MIS premios Emmy

Cuando nos faltan argumentos para defender una opinión podemos sentirnos tentados de insistir en la extravagancia con tal de mantener nuestra postura. La gente de la Academia de la Televisión, los que entregan los Emmy, odian a Matthew Weiner. Le humillaron el año pasado y pretenden hacer lo mismo este año ratificando que, para ellos, los guiones de Downton Abbey son premiables y los de Mad men, no. No existen tampoco razones para que The good wife, la otra gran serie contemporánea (con permiso de Breaking bad), sofisticada, influyente, inconformista, no esté nominada. Los votantes ceden con facilidad a las agresivas campañas de márketing de las cadenas y a las modas, así que no olvidemos, cuando haya que hacer valoraciones sobre los ganadores, que todo esto es una tontería muy grande.

Como decía, los académicos se pirran por la serie de Julian Fellowes y su rollo los ricos también lloran arriba y abajo, y se obcecan en dignificarla a sabiendas de que es un subproducto. Si tanto les gustan los culebrones podrían haberse acordado de Nashville, una serie capaz de mantener tono marujo sin rebajar la calidad. Como esto no tiene ni pies ni cabeza, se trata de ser macarra, de no atender méritos objetivos y hacer lo que a cada uno le venga en gana, yo he hecho lo propio y he elaborado una lista con mis preferidos entre los candidatos. Ojo, no son “mis favoritos”; cuando llegue el momento de las porras y de apostar dinero, elegiré otros nombres. Me sorprendería que los de aquí abajo ganaran algo más que un primer plano favorecedor cuando premien a otro. Son los que me gustan a mí, mis elegidos, por las razones que sean, las que a mí me ha dado la gana destacar. A saber:

Demasiado guapo para que le tomen en serio, demasiado vulgar para ser una estrella fuera del plató, Jon Hamm es un actor de cuerpo entero (no hagáis chistes), clásico, eficaz y cumplidor. Su Don Draper desconcertado es una gran composición llena de matices y el protagonista masculino del año. El premio secundario de drama se lo daría a Charles Dance, pero como no está nominado, es de justicia que lo herede su odiado hijo en la ficción, Peter Dinklage, corresponsable, además, de algunos de los duelos dialécticos más divertidos que hemos visto esta temporada. En comedia, me apetece ver subir a Alec Baldwin al escenario. Por esa sonrisa entre lágrimas final de Jack Donaghy, porque se le ha quedado un tipín estupendo con la dieta y el yoga, y porque estoy enganchada a su podcast Here’s the thing. También me quedo con Ty Burrell. Dentro de unos años se marcará un bryancranston y entonces todos estaremos de acuerdo en que, no sólo es un actorazo, sino también un tío muy bien parecido. Nadie debe quitarle su standing ovation a la maricona de Michael Douglas, ni siquiera Toby Jones, quien se sale como el perverso sátiro y egoísta Hitch de The Girl, una peli que no aparece entre las seleccionadas de su categoría y, sin ser una maravilla, es una obra maestra comparada con La Biblia o Political Animals. Desaparecido está también el petrificado y descacharrante cirujano que interpreta Rob Lowe en Behind the candelabra, uno de los grandes aciertos de la peli. Sí está nominado James Cromwell, que se ha atrevido a dignificar un personaje como Arthur Arden, o sea el Doctor Mengele reescrito por Ryan Murphy. Mis ‘guest star’ van para Bobby Cannavale, por hacer soportable la cuarta temporada de Nurse Jackie, y para Harry Hamlin, alguien que sabe que más vale una frase en una buena serie, que encabezar los créditos en un dramón de Lifetime (chúpate esa, Corbin Bernsen).

