalon. Beauty School Drop- out versión Glee sólo tiene un defecto: reduce la canción a dos estrofas con lo que no podemos disfrutar del tema completo. La chica que hace de Frenchy es clavada a Didi Conn teñida de rosa; las angelettes no son tan graciosas como en el original pero bailan mejor y Criss, que canta como le da la gana, es un auténtico Teen Angel, tierno y socarrón. Tiene veinticinco años: hubiera encajado perfectamente en la media de edad de la promoción del 78.

Te quiero, Louie.

Cuando Lucille Ball buscaba una manera de ahorrar costes para la comedia que pretendía colocarle a la CBS y que terminaría convirtiéndola en la primera rachelgreen de la historia, se le ocurrió que grabar con tres cámaras a la vez frente a unas gradas llenas de gente que riera sus gracias reduciría el tiempo de producción y daría, además, mayor naturalidad al recoger las reacciones espontáneas del público. Así nació la sitcom. Sesenta años después, el jefazo de la FX John Landgraf sólo puso una condición cuando dio luz verde a la irreverente, anárquica y exhibicionista serie que Louis CK acababa de presentarle: “que no se pase del presupuesto”. Louie tiene en común con I love Lucy haber convertido sus limitaciones en virtudes e inaugurar de paso una nueva manera de contar. Gasta poco en sueldos: él produce, escribe, dirige, edita e interpreta. Cada capítulo es imprevisible, distinto al anterior y todo gira alrededor de lo que al demiurgo pelirrojo le venga en gana. Louie no es una sitcom, a veces, no es ni una comedia, y la vemos cuatro gatos: las posibilidades de que algo así se convierta en paradigma de nada son mínimas, pero eso no quita para que éste sea uno de los productos más rompedores de los últimos tiempos.

Hoy se estrena en España la tercera entrega de la semibiográfica y deshilachada historia de este cómico divorciado, padre de dos niñas y residente en Nueva York. Los desastres naturales en Centroamérica, el hambre en el Tercer Mundo, las enfermedades mentales, Ikea, los ancianos, la guerra en Afganistán, los trasplantes de genitales, la zoofilia, las citas a ciegas: los grandes temas y los resquicios más bizarros de lo cotidiano son su material cachondeable. Sin que te des cuenta, estarás llorando de la risa y él, tan campante, saltará de la escatología al existencialismo en la misma frase. Pero, para los que todavía no le conocéis, ¿cuál es la diferencia entre Louie y todo lo que ya has visto? Tenemos a Larry David y a Ricky Gervais desplegado en Andy Milman, David Brent y Derek. No cortarse en decir burradas (con talento) y afrontar la vida con desilusión hace tiempo que dejó de ser novedoso, ¿qué aporta Louis CK? ¿Qué le hace tan especial? La ternura. La auténtica trasgresión, para los que ya estamos curados de espanto, es otorgarle un mayor grado de profundidad al personaje: atreverse a poner verdaderas atrocidades en boca de un individuo que no es ni un misántropo ni un egoísta, pero tampoco un necio o un cursi. Louie es otro cínico contemporáneo y también es un tío muy majo. Sabe que portarse bien es casi siempre muy cansado y no tan gratificante; que ser bueno, coherente, responsable, legal, es un ejercicio de voluntad y no algo que sale de forma espontánea. Puede confesar haberse masturbado entre la caída de la primera y la segunda torre el día del ataque al World Trade Center y a la vez ser el padre más tierno, el enamorado más dulce y el desconocido más empático.

Los críticos siempre destacan la evidente influencia de Seinfeld en la combinación de stand- up comedy y ficción en la estructura de Louie, pero la tanda de capítulos que hoy arrancan en Canal+ dejan claro que el progenitor estilístico de la serie es Woody Allen. Además de la incorporación de Susan E. Morse como montadora de la serie, hay indicios de Manhattan, toneladas Annie Hall y un capítulo muy especial con una versión actualizada de Stardust Memories. Sus mejores películas has sido las nodrizas de CK, quien guarda en su despacho a modo de altar una carta enmarcada que Allen le envió y en la que se proclamaba admirador de la serie: “Tengo un Grammy, tengo un Emmy, me importan una mierda: esa carta sí que es un premio”, el vástago orgulloso ha adoptado otra de las señas de identidad de Woody: pagar a cualquiera que actúen en su show, sea una actriz en el candelero, un mítico director de cine o un pez gordo de la comunicación, el mismo sueldo que a cualquier mindundi del sindicato.

