Te quiero, Louie.

Cuando Lucille Ball buscaba una manera de ahorrar costes para la comedia que pretendía colocarle a la CBS y que terminaría convirtiéndola en la primera rachelgreen de la historia, se le ocurrió que grabar con tres cámaras a la vez frente a unas gradas llenas de gente que riera sus gracias reduciría el tiempo de producción y daría, además, mayor naturalidad al recoger las reacciones espontáneas del público. Así nació la sitcom. Sesenta años después, el jefazo de la FX John Landgraf sólo puso una condición cuando dio luz verde a la irreverente, anárquica y exhibicionista serie que Louis CK acababa de presentarle: “que no se pase del presupuesto”. Louie tiene en común con I love Lucy haber convertido sus limitaciones en virtudes e inaugurar de paso una nueva manera de contar. Gasta poco en sueldos: él produce, escribe, dirige, edita e interpreta. Cada capítulo es imprevisible, distinto al anterior y todo gira alrededor de lo que al demiurgo pelirrojo le venga en gana. Louie no es una sitcom, a veces, no es ni una comedia, y la vemos cuatro gatos: las posibilidades de que algo así se convierta en paradigma de nada son mínimas, pero eso no quita para que éste sea uno de los productos más rompedores de los últimos tiempos.

Hoy se estrena en España la tercera entrega de la semibiográfica y deshilachada historia de este cómico divorciado, padre de dos niñas y residente en Nueva York. Los desastres naturales en Centroamérica, el hambre en el Tercer Mundo, las enfermedades mentales, Ikea, los ancianos, la guerra en Afganistán, los trasplantes de genitales, la zoofilia, las citas a ciegas: los grandes temas y los resquicios más bizarros de lo cotidiano son su material cachondeable. Sin que te des cuenta, estarás llorando de la risa y él, tan campante, saltará de la escatología al existencialismo en la misma frase. Pero, para los que todavía no le conocéis, ¿cuál es la diferencia entre Louie y todo lo que ya has visto? Tenemos a Larry David y a Ricky Gervais desplegado en Andy Milman, David Brent y Derek. No cortarse en decir burradas (con talento) y afrontar la vida con desilusión hace tiempo que dejó de ser novedoso, ¿qué aporta Louis CK? ¿Qué le hace tan especial? La ternura. La auténtica trasgresión, para los que ya estamos curados de espanto, es otorgarle un mayor grado de profundidad al personaje: atreverse a poner verdaderas atrocidades en boca de un individuo que no es ni un misántropo ni un egoísta, pero tampoco un necio o un cursi. Louie es otro cínico contemporáneo y también es un tío muy majo. Sabe que portarse bien es casi siempre muy cansado y no tan gratificante; que ser bueno, coherente, responsable, legal, es un ejercicio de voluntad y no algo que sale de forma espontánea. Puede confesar haberse masturbado entre la caída de la primera y la segunda torre el día del ataque al World Trade Center y a la vez ser el padre más tierno, el enamorado más dulce y el desconocido más empático.

Los críticos siempre destacan la evidente influencia de Seinfeld en la combinación de stand- up comedy y ficción en la estructura de Louie, pero la tanda de capítulos que hoy arrancan en Canal+ dejan claro que el progenitor estilístico de la serie es Woody Allen. Además de la incorporación de Susan E. Morse como montadora de la serie, hay indicios de Manhattan, toneladas Annie Hall y un capítulo muy especial con una versión actualizada de Stardust Memories. Sus mejores películas has sido las nodrizas de CK, quien guarda en su despacho a modo de altar una carta enmarcada que Allen le envió y en la que se proclamaba admirador de la serie: “Tengo un Grammy, tengo un Emmy, me importan una mierda: esa carta sí que es un premio”, el vástago orgulloso ha adoptado otra de las señas de identidad de Woody: pagar a cualquiera que actúen en su show, sea una actriz en el candelero, un mítico director de cine o un pez gordo de la comunicación, el mismo sueldo que a cualquier mindundi del sindicato.