Quién quiere retratos femeninos autoindulgentes y ejemplarizantes. Para mí, las señoras del drama del año son las miembros del club de las esposas cabronas, Robin Wright y Anna Gunn. Alfa y omega en términos estéticos, brillantes interpretaciones de mujeres interesadas, antipáticas y manipuladoras. Claire Underwood, como aquella otra mantis de Lunas de hiel, le recuerda a su marido cada día que, todo lo que él hace, lo puede hacer ella mucho mejor. Por su parte, Skyler White se ha revelado como la única antagonista (sí, esa es su función, de un tiempo a esta parte) a la altura de Heisenberg. Más buena que el pan es, sin embargo, la Sheila de Shameless, una locatis que nos ha permitido apreciar los matices dramáticos de la comicaza Joan Cusack. Otra demente (esta sí) peligrosa que cambia de registro es Melisa Leo en Louie, en la cita a ciegas más bizarra de la Historia. Y cuerda, aunque todos se empeñen en desquiciarla, está Lana Winters (Sarah Paulson) en American Horror Story: Asylum, magnífico homenaje sáfico a las grandes damas del melodrama de los cincuenta y sesenta. No soy seguidora de Parks & Recreation y, sin embargo, le daría con gusto el protagonista de comedia a Amy Poehler; por la ceremonia de los Globos de oro y porque, como cada años, improvisará el mejor sketch de la gala. Otra tía que es vis cómica con patas es Jane Krakowski. Sí, quiero ver a Jenna Maroney recogiendo un Emmy y comprobar si reprime las ganas de cantar. Las reacciones de los premiados son un incentivo como cualquier otro: esa displicencia serena de Helen Mirren, “Huy, qué bien, estaba yo echándome unas risas con Taylor y mira lo que me habéis dado”, cuando le entreguen su enésimo (merecido) galardón por controlar los respingos cada vez que a Al Pacino le daba un ataque en Phil Spector, y por conseguir que las florituras de David Mamet suenen tan naturales como la lista de la compra. Por cierto que éste, siendo teatral en exceso, es mucho mejor guión que el de LaGravenese (Behind the candelabra), que flojea en diálogos y en estructura. De los contendientes en drama, nadie le hace sombra al ejemplar “Say my name” de Thomas Schnauz, y en comedia, aunque sólo esté nominada una mitad, brilla la mejor película de Woody Allen de los últimos tiempos, el “Daddy’s Girlfriend” de Louis C. K.

La realización de Steven Soderbergh para Behind the Candelabra no es para matarse, pero es la mejor entre las miniseries y películas. En drama, la veterana Lesli Linka Glatter tiene un currículum televisivo tan impresionante como ridícula es su carrera cinematográfica. Este año supera con creces al irreductible Tim Van Patten, que ha utilizado la tercera temporada de Boardwalk Empire para hacerle la pelota al jefe y homenajear todas las películas que le gustan de Scorsese. El piloto de House of Cards de Fincher es impecable, pero palidece ante la sencillez y la fuerza que Glatter derrocha en el intenso capítulo del interrogatorio a Brody (Homeland, “Q&A”). Aunque si ha habido un ejercicio de dirección soberano este año, pese a quien pese, ha sido el de Lena Dunham por el “On all fours” de Girls, ese capítulo donde Hannah hace eso con el bastoncillo de las orejas, donde Marnie hace eso en la fiesta y, sobre todo, donde Adam le hace eso a su novia. Cómo está de bien rodado. Qué jeta.

La vida eterna

En estos días de parón bloguero forzado he visto unas cuantas series nuevas (incluida la esperadísima The Bridge, de la que os contaré cosas en los próximos días), he terminado con otras (con algunas, para siempre: te hablo a ti, Glee), y me he quedado con las ganas de participar del merecido homenaje colectivo a Sexo en Nueva York. Hay material de sobra para no aburrirse en los próximos meses de calorazo y, personalmente, me he marcado el propósito estival de saldar una cuenta pendiente: ver entera Friday Night Lights. Antes de todo eso, lo primero es lo primero, y yo aún sigo tocada por la muerte de James Gandolfini. Sí, ya sé que ha pasado casi una semana y que vosotros, como yo, habéis leído todos los obituarios que se han ido publicando, pero jolín, sólo tenía cincuenta y un años, era un actorazo y cedió su facha al icono más representativo de la cultura de los últimos quince años. Dejadme que os suelte uno más, él se lo merece.

