¿Quién es Erik Weiner?

A golpe de Google no he podido constatar que este Weiner sea pariente de Matthew, el dueño y señor de Mad Men. Eso explicaría que a los treinta y tantos y con esa pinta de interventor de diputación de provincias ya haya trabajado con Steven Soderberg, Terrence Winter, Josh Whedon, John Wells, Sidney Lumet, Darren Star y David Chase. Sus personajes son siempre episódicos cuando no directamente de relleno, pero desterrado el nepotismo y teniendo en cuenta que aún no ha demostrado si es buen o mal actor, soy incapaz de decidir si lo suyo es producto de la suerte o de la cabezonería.

Te suena su cara porque se parece a muchas otras personas que conoces, aunque también es probable que le recuerdes porque te has tropezado con él en unas cuantas series; la última, The New Normal donde interpreta a uno de los miembros de la pandilla de Justin Bartha. Su papel de más enjundia hasta la fecha ha sido el del agente Sebso, el compañero del pirado de Michael Shannon en la primera temporada de Boardwalk Empire. En 2005 participó en un experimento de HBO producido por George Clooney titulado Unscripted, que ridiculizaba las tribulaciones de actores en ciernes en Los Angeles. Weiner, al contrario que aquellos pardillos, tiene claro cómo hacerse notar y sabe que es difícil que nadie vaya a destacar su fotografía del montón. Así que, entre un trabajo y otro, escribe y protagoniza sketches de coña que distribuye por Youtube o Funny or die. Puede que éste, en el que también sale Olivia Munn, no te haga mucha gracia; o que este otro sobre la discriminación de los niños heterosexuales en San Francisco te parezca un poco largo; pero seguro que te harás fan de él cuando sepas que es el autor y protagonista del viral One line on The Sopranos. A partir de ahora cada vez que veas su frente despejada asomar en otra serie señalarás la pantalla y sonreirás como si fuera un amigo de toda la vida.

La tía buena y la modistilla

Lo sé, es un rollo que para hablar de Revolution tengamos que aludir una y otra vez a Perdidos. Es como haber salido con una famosa y años después de cortar, con tu recién estrenada pareja del brazo, todos siguieran recordándote a la primera: “y de fulanita, ¿no sabes nada?” A ver, que te estoy presentado a la nueva. Vale, a simple vista es un clon de aquella pero de verdad que no pueden ser más distintas. “Sí, ya…” En la comparación RevolutionPerdidos es cierto: parecen la misma cosa. La diferencia es que una era una glamurosa y despampanante modelo y la otra es una ordinaria modistilla.

Como casi todo el mundo que la vio en su día, reaccioné ante Perdidos como un hombre motivado ante una tía buena: me quedé con la boca abierta. En palabras de López Vázquez aquello era un monumento. No era perfecta, según como le diera la luz, le podrías ver los fallos, pero era tan arrebatadora que me dejé seducir por su encanto y me convertí en una rendida admiradora. Bailé extasiada Make you own kind of music, canción que marca el clímax de mi enamoramiento (y el de muchos otros: es el momento con más audiencia de toda la serie), y pensé que había entrado en una nueva dimensión. Un día su fatuidad, esa que siempre había estado ahí pero que yo me negaba a ver, cobró mayor presencia y se me cayó la venda. Repetía las mismas tonterías una y otra vez y, en cada encuentro que teníamos, la sensación de bochorno iba en aumento. Yo que la había exhibido con orgullo, me avergonzaba de seguir con ella. Mantuve la relación hasta el final, con altibajos, con momentos más o menos divertidos, con algún chispazo pero, sobre todo, con una monotonía angustiosa. A punto estuve de tirar la toalla mil veces y respiré aliviada cuando se murió.

Todo lo que a mí me gustaba de Perdidos está en Revolution. El juego de supervivencia, los dilemas morales de individuos posmodernos obligado a volver a las cavernas, la teoría de los seis grados de separación (título de mi serie favorita de Abrams, por cierto). Además, rasgos que me sacaban de quicio de aquella, como las falsas pretensiones, la arrogancia, la vanidad, han desaparecido en esta. ¿Por qué, entonces, no he vuelto a tener un subidón con ningún capítulo de Revolution como el que tuve con Perdidos?