La tercera temporada de Louie se estrena hoy a las 21.30 en Canal+

La reina del country

Ya lo tengo decidido: mi serie de este otoño es Nashville. Estoy siguiendo con mucho interés los vaivenes profesionales, familiares y capilares de las dos divas de la música Connie Britton y Hayden Panettiere. Hay que ver, con la tirria que le tenía yo la maldita porrista de Héroes, le voy a terminar cogiendo cariño. No me juzguéis antes de tiempo; la niñata sigue siendo insoportable y, precisamente por eso, es perfecta para encarnar a Juliette Barnes, la envidiosa advenediza white trash que amenaza con quitarle hasta el banjo a la veterana y aristocrática Rayna Jaymes (la Britton está que se sale a todos los niveles). Sé simpática, le aconseja su mánager a Barnes en el primer capítulo antes de presentarle a la gran señora del country, She’s royalty. La diminuta cantante, número uno de Los 40, carnaza de Gawker, idolina adolescente, le devuelve al tipo una mirada llena de odio y masculla un anda, no me fastidies: a Barnes le escuecen en ese momento como una picadura venenosa sus privaciones infantiles, la rulot sin seguro y la madre yonqui. ¿Acaso cree Jaymes, la princesa de Nashville, que es mejor que ella? ¡Ja! Rayna tendrá el prestigio, el castillo, el padre millonario, el carnet del club de campo, el amor de película y la familia repipi, pero Juliette tiene las carnes prietas y mucha, muchísima hambre.

La serie pivota entre el melodrama canónico y el culebrón: por ahora pesa más la calidad que la necesidad de forzar los argumentos aunque, con cuatro episodios ya emitidos, ha tonteado en alguna ocasión con recursos facilones. La firma Callie Khouri que lleva veinte años viviendo de las rentas del Oscar por su guión de Thelma y Louise. Nashville demuestra que la que tuvo, retuvo: Khouri se ha marcado en su vuelta al ruedo un piloto fantástico con localismos y acentazo de Tennessee, donde hillbillies que responden por Deacon, Scarlet, Lamar, Tandy y Jolene, intercambian diálogos con mucha clase. Conoce los tejemanejes del negocio discográfico en los que se centra la acción de primera mano ya que está casada con el súper capo T-Bone Burnett, cuyos tentáculos se extienden por la serie en forma de asesor musical (Executive Music Producer). El matrimonio entre la historia y las canciones está muy bien apañado y la serie no da al pause cuando alguien se pone a cantar: los temas completan pasajes secundarios y subrayan los tramos sentimentales con elegancia. Como ejemplo, ahí va el final del primer capítulo a ritmo de la preciosa If i didn’t know better. Obviamente, contiene espoilers.

Con Tom Berenger en Madrid

Tom Berenger y una servidora el pasado lunes en la librería 8 ½ de Madrid. 
El sendero de la traición es una película del año 88, así que es probable que llegara a los cines de Badajoz a finales del 89. Es una de esas historias con truco de Joe Eszterhas y su primera colaboración con el director Costa Gavras antes del exitazo de La caja de música. El protagonista, Tom Berenger, estaba entonces en el cénit de su carrera: tras una nominación al Oscar por Platoon había hecho La sombra del testigo con Ridley Scott, era un actor solvente y un macizo de primera. Ésa fue la película con la que yo descubrí a Berenger, quien de inmediato pasó a formar parte de mi álbum de fotos adolescente. Sin embargo, Tom Berenger no es, no ha sido nunca una estrella. No como lo fue entonces Kevin Costner, su compañero en Hatfileds and McCoys, la serie que le ha traído estos días de promoción a Madrid. Me falta ego, dice encogiéndose de hombros, no me preocupa el estatus. Y parece verdad: es un tipo pachón, afable y muy dulce con el que pasamos un rato estupendo el lunes, en un encuentro organizado por FoxCrime y #BirraSeries que tuve el placer de presentar. Su currículum es una inabarcable ristra de títulos en la que se mezclan secundarios de lujo en clásicos contemporáneos (Training day) y protagonistas en sagas de serie B (Sniper); morralla alimenticia con trabajos para autores como Richard Lester, Robert Altman o Richard Brooks. Se partía de la risa hablando de su papel en OrigenNo me enteré de nada: ni cuando leí el guion ni cuando la vi en el estreno. Y hay niños que la pillan a la primera. 