Le había visto en un montón de secundarios y nunca me había quedado con su nombre hasta que en el verano de 2001 me tragué The Mexican, una chorrada monumental donde él era lo único rescatable. El listillo de Gore Verbinski, ese director infecto con un olfato comercial atinadísimo, le fichó justo después del bombazo que supuso en Estados Unidos la primera temporada de Los Soprano. Gandolfini interpretaba a un asesino a sueldo homosexual, dulce y comprensivo, pero de gatillo certero, que se pasaba media película compartiendo confidencias con una Julia Roberts en modo mariliendre. Aquel Tony Soprano de saldo se merendaba en dos bocados y sin esfuerzo a la Roberts y al otro cabeza de cartel, Brad Pitt. Jamás volvió a pasarme desapercibida su imponente presencia, su corpachón, su voz y su sonrisa.

Me he criado venerando El Padrino y, sin embargo, en mi Olimpo de la ficción mafiosa, Tony Soprano es el capo de tutti capi. Es algo emocional: a Michael Corleone se le respeta y a Tony, se le quiere. Quizá sea porque la asombrosa interpretación de James Gandolfini se distancia de la ortodoxia Stanislavsky radical que distingue a la intensa familia Corleone. O puede que los ochenta y seis capítulos de Los Soprano te cambien la vida para siempre, como cambiaron la historia de la televisión. Una vez entiendes sus motivaciones, le ves bregar cada día, matar, robar, extorsionar, irse de putas, abrazar a sus hijos con todo el cuerpo, reír los chistes verdes de sus subalternos, discutir con su mujer, fantasear con su terapeuta, llorar porque su madre no le quiere, te das por vencida y asumes que ya nunca más tolerarás protagonistas impolutos, jamás lograrás empatizar con un héroe como los de antes.

Gandolfini carecía de la brutal seguridad del personaje que le ajustó David Chase y perdía los papeles con facilidad con los agobios de la fama. “La violencia me pone malo”, parecía pedir disculpas en las entrevistas con una timidez que descolocaba. Admirador confeso de Robert Redford, se asemejaba a un gran mastín, de natural manso y con un ladrido intimidante; lento y pachorra, pero capaz de arrancarte la cabeza de un bocado si te pasabas de la raya. Gandolfini era Tony Soprano en muchos aspectos. Comer y beber sin control era uno de ellos. No tenía esa cansina pulsión de muerte de las estrellas malditas: simplemente era disfrutón y no le apetecía cortarse. Años de jugosos steaks poco hechos, de zitti marinara, de parmesano, de bresaola y salami engullidos de pie, junto a la nevera, directamente del paquete de papel de cera. Era alguien capaz de cenar dos veces sólo porque la comida era suculenta, de incitar a un ex alcohólico a tomarse una copa por no beber solo, inconsciente, irresponsable y excesivo. Me apetece pensar que murió feliz, haciendo lo que quería, atontado por la borrachera y con el regusto fuerte de los langostinos con chile todavía en el paladar. Como me dijo alguien el otro día, pocas personas como él se van al otro barrio con la seguridad de tener garantizada la vida eterna.

Daryl, un nuevo héroe

Discreto, robusto, sensible, de veloces reflejos y razonamientos simples, así es el héroe de moda, Daryl Dixon. A la chita callando, el personaje interpretado por Norman Reedus se ha convertido en el más popular de The Walking Dead, esa serie tan hábil que también gusta los que, como yo, detestamos las historias de zombies. Quedan cinco capítulos para terminar la trepidante tercera temporada, el grupo de supervivientes de Atlanta anda como vaca sin cencerro, enfrentados a la peor amenaza hasta la fecha y con su líder de baja por depresión: ¿se verá Daryl obligado a capitanear la batalla final?