La tercera temporada de Louie se estrena hoy a las 21.30 en Canal+

La reina del country

Ya lo tengo decidido: mi serie de este otoño es Nashville. Estoy siguiendo con mucho interés los vaivenes profesionales, familiares y capilares de las dos divas de la música Connie Britton y Hayden Panettiere. Hay que ver, con la tirria que le tenía yo la maldita porrista de Héroes, le voy a terminar cogiendo cariño. No me juzguéis antes de tiempo; la niñata sigue siendo insoportable y, precisamente por eso, es perfecta para encarnar a Juliette Barnes, la envidiosa advenediza white trash que amenaza con quitarle hasta el banjo a la veterana y aristocrática Rayna Jaymes (la Britton está que se sale a todos los niveles). Sé simpática, le aconseja su mánager a Barnes en el primer capítulo antes de presentarle a la gran señora del country, She’s royalty. La diminuta cantante, número uno de Los 40, carnaza de Gawker, idolina adolescente, le devuelve al tipo una mirada llena de odio y masculla un anda, no me fastidies: a Barnes le escuecen en ese momento como una picadura venenosa sus privaciones infantiles, la rulot sin seguro y la madre yonqui. ¿Acaso cree Jaymes, la princesa de Nashville, que es mejor que ella? ¡Ja! Rayna tendrá el prestigio, el castillo, el padre millonario, el carnet del club de campo, el amor de película y la familia repipi, pero Juliette tiene las carnes prietas y mucha, muchísima hambre.

La serie pivota entre el melodrama canónico y el culebrón: por ahora pesa más la calidad que la necesidad de forzar los argumentos aunque, con cuatro episodios ya emitidos, ha tonteado en alguna ocasión con recursos facilones. La firma Callie Khouri que lleva veinte años viviendo de las rentas del Oscar por su guión de Thelma y Louise. Nashville demuestra que la que tuvo, retuvo: Khouri se ha marcado en su vuelta al ruedo un piloto fantástico con localismos y acentazo de Tennessee, donde hillbillies que responden por Deacon, Scarlet, Lamar, Tandy y Jolene, intercambian diálogos con mucha clase. Conoce los tejemanejes del negocio discográfico en los que se centra la acción de primera mano ya que está casada con el súper capo T-Bone Burnett, cuyos tentáculos se extienden por la serie en forma de asesor musical (Executive Music Producer). El matrimonio entre la historia y las canciones está muy bien apañado y la serie no da al pause cuando alguien se pone a cantar: los temas completan pasajes secundarios y subrayan los tramos sentimentales con elegancia. Como ejemplo, ahí va el final del primer capítulo a ritmo de la preciosa If i didn’t know better. Obviamente, contiene espoilers.

Con Tom Berenger en Madrid

Tom Berenger y una servidora el pasado lunes en la librería 8 ½ de Madrid. 
El sendero de la traición es una película del año 88, así que es probable que llegara a los cines de Badajoz a finales del 89. Es una de esas historias con truco de Joe Eszterhas y su primera colaboración con el director Costa Gavras antes del exitazo de La caja de música. El protagonista, Tom Berenger, estaba entonces en el cénit de su carrera: tras una nominación al Oscar por Platoon había hecho La sombra del testigo con Ridley Scott, era un actor solvente y un macizo de primera. Ésa fue la película con la que yo descubrí a Berenger, quien de inmediato pasó a formar parte de mi álbum de fotos adolescente. Sin embargo, Tom Berenger no es, no ha sido nunca una estrella. No como lo fue entonces Kevin Costner, su compañero en Hatfileds and McCoys, la serie que le ha traído estos días de promoción a Madrid. Me falta ego, dice encogiéndose de hombros, no me preocupa el estatus. Y parece verdad: es un tipo pachón, afable y muy dulce con el que pasamos un rato estupendo el lunes, en un encuentro organizado por FoxCrime y #BirraSeries que tuve el placer de presentar. Su currículum es una inabarcable ristra de títulos en la que se mezclan secundarios de lujo en clásicos contemporáneos (Training day) y protagonistas en sagas de serie B (Sniper); morralla alimenticia con trabajos para autores como Richard Lester, Robert Altman o Richard Brooks. Se partía de la risa hablando de su papel en OrigenNo me enteré de nada: ni cuando leí el guion ni cuando la vi en el estreno. Y hay niños que la pillan a la primera. 