Es probable que a su condición de actor que no se da importancia contribuyera el hecho de que él alternó el cine con la tele cuando las series era ese barrio donde las verdaderas estrellas no se dejaban caer. Apareció como invitado en la pionera Sigue soñando y en la mítica Cheers, ha hecho procedimental (Turno de guardia), cable (Peacemakers) y dramedia (October road), pero en privado confiesa que usa poco el mando a distancia: No he visto Homeland pero le han dado un montón de Emmys así que debe ser buena. A la hora de trabajar, lo tiene claro: no hay diferencia entre los dos medios, para él todo es cine, y Hatfields and McCoys, una de vaqueros renegados, es buen ejemplo. El director es quien manda, y él creó a Jim Vance, un cruce entre un mapache rabioso y un enano de jardín desquiciado, de la mano de Kevin Reynolds. A pesar de que uno de los guionistas de la serie, Ted Mann, lo fue también de la catedral del “western verité”, Deadwood, Berenger rechaza las similitudes con la obra de David Mich: Lo único que tiene en común con Hatfields and McCoys es Powers Boothe (Cy Tolliver, el rey del juego y las putas de Deadwood, algo menos atildado en esta ocasión como integrante del clan familiar de los Hatfield).
Compara los tres meses que pasó en Rumanía para el rodaje de Hatfileds and McCoys con su experiencia en Filipinas en el 86 con el reparto de Platoon. Cuenta cómo los baqueteaban para que dieran el tipo como soldados de Vietnam, que les obligaban dormir en el barro, que se hicieron una piña, y de repente para y sonríe: Fue duro pero, qué bien lo pasamos… A saber las que no montarían con Kevin Dillon, Johnny Deep, Charlie Sheen y Williem Dafoe en la pandilla. Acabo de terminar una película con Williem; ha sido bonito, treinta años después.

Bulímicos de series en El País

El pasado mes de agosto aparecí en este estupendo reportaje que Natalia Marcos (@cakivi) elaboró para El País sobre el consumo compulsivo de series.
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Mis confesiones de adicta seriéfila aparecieron también el Blog Quinta Temporada.
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A continuación trascribo el cuestionario propuesto por Natalia y mis respuestas:

¿Te has dado algún atracón de series? ¿En cuántas ocasiones? ¿Cuál es el que más recuerdas?

Sí. En numerosas ocasiones. La primera temporada de Veronica Mars: once capítulos en una sola jornada.

¿Con qué series lo has hecho?

Con un montón. La última ha sido Awake. Las clásicas, Los Soprano, Six Feet Under, The Wire, The West Wing, Sex and the City, aguantan maratones incluso en repetición. He visto muchas series, demasiadas, del tirón, por motivos de trabajo; algunas infumables. Como dato curioso, me gusta ver Damages en poco tiempo: tengo la teoría de que así tolero mejor sus trampas.

¿Cómo viste la serie? (descargada de Internet, en DVD, en un maratón de la televisión…)

Algunas descargadas, otras compradas. Sólo recuerdo haber seguido un maratón en emisión cuando TVE dio la miniserie Desaparecida.

¿Fue algo previsto o surgió según empezaste a ver capítulos?

Depende. Hay veces que preparas la sesión: lo puedes hacer en plan sobrio o a tutiplén, con acopio de golosinas de mucho azúcar, bebidas carbonatadas y gusanitos de esos que te dejan los dedos naranja y que, como nos enseñó Liz Lemon, producen falsos positivos en los tests de embarazo. Puede que, como te he comentado antes, el atracón sea por curro: en ese caso si la serie es mala, aprovechas para cocinar, planchar, pintarte las uñas, cualquier actividad productiva que te haga sentir que no estás perdiendo el tiempo del todo.

¿Por qué lo hiciste? (era el tiempo que tenías para verla, te enganchó mucho la serie y decidiste seguir…)

Cómo son las cosas: he leído la pregunta e, inmediatamente, he asumido que había hecho algo malo (“¿Por qué lo hiciste” suena taaaaan melodramático :o))

Hay veces que montas toda una liturgia: otras, simplemente, te dejas llevar. Las dos se disfrutan. Luego está ese terrible domingo en el que te tienes que tragar los diez episodios de Gravity porque tienes que hablar de ellos al día siguiente. Y te quieres morir.

¿Repetirás? ¿Tienes previsto alguno en el futuro?

Claro. Por obligación o por devoción, seguro que sí.

¿Qué es lo que necesita una persona para darse un maratón de una serie? ¿De qué tiene que ir pertrechada?

