Estrellada

El otro día le recomendé Smash a una amiga teatrera. Te gustará, es sobre el backstage de un musical de Broadway. ¡Qué bien! Estoy falta de buenas series. Ah, no, no te equivoques, maticé, esta serie es muy mala. Me hubiera encantado que el último capítulo, que se emitió el domingo pasado en NBC, la redimiera un poquito, que hubieran encontrado la manera de repetir la fórmula de aquel maravilloso piloto que nos deslumbró a todos hace un año y medio. Lamentablemente, el final ha sido digno colofón a sus descuajaringadas y esquizofrénicas dos temporadas.

La idea de partida (sublimada en el numerazo inaugural ‘Let me be your star’), dos chicas que se disputan el papel protagonista de una obra que recrea la vida y obra de Marilyn, ya era una estupidez. Querer equiparar el talentazo de Megan Hilty a los gorgoritos de Katharine Mcphee era como ver a Mariah Carey tratar de levantarle a la Streisand el papel de Fanny Brice. Pero el auténtico despiporre llegó cuando pasaron a cuestionar la calidad de la obra Bombshell, lo único que funcionaba como un reloj. Bombshell, el musical, es una pieza soberbia, composiciones con reminiscencias de Rodgers y Hammerstein y toques sofisticados, divertidos, irónicos al estilo del mejor Cole Porter, de una sincera cinefilia y mala leche refinada. Si los diálogos de la serie hubieran tenido la mitad de calidad que los versos de las canciones, Smash habría sido un clásico.

Con todo, a mí me ha descubierto algunas cosas importantes: la profunda vulgaridad de Debra Messing, más allá de los despropósitos de su guardarropía; la versatilidad del maravilloso Christian Borle, capaz de insuflar dignidad a diálogos propios de Ana y los siete; el potencial de Jack Davenport como malo sexy; a Will Chase, arrebatador galán cantando y bailando, y secundario olvidable en cuanto apagan la música; que, aunque se haya destrozado la cara, el carisma de Anjelica Houston sigue incólume; y, esto no era ninguna novedad, que yo me trago cualquier chorrada ubicada en Nueva York aunque sólo sea un rato.

Hannibal, pasado, presente y futuro

NBC se niega a soltar prenda sobre el futuro de Hannibal. Superado el ecuador de emisiones en su primera temporada ya deberíamos saber si la serie de Bryan Fuller volverá el año que viene. Ando preocupada, para qué os voy a engañar, porque Hannibal es una de las que estoy viendo con más gusto últimamente. Hasta he empezado a mirar con respeto a su showrunner, alguien que nunca me ha interesado demasiado. De las obras individuales de Fuller, Tan muertos como yo me resultaba indiferente mientras que el rollo timburtoniano de Pushing Daisies me exasperaba. Y de Mockingbird Lane sólo puedo decir que aún tengo pesadillas. Que semejante engendro haya estado a punto de convertirse en serie de televisión

Hannibal usa como material de base la primera y mejor novela escrita por Thomas Harris, El dragón rojo, donde se describe la truculenta relación del investigador Will Graham con el doctor Hannibal Lecter. Este libro ya contaba con dos adaptaciones cinematográficas: una curiosa que se ha quedado bastante antigüilla a cargo de Michael Mann (Manhunter, 1986) y otra por la que Brett Ratner, detestable realizador y peor persona, debería estar en la cárcel (El Dragón Rojo, 2002). La nueva propuesta no es otra versión sino una elucubración creativa que se remonta a qué sucedió antes de que pillaran al psiquiatra caníbal. Cómo se cameló a la plana mayor de los criminólogos de Quantico, cómo manipuló las investigaciones a placer, cómo atrajo a su mesa (encima o a los lados) a medio Baltimore, cómo estableció un potente vínculo emocional con el superdotado e impenetrable Graham. Hannibal es escrupulosa en su débito con la fuente original y audaz en su picoteo de las distintas interpretaciones de la historia. Toma lo mejor de cada novela, de cada película; se está creando una personalidad propia indiscutible y su hueco en la mitología popular.