Su padre le molía a palos y se crio a la sombra de su hermano Merle, un marrullero asesino mercenario, mentiroso y racista. El bondadoso Daryl estaba destinado a ser carne de cañón, pero el apocalipsis zombie le dio una segunda oportunidad que no hubiera podido planificar el más ducho agente de asuntos sociales. Separado de su hermano, recala en un grupo donde se siente útil, necesitado, querido, y encuentra así anclaje afectivo y confianza. Por fin tiene una familia de la que sentirse orgulloso. Defenderla se convierte en su prioridad, por delante incluso de su relación no consumada con Carol; un cortejo a la antigua, un calentón tan demorado que corre el riesgo de resolverse a golpe de bocado de caminante. Como Tom Doniphon, Daryl siempre ha reclamado su parcela de independencia, su voluntad de mantenerse en segundo plano y su derecho a salir corriendo sin dar explicaciones cuando le dé la gana. Huye de los alardes y está orgulloso de seguir al “hombre de honor” que para él encarna Rick. En su cabeza, él es sólo músculo convenientemente entrenado, demasiado torpe para enardecer a las masas. Pero en un mundo infectado de inhumanidad, entre dirigentes totalitarios y predicadores fanáticos, el centro moral no es el personaje que da discursos, sino el que tiene un comportamiento ejemplar.

¿Dónde iría Daryl si mañana el mundo se limpiara de pústulas y coágulos? Esa pregunta carece de importancia porque los datos de audiencia son tan alucinantes que tenemos The Walking Dead para rato. Pero si algo ha dejado claro esta serie es que todos son prescindibles, del showrunner al más carismático de los personajes. ¿Qué va a pasar con Daryl? Esa cuestión sí es pertinente. Nadie lo sabe, ni los espectadores, ni tampoco los listillos aficionados a los cómics (los hermanos Dixon no aparecen en la novela gráfica de Robert Kirkman). Daryl, el admirado, el deseado, es una creación exclusiva de la serie, ¿se arriesgarían los productores a suprimir tamaño filón por un golpe de efecto puntual? Ése es uno de los temores con los que vivimos quienes cada lunes por la noche nos juntamos para ver y comentar The Walking Dead en FOX. Buscadnos por Twitter y Facebook a partir de las 22.20. Sufrimos mucho, pero lo pasamos en grande.

 

Los episódicos de las estrellas de cine (II)

Sólo con los actores de La noche más oscura y Argo podríamos repasar la historia de la tele de los últimos veinte años. De Bryan Cranston a Tom Lenk, pasando por Kyle Chandler (que hace doblete), caras más o menos conocidas provocan que muchos se pasen las películas preguntándose “y éste, ¿de qué me suena?”. Pero, además de los repartos corales y como ya vimos en los Globos de oro, también los grandes protagonistas de los Oscar han dejado su rastro en las series:

Amy Adams en ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (20 hours in America, 2002)

Si de mí dependiera, Amy Adams ganaría todos los premios de interpretación de este año. Su Peggy Dodd da más miedo que un cruce de Hannibal Lecter con Livia Soprano. A estas alturas ya no engaña su fachada de princesita pizpireta, ésa misma sobre la que el golfo de Josh Lyman no puede evitar hacer chistes rijosos en la trasera de una furgoneta que funciona con combustible de soja. Cathy era una granjera de Indiana con un máster que le plantaba cara al más antipático de los colaboradores del presidente, Toby Ziegler. Cinco años después, en La guerra de Charlie Wilson, Adams ratificaría que a ella, en cualquier formato, Sorkin le sienta fenomenal.

Bradley Cooper en ‘Sexo en Nueva York’ (They Shoot Single People, Don’t They?, 1999)

Hasta que se la cogió doblada en Las Vegas con sus amigos, a Bradley Cooper le había ido mucho mejor en la tele que en el cine. Eso sí, entró por la puerta grande: quedándose a dos velas en una serie en la que hasta el más cardo pillaba cacho. “Era soltero, hetero y fumador”, a la protagonista le hacen chiribitas los ojos cuando ve a este espigado guaperas de voz aflautada y melena teñida acercarse en una fiesta gay. Eran otros tiempos. El World Trade Center seguía en pie, se podía fumar en los bares y a las mujeres lo último que les interesaba eran las limitadas dotes de Cooper como bailarín.