Ganas, prisas por acabar el curro o, en el caso de una serie como Cavemen, por ejemplo, uno tiene que contar con una patología mental. Severa.

¿Crees que empieza a ser algo habitual entre los amantes de las series? ¿Conoces a otras personas que también hagan maratones de series?

Creo que tiene que ver más con el tipo de persona que eres que con lo aficionado que seas. A mí siempre me gustaron las novelas con muchas páginas y las películas largas, así que ver capítulos de series acumulados no me parece una marcianada. Conozco, sin embargo, a mucha gente que le encantan las series, que tiene un aprecio genuino por ellas: las disfrutan, las estudian, las diseccionan con el mismo entusiasmo que el más voraz engullidor de capítulos, pero nunca verían más de dos episodios seguidos.

¿Qué series dirías que son las más propicias a este tipo de maratones? ¿Encuentras alguna similitud entre ellas?

De nuevo, depende de los gustos de cada persona. Yo Rubicón me la tragué en dos acometidas. Me encantó: no me enteré de nada, pero me lo pasé pipa. Las que acaban con pronunciados cliffhanger, claro, siempre te pican más, pero hay otras veces en que la propia calidad de la serie te excita a seguir: The Good Wife es un buen ejemplo.

Es cierto, sin embargo, que los aficionados a según qué productos hacen más ruido que otros. Normalmente tiene que ver con el universo friki, ciencia ficción, comedias, y algunos productos y autores de culto, sean o no tambiénmainstream. Los seguidores de Fringe, Dr. Who, Big Bang Theory, Lost, los Wedonianos más radicales, suelen alardear más que los demás de ver muchos capítulos seguidos, varias veces además, hasta recitar diálogos de memoria. (Ellos son los pioneros, además, del binomio internet&series, no sólo en lo de las descargas, sobre todo me refiero a organizarse por foros o redes sociales para comentar. Los demás somos meros advenedizos. Frikis wannabes). No creo que esas series sean más adictivas, creo que la gente a la que le gusta esas series es más dada a hacerse maratones.

¿Se vive y se recuerda más intensamente una serie vista de esta forma? ¿No puede llegar a ser contraproducente ver del tirón una serie que está pensada para ser digerida poco a poco? En definitiva, ¿qué ventajas y qué desventajas encuentras a los maratones de series?

Creo que se recuerda la experiencia; la serie la recordarás en función de lo que te haya gustado o del día que tuvieras. Yo nunca he visto más de un capítulo seguido de Dos hombres y medio y no podría decirte ninguna trama que se me haya quedado grabada (¿no son todas la misma?). La ventaja es que, si tienes varios capítulos acumulados, puedes dosificarlos a placer. Si te gusta la serie, no creo que le prestes menos atención al episodio cinco que al dos. Siempre ha habido ficciones interminables. Acuérdate de Novecento. Y de La mirada de Ulises, que duraba el doble de los minutos que tenía porque era de Angelopoulos.

¿Crees que son más adictivas las series de ahora que las de antes?

Hay más series buenas, el acceso (legal) es más fácil y, digan lo que digan algunos, más barato de lo que nunca ha sido (no quiero acordarme de lo que pagué aquellas Navidades cuando le compré a mi padre Yo, Claudio en VHS. DOBLADA!!!!)

Desde tu punto de vista, ¿qué diferencia a un adicto a las series del resto de personas?

Mujer, adicto es una palabra fuerte que implica la ausencia de voluntad. Y una siempre puede apagar la tele e irse al cine :0) Creo que las series han dejado hace rato de ser patrimonio de “los que le gustan las series”. ¿Conoces a alguien que no presuma de estar enganchado a una? 

¿Quién es Erik Weiner?

A golpe de Google no he podido constatar que este Weiner sea pariente de Matthew, el dueño y señor de Mad Men. Eso explicaría que a los treinta y tantos y con esa pinta de interventor de diputación de provincias ya haya trabajado con Steven Soderberg, Terrence Winter, Josh Whedon, John Wells, Sidney Lumet, Darren Star y David Chase. Sus personajes son siempre episódicos cuando no directamente de relleno, pero desterrado el nepotismo y teniendo en cuenta que aún no ha demostrado si es buen o mal actor, soy incapaz de decidir si lo suyo es producto de la suerte o de la cabezonería.