Ya lo sugirió Mann y lo confirmó Demme en la obra maestra El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), Lecter funciona mejor como aderezo que como ingrediente principal. No necesita mucho tiempo en pantalla para ser el protagonista de la función. El refinado caníbal es una delicada trufa, no los garbanzos del cocido. El danés Madds Mikkelsen aparece poco (suficiente) por pantalla, como debe ser (Anthony Hopkins apenas tenía veinte minutos de metraje en una película de dos horas) y el peso de las investigaciones episódicas (arriesgadas, divertidas y muy bien engarzadas en la trama principal) lo llevan el solvente Hugh Dancy y Lawrence Fishburne, en su papel habitual de jefe paternalista. Hannibal ha convertido en ventajas todas las limitaciones de hacer esta serie en abierto. Es perturbadora, elegante y novedosa. Que dure.

Hannibal se emite en AXN los jueves a las 22.15

De repente, la vida

Daniel Holden (Aden Young) se ha pasado media existencia en el corredor de la muerte acusado de violar y matar a una antigua novieta del instituto. Después de diecinueve años esperando la ejecución, unas pruebas de ADN impugnan la sentencia y sale en libertad. “¿Qué tienes pensado hacer?”, le espetan en cuanto pone un pie fuera de la prisión. Daniel no reacciona, parece no comprender la pregunta. Lleva demasiado tiempo paralizado sin opción de futuro. Cuatro lustros encerrado en un cubículo pensando “este es el día en el que voy a morir”. Creó una rutina para no perder la razón; leía, meditaba, charlaba con otro condenado a través del conducto de ventilación, nunca se le ocurrió hacer planes. Daniel vuelve a la vida exterior como un autómata, sin iniciativa, bloqueado.

La premisa de Rectify es interesantísima y la apuesta narrativa, valiente, pero ¿está bien ejecutada? Aunque el piloto atrapa, tiene agujeros: la falta de carisma del protagonista, la desconcertante música incidental y, sobre todo, el deslavazado reparto en el peso de los secundarios. Por un lado está la familia de Daniel, una incondicional hermana que nunca dejó de creer en él, una madre simplona y egoísta, un hermanastro de su misma edad que ocupó su puesto en el negocio familiar, un bondadoso hermanastro menor, friki del cine (su peli favorita es Movida del 76, de Linklater)… Por otro, la comunidad en la que el exconvicto tendrá que integrarse, un entorno pueblerino sureño donde la mayoría – incluidos los representantes políticos y los agentes de la ley— dan más crédito a la intuición que a las pruebas periciales y donde a Daniel no se le ha levantado la condena. Temo, además, que todo lo que son virtudes en el primer episodio, el ritmo pausado, la voluntad contemplativa, el regodeo en los detalles, se conviertan en inconvenientes en el largo plazo.

Lo que está claro es que éste es un producto a la medida de su cadena, el Sundance Channel (en España sólo disponible a través de Movistar Imagenio), la rama televisiva del Festival auspiciado por Robert Redford. Sundance se enorgullece de presentar discursos emparentados con ese universo indie y alternativo que emana de la cita anual de Salt Lake City. Claro que, por el momento, sus series de ficción ofrecen poca diversidad: inauguraron con la insufrible Top of the lake, la siguiente ha sido esta Rectify y pretenden completar la terna con otra historia de ambiente rural, The Decendants (nada que ver con la peli de Clooney). Rectify ha arrancado bien y yo la veré, aunque estoy ya un poco saturada de tanta bota y tanto chaquetón de pana. Busquen historias fuera del bosque, señores.

Rectify se estrena el 2 de mayo a las 22.00 en Sundance Channel.