Es probable que a su condición de actor que no se da importancia contribuyera el hecho de que él alternó el cine con la tele cuando las series era ese barrio donde las verdaderas estrellas no se dejaban caer. Apareció como invitado en la pionera Sigue soñando y en la mítica Cheers, ha hecho procedimental (Turno de guardia), cable (Peacemakers) y dramedia (October road), pero en privado confiesa que usa poco el mando a distancia: No he visto Homeland pero le han dado un montón de Emmys así que debe ser buena. A la hora de trabajar, lo tiene claro: no hay diferencia entre los dos medios, para él todo es cine, y Hatfields and McCoys, una de vaqueros renegados, es buen ejemplo. El director es quien manda, y él creó a Jim Vance, un cruce entre un mapache rabioso y un enano de jardín desquiciado, de la mano de Kevin Reynolds. A pesar de que uno de los guionistas de la serie, Ted Mann, lo fue también de la catedral del “western verité”, Deadwood, Berenger rechaza las similitudes con la obra de David Mich: Lo único que tiene en común con Hatfields and McCoys es Powers Boothe (Cy Tolliver, el rey del juego y las putas de Deadwood, algo menos atildado en esta ocasión como integrante del clan familiar de los Hatfield).
Compara los tres meses que pasó en Rumanía para el rodaje de Hatfileds and McCoys con su experiencia en Filipinas en el 86 con el reparto de Platoon. Cuenta cómo los baqueteaban para que dieran el tipo como soldados de Vietnam, que les obligaban dormir en el barro, que se hicieron una piña, y de repente para y sonríe: Fue duro pero, qué bien lo pasamos… A saber las que no montarían con Kevin Dillon, Johnny Deep, Charlie Sheen y Williem Dafoe en la pandilla. Acabo de terminar una película con Williem; ha sido bonito, treinta años después.

Bulímicos de series en El País

El pasado mes de agosto aparecí en este estupendo reportaje que Natalia Marcos (@cakivi) elaboró para El País sobre el consumo compulsivo de series.
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Mis confesiones de adicta seriéfila aparecieron también el Blog Quinta Temporada.
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A continuación trascribo el cuestionario propuesto por Natalia y mis respuestas:

¿Te has dado algún atracón de series? ¿En cuántas ocasiones? ¿Cuál es el que más recuerdas?

Sí. En numerosas ocasiones. La primera temporada de Veronica Mars: once capítulos en una sola jornada.

¿Con qué series lo has hecho?

Con un montón. La última ha sido Awake. Las clásicas, Los Soprano, Six Feet Under, The Wire, The West Wing, Sex and the City, aguantan maratones incluso en repetición. He visto muchas series, demasiadas, del tirón, por motivos de trabajo; algunas infumables. Como dato curioso, me gusta ver Damages en poco tiempo: tengo la teoría de que así tolero mejor sus trampas.

¿Cómo viste la serie? (descargada de Internet, en DVD, en un maratón de la televisión…)

Algunas descargadas, otras compradas. Sólo recuerdo haber seguido un maratón en emisión cuando TVE dio la miniserie Desaparecida.

¿Fue algo previsto o surgió según empezaste a ver capítulos?

Depende. Hay veces que preparas la sesión: lo puedes hacer en plan sobrio o a tutiplén, con acopio de golosinas de mucho azúcar, bebidas carbonatadas y gusanitos de esos que te dejan los dedos naranja y que, como nos enseñó Liz Lemon, producen falsos positivos en los tests de embarazo. Puede que, como te he comentado antes, el atracón sea por curro: en ese caso si la serie es mala, aprovechas para cocinar, planchar, pintarte las uñas, cualquier actividad productiva que te haga sentir que no estás perdiendo el tiempo del todo.