Te suena su cara porque se parece a muchas otras personas que conoces, aunque también es probable que le recuerdes porque te has tropezado con él en unas cuantas series; la última, The New Normal donde interpreta a uno de los miembros de la pandilla de Justin Bartha. Su papel de más enjundia hasta la fecha ha sido el del agente Sebso, el compañero del pirado de Michael Shannon en la primera temporada de Boardwalk Empire. En 2005 participó en un experimento de HBO producido por George Clooney titulado Unscripted, que ridiculizaba las tribulaciones de actores en ciernes en Los Angeles. Weiner, al contrario que aquellos pardillos, tiene claro cómo hacerse notar y sabe que es difícil que nadie vaya a destacar su fotografía del montón. Así que, entre un trabajo y otro, escribe y protagoniza sketches de coña que distribuye por Youtube o Funny or die. Puede que éste, en el que también sale Olivia Munn, no te haga mucha gracia; o que este otro sobre la discriminación de los niños heterosexuales en San Francisco te parezca un poco largo; pero seguro que te harás fan de él cuando sepas que es el autor y protagonista del viral One line on The Sopranos. A partir de ahora cada vez que veas su frente despejada asomar en otra serie señalarás la pantalla y sonreirás como si fuera un amigo de toda la vida.

La tía buena y la modistilla

Lo sé, es un rollo que para hablar de Revolution tengamos que aludir una y otra vez a Perdidos. Es como haber salido con una famosa y años después de cortar, con tu recién estrenada pareja del brazo, todos siguieran recordándote a la primera: “y de fulanita, ¿no sabes nada?” A ver, que te estoy presentado a la nueva. Vale, a simple vista es un clon de aquella pero de verdad que no pueden ser más distintas. “Sí, ya…” En la comparación RevolutionPerdidos es cierto: parecen la misma cosa. La diferencia es que una era una glamurosa y despampanante modelo y la otra es una ordinaria modistilla.

Como casi todo el mundo que la vio en su día, reaccioné ante Perdidos como un hombre motivado ante una tía buena: me quedé con la boca abierta. En palabras de López Vázquez aquello era un monumento. No era perfecta, según como le diera la luz, le podrías ver los fallos, pero era tan arrebatadora que me dejé seducir por su encanto y me convertí en una rendida admiradora. Bailé extasiada Make you own kind of music, canción que marca el clímax de mi enamoramiento (y el de muchos otros: es el momento con más audiencia de toda la serie), y pensé que había entrado en una nueva dimensión. Un día su fatuidad, esa que siempre había estado ahí pero que yo me negaba a ver, cobró mayor presencia y se me cayó la venda. Repetía las mismas tonterías una y otra vez y, en cada encuentro que teníamos, la sensación de bochorno iba en aumento. Yo que la había exhibido con orgullo, me avergonzaba de seguir con ella. Mantuve la relación hasta el final, con altibajos, con momentos más o menos divertidos, con algún chispazo pero, sobre todo, con una monotonía angustiosa. A punto estuve de tirar la toalla mil veces y respiré aliviada cuando se murió.

Todo lo que a mí me gustaba de Perdidos está en Revolution. El juego de supervivencia, los dilemas morales de individuos posmodernos obligado a volver a las cavernas, la teoría de los seis grados de separación (título de mi serie favorita de Abrams, por cierto). Además, rasgos que me sacaban de quicio de aquella, como las falsas pretensiones, la arrogancia, la vanidad, han desaparecido en esta. ¿Por qué, entonces, no he vuelto a tener un subidón con ningún capítulo de Revolution como el que tuve con Perdidos?

Lo cierto es que no puedo quitarme de la cabeza la imagen de la modistilla estudiando a la famosa minuciosamente, copiando sus señas de identidad, sus cliffhangers imposibles adornados con violines chirriantes, sus teorías de la conspiración teñidas de maldiciones, sus arrebatos sediciosos estampados de trascendencia. Las galas que Perdidos lucía con taconazo y paso firme, Revolution las ha adquirido en versión H&M.