Jennifer Lawrence en ‘Caso abierto’ (A dollar, a dream, 2007)

En sus apariciones públicas, Jennifer Lawrence siempre deja claro que es una chavala risueña y divertida. Sus personajes, sin embargo, son circunspectos en exceso. Se ha especializado en chicas baqueteadas, que acumulan demasiadas experiencias chungas para su corta edad. Abby Bradford, una adolescente clave para la investigación del enésimo caso archivado de Lilly Rush, es un cruce entre la Tiffany de El lado bueno de las cosas y la Ree de Winter’s Bone. Aún no ha terminado la secundaria, pero ya sabe lo que duele perder a la persona que más quieres y es consciente de que buscar en la basura para comer no es ningún juego.

Philip Seymour Hoffman en ‘Ley y orden’ (The Violence of Summer, 1991)

Philip Seymour Hoffman, probablemente el mejor actor que hay ahora mismo en activo, tiene un currículum bien diverso. Pero, hasta que Paul Thomas Anderson descubrió su lado tierno, el pelirrojo apuntaba maneras como titular para papeles de pervertido, pijo y/ o tío más imbécil de la pandilla. Arrancó su carrera profesional a la vez que la pionera de las franquicias sobre jueces y polis de Dick Wolf. Da vida a un impertinente niñato que viola con sus amigos a una presentadora de televisión. A punto están de escaparse de rositas por el típico agujero legal hasta que George Dzundza y Chris Noth consiguen tenderles una trampa.

Hugh Jackman en ‘Viva Laughlin’ (Piloto, 2007)

Diréis, con razón, que Hugh Jackman era la estrella de Viva Laughlin, pero es que en este caso podemos considerar episódico al actor y a la misma serie. Dos capítulos fueron suficientes para que la CBS cancelara esta fantasía marciana que unía tragaperras, neones, éxitos pop y a Melanie Griffith en algo que, sorprendentemente, no era una comedia. Ojo, Lobezno no sólo puso la cara, también palmó dinero para producir una ficción donde el dueño mafioso de un casino se arrancaba por los Rollings sin venir a cuento. Igual que su esposa, yo estoy convencida de que a Jackman le gustan las mujeres, pero también es verdad que pierde la cabeza por cantar y bailar embutido en pantalones brillantes ajustados y camisas con pechera bien abierta. Cosas muy de locaza.

 

Los episódicos de las estrellas de cine

En los Globos de oro, el cine y la tele se sientan juntos a cenar. De un tiempo a esta parte, incluso en la misma mesa. Ya no tiene tanta importancia quién tiene la pantalla más grande sino cuál es el mejor producto y, en el caso de los actores, dónde te luces más y mejor. Exhiben orgullosos sus protagonistas y alternan series con películas, TV movies, miniseries y apariciones estelares. Pero no es lo mismo hacer un papel principal para HBO que mendigar dos planos en un policíaco de medio pelo. Hoy repasamos el pasado catódico de cinco nominados a la mejor interpretación cinematográfica. Ellos aún no eran estrellas cuando salieron es estos clásicos de la tele.

Joaquin Phoenix en ‘Se ha escrito un crimen’ (We’re off to kill the wizard, 1984)

Los padres de los cinco hermanos Phoenix consideraban terriblemente vulgar escolarizar a sus hijos, pero no tuvieron ningún problema en ponerlos a trabajar desde bien pequeños. Corría el año 1984, River rodaba Exploradores y el segundo de la camada aún no había recuperado su nombre de bautismo: Joaquin Rafael. El pequeño Leaf era un actor repelente pero también un crío precioso de voz arenosa y con una pícara cicatriz en el labio. Se hinchó a hacer apariciones en series de televisión, entre otras, ésta junto a la pizpireta J. B. Fletcher. Un claro ejemplo de que los malos actores infantiles pueden derivar en estupendos intérpretes.