Lo cierto es que no puedo quitarme de la cabeza la imagen de la modistilla estudiando a la famosa minuciosamente, copiando sus señas de identidad, sus cliffhangers imposibles adornados con violines chirriantes, sus teorías de la conspiración teñidas de maldiciones, sus arrebatos sediciosos estampados de trascendencia. Las galas que Perdidos lucía con taconazo y paso firme, Revolution las ha adquirido en versión H&M.

Asumido pues que Revolution no me va a sorber el seso, voy a seguir viéndola. Me cae bien y echo el rato. Los mejores momentos que paso con ella me provocan una punzada de melancolía pero es que no tiene mucho más que ofrecer, la pobre. Puede que un día me aburra, la deje y no me acuerde nunca más de ella hasta que no me la encuentre en una lista de series que quisieron ser y no fueron. O quizás, esto es harto improbable, desarrolle personalidad propia y logre seducirme; entonces me casaré con ella y me arrepentiré de haber confesado todo lo anterior.

Revolution se emite en SyFy a los miércoles a las 22, 20

Pactar con el diablo

Lejos de tomarse en serio el dilema moral de Fausto, 666 Park Avenue se presenta como un entretenimiento frívolo en el que un diablo que no se conforma con cualquier cosa y aburrido de que los humanos sean víctimas tan facilonas, busca el reto de corromper a los individuos más guapos, inteligentes, talentosos y con los más recios principios. El sitio elegido, claro, es un Nueva York plagado de veleidades artísticas y ambiciones frustradas. Terry O’Quinn es Gavin Doran, millonario Belcebú propietario de un edificio imponente de la zona norte de Manhattan al que llega una pareja de jóvenes idealistas, político en ciernes él, licenciada en arquitectura ella, buscando emplearse como guardeses de la finca a cambio de un piso con vistas al parque. El bloque de apartamentos, el Drake, es el redil donde Doran y Olivia, su mujer (y qué mujer, Vanessa Williams) tienen controlados a sus potenciales objetivos: un dramaturgo que no consigue escribir nada y que se pasa las horas muertas deseando a la vecina golfilla de enfrente a espaldas de su castradora esposa; un conserje que anhelaba el puesto de los recién llegados; un viudo dispuesto a matar con tal de volver a abrazar a su mujer; y una niña rara (qué tipo de casa encantada sería ésta si no un hubiera una) con poderes mentales. El Drake es un parque temático del terror, apariciones en camisón con el pelo sobre la cara, pasillos larguísimos con puertas a los lados, mosaicos demoníacos: un umbral del infierno en toda regla. El eficaz piloto dirigido por Alex Graves, responsable del mítico episodio en directo El debate de El ala oeste de la Casa Blanca, exprime las virtudes estéticas del edificio que toma como referencia real el Ansonia, una de las fachadas que en Hannah y sus hermanas las pazguatas Dianne Wiest y Carrie Fisher visitaban con Sam Waterston. Curiosamente es su hijo, el también actor James Waterston, quien interpreta en 666 Park Avenue al primer inquilino que sufrirá en carnes propias el altísimo precio de hacer negocios con el luciferino Doran. Miedito de intensidad moderada y mucha gente guapa, el arranque es muy parecido a la película de Taylor Hackford de 1997 Pactar con el diablo. Esperemos que la audiencia dé tregua (el estreno ha ido flojo en USA) y que como en aquella, haya desparrame de perversiones por el Upper East Side.

Vegas: cable tolerado

Igual que cada película comercial tiene su versión porno, parece que se impone la tendencia de que las series de cable americanas cuenten con un remedo blanco, apto para todos los públicos, para estrenar en abierto. Locas con el glamour de Mad Men, Playboy Club y Pan Am se dieron de bruces con la realidad el año pasado: no vale con copiar el envoltorio, hay que ofrecer algo más. Si no puedes disfrutar de la libertad creativa del cable (los tacos, los desnudos y, sobre todo, el tiempo para desarrollar las historias), tendrás que aportar algún otro componente a la mezcla para que el espectador se enganche a lo tuyo.