El regreso

Esta noche llega a Cuatro Homeland, esa serie que lleva dos años en el candelero, arramblando en las entregas de premios y reclutando adeptos incondicionales. Creada por Alex Gansa y Howard Gordon a partir de la israelí Hatufim (Prisioneros de guerra) cuenta la vuelta a casa de un marine americano que ha pasado ocho años cautivo de una facción de Al Qaeda. El liberado sargento Nicholas Brody (Damian Lewis) tendrá que adaptarse a su antigua vida con su mujer y sus hijos, integrar su nuevo estatus de héroe nacional y lidiar con la analista de la CIA, Carrie Mathison (Claire Danes), quien sospecha que Brody es un agente convertido y entrenado por el enemigo. Con unos protagonistas poliédricos, complicados, contradictorios, Homeland es, en forma y en contenido, la respuesta contemporánea a todas aquellas arquetípicas historias sobre la Guerra Fría del siglo pasado en las que siempre ganaban los buenos. Sincera en los golpes de efecto y valiente en los cambios de ritmo, reflexiona sin complejos sobre la verdad, el compromiso y la traición en una época en que nuestra cosmovisión está deseosa de adoptar distintas perspectivas, cuando todos los individuos tienen una justificación última para hacer lo que hacen. Una apuesta audaz, incómoda y apasionante.

Sobre la segunda temporada de Homeland: La vida de Brody

 

Discriminación positiva

No os dejéis engañar. Os envolverán Top of the lake en eufemismos, os hablaran de su narrativa poco convencional, de sus maravillosos paisajes y de su peculiar atmósfera, pero la verdad es que la miniserie de Jane Campion es un coñazo fenomenal. Y lo que es peor, tiene pretensión de obra de autor, avalada como viene por una exitosa exhibición en Sundance. Como si los festivales estuvieran libres de sobrevaloraciones. Campion, además, es de esas personas que alcanzan una consideración desproporcionada por una sola obra. Y El piano no es El padrino, precisamente, es una peliculita mediocre que resume todos sus fallos como narradora y que muchos han camuflado bajo el adjetivo de “femenino”. Algo que resulta ofensivo en extremo: no es “menor”, es “femenino”, no es mala, es que la ha dirigido una mujer. Dejadla que ocupe su plaza de cuota.

Hemos recibido de golpe varias series (Broadchurch, Mayday…) que venían a rebufo de The Killing, que a su vez homenajeaba la fórmula Twin Peaks, a saber, desaparición de adolescente en una peculiar población donde todos sus habitantes son sospechosos. De ellas, Top of the lake es la más imprevisible, la que huye del patrón tipo, aunque su punto de partida guarde un montón de elementos comunes con Forbrydelsen y su versión americana. Una detective antipatiquilla se obsesiona con una investigación que le cae de rebote y posterga indefinidamente una existencia feliz, dando largas a su novio por teléfono, por una especie de pulsión masoca. Robin (Elisabeth Moss) se ha desplazado desde Australia a su pueblo natal en Nueva Zelanda para cuidar de su madre enferma. Como en realidad se pasa el tiempo meditando, haciendo footing y provocando encuentros casuales con su exnovio del instituto, decide aceptar el encargo de la policía local de resolver un perturbador caso que implica abusos a menores, área en el que ella está especializada.

Qué ridículo resulta ver los empeños de Top of the lake por llamar la atención y escandalizar cuando todo en ella es anodino. Los exabruptos del mafioso interpretado por Peter Mullan (lo único rescatable de la serie) se diluye entre tramo y tramo de humo con ínfula de trascendencia. El colmo del ridículo es ese bizarro grupo de mujeres que huyen del machismo de los hombres para refugiarse en un campamento liderado por la iluminada (“ese término está pasado de moda; GJ tiene un estado mental diferente”) interpretada por Holly Hunter, que goza de una supremacía sacerdotal, o sea, se toca las narices y suelta arengas mientras el resto la sirven y la veneran. Las mujeres del gineceo Campion (la mal encarada y despelujada Hunter es un trasunto de la directora) son un grupo de imbéciles histéricas. Podría ser gracioso como burla o interesante como crítica social, pero la neozelandesa no toma una decisión sobre quién es esta gente y qué pinta en todo esto. Al menos, no lo hace en los tres primeros capítulos, la mitad de la serie, tres horazas. Avisados quedáis.