Jessica Chastain en ‘Veronica Mars’ (The girl next door, 2004)

Qué difícil es guardar un secreto cuando vives puerta con puerta con Veronica Mars. Y qué difícil es también destacar en un papel de cinco minutos cuando tienes enfrente a una luminosa Kristen Bell. Tras discutir violentamente con su novio, la embarazadísima Sarah (Chastain) desaparece sin dejar rastro de los apartamentos Sunset Cliff. La Nancy Drew de Neptune se obsesionará con encontrarla y con sacar a la luz una trama clásica de familia white trash americana. Chastain derrocha belleza vestida de trapillo y capacidad emotiva en una capsulita narrativa para enmarcar.

Ewan MacGregor en ‘Urgencias’ (The long way around, 1997)

Si alguna vez hubo un atraco chapucero en la historia de la tele, ése es el que organizó Duncan con el inútil de su primo James en la tienda de barrio donde la enfermera Hathaway iba a comprar el pan. La popularidad que Trainspotting le dio a Ewan MacGregor propició que el escocés pasara de despelotarse para Peter Greenaway a tener este papelón como estrella invitada en la serie con más audiencia de Estados Unidos. El descarriado chaval y el personaje de Julianna Margulies (nominada también este año por The Good Wife) viven una intensa historia en un capítulo que se ha convertido en un clásico.

John Hawkes en ‘Buffy, cazavampiros’ (I only have eyes for you, 1998)

De todas las rarezas interpretativas de este actorazo (y son un montón) haber sido poseído por un fantasma de los años cincuenta en un episodio de Buffy tiene que ser, por fuerza, la mayor. Se acerca la noche del baile de Sadie Hawkings y George (Hawkes) limpia el suelo del instituto Sunnydale ignorando que, en cuestión de segundos y sin venir a cuento, va a matar a una profesora a la que apenas conoce. Gajes del oficio cuando curras de bedel justo encima de la Boca del infierno. Todo sucede con una naturalidad pasmosa gracias, en gran medida, a esa capacidad que tiene Hawkes de liberar de estridencias cualquier extravagancia argumental.

Leonardo DiCaprio en ‘Roseanne’ (Home- Ec, 1991)

Poco antes de entrar a formar parte de la cursilísima familia Seaver, Leonardo DiCaprio asistió como figurante sin frase a una charla sobre economía doméstica que la matriarca de los Conner dio a los compañeros de clase de su hija Darlene. La aparición hubiera pasado desapercibida pero, siendo claramente el más mono del grupo, le sentaron al lado de Sara Gilbert. Todo lo que hace es mascar chicle distraído y mirar a cámara un par de veces. Para que luego digan que el físico no importa. A DiCaprio le sirvió para poder presumir de tener en su currículum una de las mejores comedias del siglo pasado.

Con Tom Berenger en Madrid

Tom Berenger y una servidora el pasado lunes en la librería 8 ½ de Madrid. 
El sendero de la traición es una película del año 88, así que es probable que llegara a los cines de Badajoz a finales del 89. Es una de esas historias con truco de Joe Eszterhas y su primera colaboración con el director Costa Gavras antes del exitazo de La caja de música. El protagonista, Tom Berenger, estaba entonces en el cénit de su carrera: tras una nominación al Oscar por Platoon había hecho La sombra del testigo con Ridley Scott, era un actor solvente y un macizo de primera. Ésa fue la película con la que yo descubrí a Berenger, quien de inmediato pasó a formar parte de mi álbum de fotos adolescente. Sin embargo, Tom Berenger no es, no ha sido nunca una estrella. No como lo fue entonces Kevin Costner, su compañero en Hatfileds and McCoys, la serie que le ha traído estos días de promoción a Madrid. Me falta ego, dice encogiéndose de hombros, no me preocupa el estatus. Y parece verdad: es un tipo pachón, afable y muy dulce con el que pasamos un rato estupendo el lunes, en un encuentro organizado por FoxCrime y #BirraSeries que tuve el placer de presentar. Su currículum es una inabarcable ristra de títulos en la que se mezclan secundarios de lujo en clásicos contemporáneos (Training day) y protagonistas en sagas de serie B (Sniper); morralla alimenticia con trabajos para autores como Richard Lester, Robert Altman o Richard Brooks. Se partía de la risa hablando de su papel en OrigenNo me enteré de nada: ni cuando leí el guion ni cuando la vi en el estreno. Y hay niños que la pillan a la primera. 