¿Por qué lo hiciste? (era el tiempo que tenías para verla, te enganchó mucho la serie y decidiste seguir…)

Cómo son las cosas: he leído la pregunta e, inmediatamente, he asumido que había hecho algo malo (“¿Por qué lo hiciste” suena taaaaan melodramático :o))

Hay veces que montas toda una liturgia: otras, simplemente, te dejas llevar. Las dos se disfrutan. Luego está ese terrible domingo en el que te tienes que tragar los diez episodios de Gravity porque tienes que hablar de ellos al día siguiente. Y te quieres morir.

¿Repetirás? ¿Tienes previsto alguno en el futuro?

Claro. Por obligación o por devoción, seguro que sí.

¿Qué es lo que necesita una persona para darse un maratón de una serie? ¿De qué tiene que ir pertrechada?

Ganas, prisas por acabar el curro o, en el caso de una serie como Cavemen, por ejemplo, uno tiene que contar con una patología mental. Severa.

¿Crees que empieza a ser algo habitual entre los amantes de las series? ¿Conoces a otras personas que también hagan maratones de series?

Creo que tiene que ver más con el tipo de persona que eres que con lo aficionado que seas. A mí siempre me gustaron las novelas con muchas páginas y las películas largas, así que ver capítulos de series acumulados no me parece una marcianada. Conozco, sin embargo, a mucha gente que le encantan las series, que tiene un aprecio genuino por ellas: las disfrutan, las estudian, las diseccionan con el mismo entusiasmo que el más voraz engullidor de capítulos, pero nunca verían más de dos episodios seguidos.

¿Qué series dirías que son las más propicias a este tipo de maratones? ¿Encuentras alguna similitud entre ellas?

De nuevo, depende de los gustos de cada persona. Yo Rubicón me la tragué en dos acometidas. Me encantó: no me enteré de nada, pero me lo pasé pipa. Las que acaban con pronunciados cliffhanger, claro, siempre te pican más, pero hay otras veces en que la propia calidad de la serie te excita a seguir: The Good Wife es un buen ejemplo.

Es cierto, sin embargo, que los aficionados a según qué productos hacen más ruido que otros. Normalmente tiene que ver con el universo friki, ciencia ficción, comedias, y algunos productos y autores de culto, sean o no tambiénmainstream. Los seguidores de Fringe, Dr. Who, Big Bang Theory, Lost, los Wedonianos más radicales, suelen alardear más que los demás de ver muchos capítulos seguidos, varias veces además, hasta recitar diálogos de memoria. (Ellos son los pioneros, además, del binomio internet&series, no sólo en lo de las descargas, sobre todo me refiero a organizarse por foros o redes sociales para comentar. Los demás somos meros advenedizos. Frikis wannabes). No creo que esas series sean más adictivas, creo que la gente a la que le gusta esas series es más dada a hacerse maratones.

¿Se vive y se recuerda más intensamente una serie vista de esta forma? ¿No puede llegar a ser contraproducente ver del tirón una serie que está pensada para ser digerida poco a poco? En definitiva, ¿qué ventajas y qué desventajas encuentras a los maratones de series?

Creo que se recuerda la experiencia; la serie la recordarás en función de lo que te haya gustado o del día que tuvieras. Yo nunca he visto más de un capítulo seguido de Dos hombres y medio y no podría decirte ninguna trama que se me haya quedado grabada (¿no son todas la misma?). La ventaja es que, si tienes varios capítulos acumulados, puedes dosificarlos a placer. Si te gusta la serie, no creo que le prestes menos atención al episodio cinco que al dos. Siempre ha habido ficciones interminables. Acuérdate de Novecento. Y de La mirada de Ulises, que duraba el doble de los minutos que tenía porque era de Angelopoulos.

¿Crees que son más adictivas las series de ahora que las de antes?

Hay más series buenas, el acceso (legal) es más fácil y, digan lo que digan algunos, más barato de lo que nunca ha sido (no quiero acordarme de lo que pagué aquellas Navidades cuando le compré a mi padre Yo, Claudio en VHS. DOBLADA!!!!)

Desde tu punto de vista, ¿qué diferencia a un adicto a las series del resto de personas?

Mujer, adicto es una palabra fuerte que implica la ausencia de voluntad. Y una siempre puede apagar la tele e irse al cine :0) Creo que las series han dejado hace rato de ser patrimonio de “los que le gustan las series”. ¿Conoces a alguien que no presuma de estar enganchado a una?