La resurrección de los muertos

Pero como aún se resistían a creerlo, a causa de la alegría y el asombro, les dijo: «¿Tenéis algo de comer?»

Lucas, 24, 41.

Como si volvieran de echarse una siesta, los muertos se levantan con hambre. No me refiero sólo al apetito voraz de los zombies canónicos. También los aparecidos de Les Revenants tienen como primer impulso vital restaurado lo de echarse algo a la boca. En una emocionante escena justo al principio de la serie, una madre que perdió a su hija en un accidente de autobús cuatro años atrás entra en su cocina y se encuentra a la adolescente como si nada hubiera pasado, acodada en la encimera, preparándose un sándwich. En el gesto petrificado de la mujer, en la tristeza infinita de sus ojos, podemos adivinar el miedo, no a estar viendo un fantasma, sino a todo lo contrario: a que esta situación cotidiana, convencional, ordinaria sea otro sueño que se desvanecerá en cuanto se despierte. Pero, afortunadamente para ella, Camille, su niña querida, ha vuelto del más allá. Como otros tantos paisanos.

En la pequeña población en la que transcurre Les Revenants los muertos han empezado salir de sus tumbas. No en tromba, son sólo unos pocos, pero no sabemos por qué. Vuelven como se fueron, con la misma ropa, edad e intenciones que tenían en el momento de fallecer, y no todos son una cría de quince años ni tienen una madre amantísima deseosa de darles la bienvenida; por haber, hay hasta un asesino. Les espera la vida que continuó sin ellos, cuatro, diez, treinta años después. La interesante pregunta que plantea Les Revenants no es qué hay más allá de la vida, sino qué hubo más allá de la muerte y, tanta palabrería sobre el espíritu, las almas y estarás conmigo para siempre, cuando alguien se muere y te acostumbras a vivir sin él, puede ser muy inoportuno que regrese.

Frente a la simpleza ontológica y narrativa de una serie como La Biblia (que ha replicado en Antena 3 su apabullante éxito en Estados Unidos, y que echa a perder su magnífico origen literario, divertidísimo también desde una óptica secular), Les Revenants es un excitante revulsivo para reflexionar sobre la manera en que los humanos nos relacionamos con la vida, la muerte, la realidad y la fe. Todo esto al servicio de una hipnótica trama de misterio. Envuelta en una atmósfera tan atractiva como espeluznante, Les Revenants es un magnético laberinto en el que uno busca desesperadamente la salida.

NOTA: Esta semana estuve en Adictos al espectáculo de TODORADIO FM con Alfredo L. Zamora y Javier Suárez Ruiz hablando de Les Revenants y otros casos de muertos vivientes en la tele y el el cine. Puedes escuchar el programa AQUÍ.

Tempestad sobre Washington

¿Harto de fantasías autocomplacientes y de dirigentes paternalistas? ¿Cansado de esa historia donde el joven idealista no tiene más opción que claudicar ante el sistema? ¿Quieres, de verdad, un político sincero? Puede que House of cards sea la serie que esperabas. Frank Underwood (Kevin Spacey) te lo va a dejar claro desde el principio: él va a lo suyo. Le prometieron la Secretaría de estado y le han endosado la cartera de Educación, así que se va a resarcir liándola muy gorda, trepando unos cuantos peldaños más en el escalafón de Washington y aplastando todas las cabezas que hagan falta. Junto a él, Claire (magnífica Robin Wright), su esposa, confidente y aliada, directora de una organización defensora del medioambiente y la mejor Lady Macbeth que nos ha dado la ficción de los últimos años (y nos ha dado muchas), cebando el clásico de que junto a un hombre de éxito siempre hay una mujer muy cabrona. Y en la sombra, la jovenzuela Zoe Barnes (Kate Mara), una periodista con mucha hambre y pocos escrúpulos. Servidores públicos a los que les trae al fresco el bien común, ONGs que se dan la mano con las mismas grandes corporaciones que producen los desaguisados que luego tratan de enmendar, y medios de comunicación que sólo se interesan por la verdad si ésta es vendible. House of cards es una reinterpretación de Ricardo III sí, y también una lúcida y desapasionada sátira, tan fría y cínica como su protagonista.