Es probable que a su condición de actor que no se da importancia contribuyera el hecho de que él alternó el cine con la tele cuando las series era ese barrio donde las verdaderas estrellas no se dejaban caer. Apareció como invitado en la pionera Sigue soñando y en la mítica Cheers, ha hecho procedimental (Turno de guardia), cable (Peacemakers) y dramedia (October road), pero en privado confiesa que usa poco el mando a distancia: No he visto Homeland pero le han dado un montón de Emmys así que debe ser buena. A la hora de trabajar, lo tiene claro: no hay diferencia entre los dos medios, para él todo es cine, y Hatfields and McCoys, una de vaqueros renegados, es buen ejemplo. El director es quien manda, y él creó a Jim Vance, un cruce entre un mapache rabioso y un enano de jardín desquiciado, de la mano de Kevin Reynolds. A pesar de que uno de los guionistas de la serie, Ted Mann, lo fue también de la catedral del “western verité”, Deadwood, Berenger rechaza las similitudes con la obra de David Mich: Lo único que tiene en común con Hatfields and McCoys es Powers Boothe (Cy Tolliver, el rey del juego y las putas de Deadwood, algo menos atildado en esta ocasión como integrante del clan familiar de los Hatfield).
Compara los tres meses que pasó en Rumanía para el rodaje de Hatfileds and McCoys con su experiencia en Filipinas en el 86 con el reparto de Platoon. Cuenta cómo los baqueteaban para que dieran el tipo como soldados de Vietnam, que les obligaban dormir en el barro, que se hicieron una piña, y de repente para y sonríe: Fue duro pero, qué bien lo pasamos… A saber las que no montarían con Kevin Dillon, Johnny Deep, Charlie Sheen y Williem Dafoe en la pandilla. Acabo de terminar una película con Williem; ha sido bonito, treinta años después.

¿Quién es Erik Weiner?

A golpe de Google no he podido constatar que este Weiner sea pariente de Matthew, el dueño y señor de Mad Men. Eso explicaría que a los treinta y tantos y con esa pinta de interventor de diputación de provincias ya haya trabajado con Steven Soderberg, Terrence Winter, Josh Whedon, John Wells, Sidney Lumet, Darren Star y David Chase. Sus personajes son siempre episódicos cuando no directamente de relleno, pero desterrado el nepotismo y teniendo en cuenta que aún no ha demostrado si es buen o mal actor, soy incapaz de decidir si lo suyo es producto de la suerte o de la cabezonería.

Te suena su cara porque se parece a muchas otras personas que conoces, aunque también es probable que le recuerdes porque te has tropezado con él en unas cuantas series; la última, The New Normal donde interpreta a uno de los miembros de la pandilla de Justin Bartha. Su papel de más enjundia hasta la fecha ha sido el del agente Sebso, el compañero del pirado de Michael Shannon en la primera temporada de Boardwalk Empire. En 2005 participó en un experimento de HBO producido por George Clooney titulado Unscripted, que ridiculizaba las tribulaciones de actores en ciernes en Los Angeles. Weiner, al contrario que aquellos pardillos, tiene claro cómo hacerse notar y sabe que es difícil que nadie vaya a destacar su fotografía del montón. Así que, entre un trabajo y otro, escribe y protagoniza sketches de coña que distribuye por Youtube o Funny or die. Puede que éste, en el que también sale Olivia Munn, no te haga mucha gracia; o que este otro sobre la discriminación de los niños heterosexuales en San Francisco te parezca un poco largo; pero seguro que te harás fan de él cuando sepas que es el autor y protagonista del viral One line on The Sopranos. A partir de ahora cada vez que veas su frente despejada asomar en otra serie señalarás la pantalla y sonreirás como si fuera un amigo de toda la vida.