Vegas es un combinado de Boardwalk Empire (HBO) y Justified (FX) y es, además, un procedimental como la mayoría de los dramas de la CBS. Aunque pueda sonar a engendro, el resultado es curioso y está bien empaquetado. La historia, ambientada en el incipiente imperio del juego que era el desierto de Nevada en los años sesenta, tiene como protagonistas a un sheriff y un mafioso y, sin romper la preeminencia del bien sobre el mal, pretende dar peso equivalente a ambos personajes. El agente de la ley al que da vida Dennis Quaid resolverá casos de asesinato, uno por capítulo, que estarán indirectamente relacionados con el capo que interpreta Michael Chiklis. De esta forma el arco de temporada avanzará ayudado por las historias que empiezan y terminan con el episodio de cada semana. La única duda es, si la serie cuaja, ¿habrá enfrentamiento mortal o se mantendrá a Chiklis como big bad indefinidamente? ¿Tendremos un antagonista distinto por temporada? ¿Será Dennis Quaid el enésimo caso de actor mediocre convertido en estrella protagonista?

Para el primer episodio han tirado la casa por la ventana. Está escrito por Nicholas Pileggi (el autor de Wiseguy, la base literaria de Uno de los nuestros), dirigido por James Mangold (Walk the line) e interpretado por un puñado de actores solventes y Dennis Quaid, a quien los años de exceso le han proporcionado una linda parálisis facial que le sirve para disimular lo malo que es. Hacer creíble el love interest depende de la efectiva Carrie Ann Moss, la Trinity de Matrix, una ayudante del fiscal del distrito que comparte historia pasada con el sheriff. El reparto lo completan Jason O’Mara, feliz liberado de Terranova, y Michael O’Neill en uno de esos papeles de funcionario que tanto le gustan.

Cuestión de percepción

Eric MacCormack presentando Perception en Madrid el jueves pasado. A su lado, el inefable Eddie Vidal.
Uno de los culebrones del verano ha tenido a Matt Bomer en la picota tuitera y a Brett Easton Ellis tecleando frenéticamente comentarios malintencionados a propósito de un rumor que colocaba al actor como opción favorita para la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. El autor de American Psycho, postulante a guionista del bestseller calentorro de E. L. James, ha derrochado sorna y mala baba afirmando que el protagonista de Ladrón de guante blanco es demasiado homosexual para interpretar al pichabrava Christian Grey. Una chorradita que ha avivado debates muy rancios, muy aburridos y muy superados sobre el encasillamiento de los actores a consecuencia de su opción sexual o la de sus personajes.
Nunca me hizo gracia Will y Grace pero no se puede negar su contribución histórica: fue la primera serie que colocó sin contemplaciones a un gay como protagonista en primetime y en abierto. La sitcom creada por David Kohan y Max Mutchnick, nació a finales de los noventa alentada por el éxito de Philadelphia, cuando todos los machos de un Hollywood en proceso de desmelene buscaban emular a Tom Hanks encontrando un homo a su medida. Aun así, Eric MacCormack, actor hetero que interpretó al personaje principal de la serie durante ocho años, reconoce que dudó antes de aceptar el papel que le cambió la vida, en este caso para bien. Nos lo contó el pasado jueves en un encuentro organizado por AXN y #BirraSeries con motivo del estreno de su nueva trabajo, Perception. MacCormack, un tipo simpático y disfrutón, a juzgar por el entusiasmo con el que ha comentado su estancia en Madrid, admite que la gente le sigue identificando con el icónico Will, pero él se siente muy agradecido y es consciente de que sin ese encasillamiento, llámalo encasillamiento llámalo devoción incondicional de todos sus admiradores, hoy no tendría una serie de investigación con su nombre encabezando los créditos.
Producida por ABC Studios y emitida por TNT, Perception es un procedimental con protagonista peculiar (esto es un género en sí mismo) de los que enmiendan la plana a la policía y que, por descontado, es tan brillante en su labor profesional como desastre es en lo personal. Tiene algún tipo de dolencia paranoide, recurso usado de forma cicatera en el piloto para golpes de efecto previsibles y chanzas que no desentonarían en una de Mariano Ozores. Capítulos autoconclusivos, tramas humanas, Perception suma todos los ingredientes que gustan a los aficionados a los dramas policiales: el primer episodio incluso cuenta con Jeremy Ratchford haciendo el mismo papel que en Caso Abierto. Tiene confirmada una segunda temporada y se estrena esta noche en AXN a las 21.15.