¿Por qué un tipo inteligente y ambicioso como Frank Underwood se metería en política? No para trincar, desde luego. El congresista de Carolina del Sur desprecia a los flojos de espíritu, los que arriesgan un objetivo elevado por placeres inmediatos. Underwood  podría haber optado por dirigir una multinacional, pero se habría aburrido pronto; o por continuar su carrera militar, pero el ejército es una institución que se mueve despacio y donde cuenta más la veteranía que las capacidades. No. Es probable que el único espacio lejos de Washington donde la sed de ambición (y las ganas de disfrutar con el proceso) del protagonista de House of cards se viera colmada fuera el Vaticano. Anda que no le quedaría bien a Spacey la mitra, la sotana y las intrigas cardenalicias. Pero esa sería otra serie. Una que me encantaría ver por cierto.

House of cards es “un one man show”. A pesar del reparto equitativo de tramas secundarias (donde lo mejor es el incondicional Doug Stamper y el politoxicómano Peter Russo, y lo peor la evolución de los colegas de Zoe Barnes), lo que realmente nos interesa y nos hace volver es descubrir en qué consiste el plan de Frank, hasta dónde llegará y si será capaz de completarlo. Kevin Spacey no sólo es el protagonista, también es el productor ejecutivo y aglutina un montón de variables autorales dispersas. Remake de una serie británica, House of cards no se parece a El ala oeste de la Casa Blanca ni lo pretende. Sí está emparentada con Los idus de marzo. Beau Willimon (autor de la obra de teatro Farragut North en la que se basa la película de Clooney) ejerce de showrunner por primera vez capitaneando un ecléctico grupo de guionistas. La impronta visual es la de David Fincher en su versión más sobria y neutra, sin escatimarnos calidad, pero sabedor de que esta serie no es suya del todo. El resultado es un producto con altibajos, pero de ritmo y composición muy sólidos.

House of cards se emite en Canal + los jueves a las 21.30

Daryl, un nuevo héroe

Discreto, robusto, sensible, de veloces reflejos y razonamientos simples, así es el héroe de moda, Daryl Dixon. A la chita callando, el personaje interpretado por Norman Reedus se ha convertido en el más popular de The Walking Dead, esa serie tan hábil que también gusta los que, como yo, detestamos las historias de zombies. Quedan cinco capítulos para terminar la trepidante tercera temporada, el grupo de supervivientes de Atlanta anda como vaca sin cencerro, enfrentados a la peor amenaza hasta la fecha y con su líder de baja por depresión: ¿se verá Daryl obligado a capitanear la batalla final?

Su padre le molía a palos y se crio a la sombra de su hermano Merle, un marrullero asesino mercenario, mentiroso y racista. El bondadoso Daryl estaba destinado a ser carne de cañón, pero el apocalipsis zombie le dio una segunda oportunidad que no hubiera podido planificar el más ducho agente de asuntos sociales. Separado de su hermano, recala en un grupo donde se siente útil, necesitado, querido, y encuentra así anclaje afectivo y confianza. Por fin tiene una familia de la que sentirse orgulloso. Defenderla se convierte en su prioridad, por delante incluso de su relación no consumada con Carol; un cortejo a la antigua, un calentón tan demorado que corre el riesgo de resolverse a golpe de bocado de caminante. Como Tom Doniphon, Daryl siempre ha reclamado su parcela de independencia, su voluntad de mantenerse en segundo plano y su derecho a salir corriendo sin dar explicaciones cuando le dé la gana. Huye de los alardes y está orgulloso de seguir al “hombre de honor” que para él encarna Rick. En su cabeza, él es sólo músculo convenientemente entrenado, demasiado torpe para enardecer a las masas. Pero en un mundo infectado de inhumanidad, entre dirigentes totalitarios y predicadores fanáticos, el centro moral no es el personaje que da discursos, sino el que tiene un comportamiento ejemplar.