Cuestión de percepción

Eric MacCormack presentando Perception en Madrid el jueves pasado. A su lado, el inefable Eddie Vidal.
Uno de los culebrones del verano ha tenido a Matt Bomer en la picota tuitera y a Brett Easton Ellis tecleando frenéticamente comentarios malintencionados a propósito de un rumor que colocaba al actor como opción favorita para la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. El autor de American Psycho, postulante a guionista del bestseller calentorro de E. L. James, ha derrochado sorna y mala baba afirmando que el protagonista de Ladrón de guante blanco es demasiado homosexual para interpretar al pichabrava Christian Grey. Una chorradita que ha avivado debates muy rancios, muy aburridos y muy superados sobre el encasillamiento de los actores a consecuencia de su opción sexual o la de sus personajes.
Nunca me hizo gracia Will y Grace pero no se puede negar su contribución histórica: fue la primera serie que colocó sin contemplaciones a un gay como protagonista en primetime y en abierto. La sitcom creada por David Kohan y Max Mutchnick, nació a finales de los noventa alentada por el éxito de Philadelphia, cuando todos los machos de un Hollywood en proceso de desmelene buscaban emular a Tom Hanks encontrando un homo a su medida. Aun así, Eric MacCormack, actor hetero que interpretó al personaje principal de la serie durante ocho años, reconoce que dudó antes de aceptar el papel que le cambió la vida, en este caso para bien. Nos lo contó el pasado jueves en un encuentro organizado por AXN y #BirraSeries con motivo del estreno de su nueva trabajo, Perception. MacCormack, un tipo simpático y disfrutón, a juzgar por el entusiasmo con el que ha comentado su estancia en Madrid, admite que la gente le sigue identificando con el icónico Will, pero él se siente muy agradecido y es consciente de que sin ese encasillamiento, llámalo encasillamiento llámalo devoción incondicional de todos sus admiradores, hoy no tendría una serie de investigación con su nombre encabezando los créditos.
Producida por ABC Studios y emitida por TNT, Perception es un procedimental con protagonista peculiar (esto es un género en sí mismo) de los que enmiendan la plana a la policía y que, por descontado, es tan brillante en su labor profesional como desastre es en lo personal. Tiene algún tipo de dolencia paranoide, recurso usado de forma cicatera en el piloto para golpes de efecto previsibles y chanzas que no desentonarían en una de Mariano Ozores. Capítulos autoconclusivos, tramas humanas, Perception suma todos los ingredientes que gustan a los aficionados a los dramas policiales: el primer episodio incluso cuenta con Jeremy Ratchford haciendo el mismo papel que en Caso Abierto. Tiene confirmada una segunda temporada y se estrena esta noche en AXN a las 21.15.

Entrevista a Robert Kirkman

El pasado 20 de octubre participé con Antonio Muñoz de Mesa y Álex de la Iglesia en la inauguración del Festival de Series de Canal +. Tuvimos la oportunidad de charlar por videoconferencia con Robert Kirkman, autor de los cómics y coproductor ejecutivo de la serie The Walking Dead. Tipo majo donde los haya, confesó que de chico se había tragado todos los episodios de Padres forzosos, y nos contó, además, que hay gente que piensa que su novela gráfica es un plagio de The Road (la obra de McCarthy se publicó tres años después que el primer número de The Walking Dead).

En este vídeo podéis ver la entrevista completa.