¿Dónde iría Daryl si mañana el mundo se limpiara de pústulas y coágulos? Esa pregunta carece de importancia porque los datos de audiencia son tan alucinantes que tenemos The Walking Dead para rato. Pero si algo ha dejado claro esta serie es que todos son prescindibles, del showrunner al más carismático de los personajes. ¿Qué va a pasar con Daryl? Esa cuestión sí es pertinente. Nadie lo sabe, ni los espectadores, ni tampoco los listillos aficionados a los cómics (los hermanos Dixon no aparecen en la novela gráfica de Robert Kirkman). Daryl, el admirado, el deseado, es una creación exclusiva de la serie, ¿se arriesgarían los productores a suprimir tamaño filón por un golpe de efecto puntual? Ése es uno de los temores con los que vivimos quienes cada lunes por la noche nos juntamos para ver y comentar The Walking Dead en FOX. Buscadnos por Twitter y Facebook a partir de las 22.20. Sufrimos mucho, pero lo pasamos en grande.

 

Los episódicos de las estrellas de cine (II)

Sólo con los actores de La noche más oscura y Argo podríamos repasar la historia de la tele de los últimos veinte años. De Bryan Cranston a Tom Lenk, pasando por Kyle Chandler (que hace doblete), caras más o menos conocidas provocan que muchos se pasen las películas preguntándose “y éste, ¿de qué me suena?”. Pero, además de los repartos corales y como ya vimos en los Globos de oro, también los grandes protagonistas de los Oscar han dejado su rastro en las series:

Amy Adams en ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (20 hours in America, 2002)

Si de mí dependiera, Amy Adams ganaría todos los premios de interpretación de este año. Su Peggy Dodd da más miedo que un cruce de Hannibal Lecter con Livia Soprano. A estas alturas ya no engaña su fachada de princesita pizpireta, ésa misma sobre la que el golfo de Josh Lyman no puede evitar hacer chistes rijosos en la trasera de una furgoneta que funciona con combustible de soja. Cathy era una granjera de Indiana con un máster que le plantaba cara al más antipático de los colaboradores del presidente, Toby Ziegler. Cinco años después, en La guerra de Charlie Wilson, Adams ratificaría que a ella, en cualquier formato, Sorkin le sienta fenomenal.

Bradley Cooper en ‘Sexo en Nueva York’ (They Shoot Single People, Don’t They?, 1999)

Hasta que se la cogió doblada en Las Vegas con sus amigos, a Bradley Cooper le había ido mucho mejor en la tele que en el cine. Eso sí, entró por la puerta grande: quedándose a dos velas en una serie en la que hasta el más cardo pillaba cacho. “Era soltero, hetero y fumador”, a la protagonista le hacen chiribitas los ojos cuando ve a este espigado guaperas de voz aflautada y melena teñida acercarse en una fiesta gay. Eran otros tiempos. El World Trade Center seguía en pie, se podía fumar en los bares y a las mujeres lo último que les interesaba eran las limitadas dotes de Cooper como bailarín.

Jennifer Lawrence en ‘Caso abierto’ (A dollar, a dream, 2007)

En sus apariciones públicas, Jennifer Lawrence siempre deja claro que es una chavala risueña y divertida. Sus personajes, sin embargo, son circunspectos en exceso. Se ha especializado en chicas baqueteadas, que acumulan demasiadas experiencias chungas para su corta edad. Abby Bradford, una adolescente clave para la investigación del enésimo caso archivado de Lilly Rush, es un cruce entre la Tiffany de El lado bueno de las cosas y la Ree de Winter’s Bone. Aún no ha terminado la secundaria, pero ya sabe lo que duele perder a la persona que más quieres y es consciente de que buscar en la basura para comer no es ningún juego.

Philip Seymour Hoffman en ‘Ley y orden’ (The Violence of Summer, 1991)

Philip Seymour Hoffman, probablemente el mejor actor que hay ahora mismo en activo, tiene un currículum bien diverso. Pero, hasta que Paul Thomas Anderson descubrió su lado tierno, el pelirrojo apuntaba maneras como titular para papeles de pervertido, pijo y/ o tío más imbécil de la pandilla. Arrancó su carrera profesional a la vez que la pionera de las franquicias sobre jueces y polis de Dick Wolf. Da vida a un impertinente niñato que viola con sus amigos a una presentadora de televisión. A punto están de escaparse de rositas por el típico agujero legal hasta que George Dzundza y Chris Noth consiguen tenderles una trampa.

Hugh Jackman en ‘Viva Laughlin’ (Piloto, 2007)

Diréis, con razón, que Hugh Jackman era la estrella de Viva Laughlin, pero es que en este caso podemos considerar episódico al actor y a la misma serie. Dos capítulos fueron suficientes para que la CBS cancelara esta fantasía marciana que unía tragaperras, neones, éxitos pop y a Melanie Griffith en algo que, sorprendentemente, no era una comedia. Ojo, Lobezno no sólo puso la cara, también palmó dinero para producir una ficción donde el dueño mafioso de un casino se arrancaba por los Rollings sin venir a cuento. Igual que su esposa, yo estoy convencida de que a Jackman le gustan las mujeres, pero también es verdad que pierde la cabeza por cantar y bailar embutido en pantalones brillantes ajustados y camisas con pechera bien abierta. Cosas muy de locaza.

 

Hannah y el amor

Deberíamos dejar de hablar de Girls porque la tenemos resobada. Con tanta teoría, premio, comparación, declaración de amor (y de odio) corremos el riesgo de saturarnos. Después de tropezarme día sí y día también con artículos titulados Lena Dunham, la voz de su generación, tengo que ver el capítulo de turno para confirmar que no son exageraciones, que se trata de una serie extraordinaria. La segunda temporada traspasa definitivamente esa barrera generacional tan marcada en la primera. Yo no me reconocía como público objetivo y al principio observé Girls desde una distancia prudencial, dispuesta a recular mi entusiasmo en cuanto asomara la bisoñez de la autora. Sin embargo, la serie crece, gana en madurez y yo corro el riesgo de convertirme en otra obnubilada proselitista.

Hay mucho amor en esta segunda entrega. Mucho sexo también, ese sexo desinhibido y grotesco (y, a la vez, tan estético y tan real) que es ya marca de estilo, pero sobre todo son las relaciones afectivas de las cuatro chicas las que estructuran la historia. Estar enamorada, querer estarlo, de quién, por qué, la conveniencia o no de tener pareja, el desconcierto, la vulnerabilidad y el ansia por juntar experiencias desde la audaz perspectiva de quien tiene todo el tiempo del mundo para equivocarse. Mira alrededor, Hannah, le dice Jessa a su amiga en este emocionante tráilerson los mejores años de tu vida.

La tanda de diez episodios que arranca esta noche en Canal plus alcanza un maravilloso clímax en el quinto, emitido el pasado domingo en Estados Unidos y titulado One man’s trash. Es una historia encapsulada y monográfica, un agridulce y emocionante cuento de Brooklyn sobre la pasión y la proyección romántica. Parece aislado de la trama central de la temporada, pero en realidad funciona como hemistiquio perfecto y como enlace emocional para los descreídos. No hace falta tener veinte años y sentirse identificado. Quitaos los prejuicios y dejad que estas niñatas se os cuelen hasta la cocina. De verdad que merece la pena. ­