Asumido pues que Revolution no me va a sorber el seso, voy a seguir viéndola. Me cae bien y echo el rato. Los mejores momentos que paso con ella me provocan una punzada de melancolía pero es que no tiene mucho más que ofrecer, la pobre. Puede que un día me aburra, la deje y no me acuerde nunca más de ella hasta que no me la encuentre en una lista de series que quisieron ser y no fueron. O quizás, esto es harto improbable, desarrolle personalidad propia y logre seducirme; entonces me casaré con ella y me arrepentiré de haber confesado todo lo anterior.

Revolution se emite en SyFy a los miércoles a las 22, 20

Pactar con el diablo

Lejos de tomarse en serio el dilema moral de Fausto, 666 Park Avenue se presenta como un entretenimiento frívolo en el que un diablo que no se conforma con cualquier cosa y aburrido de que los humanos sean víctimas tan facilonas, busca el reto de corromper a los individuos más guapos, inteligentes, talentosos y con los más recios principios. El sitio elegido, claro, es un Nueva York plagado de veleidades artísticas y ambiciones frustradas. Terry O’Quinn es Gavin Doran, millonario Belcebú propietario de un edificio imponente de la zona norte de Manhattan al que llega una pareja de jóvenes idealistas, político en ciernes él, licenciada en arquitectura ella, buscando emplearse como guardeses de la finca a cambio de un piso con vistas al parque. El bloque de apartamentos, el Drake, es el redil donde Doran y Olivia, su mujer (y qué mujer, Vanessa Williams) tienen controlados a sus potenciales objetivos: un dramaturgo que no consigue escribir nada y que se pasa las horas muertas deseando a la vecina golfilla de enfrente a espaldas de su castradora esposa; un conserje que anhelaba el puesto de los recién llegados; un viudo dispuesto a matar con tal de volver a abrazar a su mujer; y una niña rara (qué tipo de casa encantada sería ésta si no un hubiera una) con poderes mentales. El Drake es un parque temático del terror, apariciones en camisón con el pelo sobre la cara, pasillos larguísimos con puertas a los lados, mosaicos demoníacos: un umbral del infierno en toda regla. El eficaz piloto dirigido por Alex Graves, responsable del mítico episodio en directo El debate de El ala oeste de la Casa Blanca, exprime las virtudes estéticas del edificio que toma como referencia real el Ansonia, una de las fachadas que en Hannah y sus hermanas las pazguatas Dianne Wiest y Carrie Fisher visitaban con Sam Waterston. Curiosamente es su hijo, el también actor James Waterston, quien interpreta en 666 Park Avenue al primer inquilino que sufrirá en carnes propias el altísimo precio de hacer negocios con el luciferino Doran. Miedito de intensidad moderada y mucha gente guapa, el arranque es muy parecido a la película de Taylor Hackford de 1997 Pactar con el diablo. Esperemos que la audiencia dé tregua (el estreno ha ido flojo en USA) y que como en aquella, haya desparrame de perversiones por el Upper East Side.

Vegas: cable tolerado

Igual que cada película comercial tiene su versión porno, parece que se impone la tendencia de que las series de cable americanas cuenten con un remedo blanco, apto para todos los públicos, para estrenar en abierto. Locas con el glamour de Mad Men, Playboy Club y Pan Am se dieron de bruces con la realidad el año pasado: no vale con copiar el envoltorio, hay que ofrecer algo más. Si no puedes disfrutar de la libertad creativa del cable (los tacos, los desnudos y, sobre todo, el tiempo para desarrollar las historias), tendrás que aportar algún otro componente a la mezcla para que el espectador se enganche a lo tuyo.

Vegas es un combinado de Boardwalk Empire (HBO) y Justified (FX) y es, además, un procedimental como la mayoría de los dramas de la CBS. Aunque pueda sonar a engendro, el resultado es curioso y está bien empaquetado. La historia, ambientada en el incipiente imperio del juego que era el desierto de Nevada en los años sesenta, tiene como protagonistas a un sheriff y un mafioso y, sin romper la preeminencia del bien sobre el mal, pretende dar peso equivalente a ambos personajes. El agente de la ley al que da vida Dennis Quaid resolverá casos de asesinato, uno por capítulo, que estarán indirectamente relacionados con el capo que interpreta Michael Chiklis. De esta forma el arco de temporada avanzará ayudado por las historias que empiezan y terminan con el episodio de cada semana. La única duda es, si la serie cuaja, ¿habrá enfrentamiento mortal o se mantendrá a Chiklis como big bad indefinidamente? ¿Tendremos un antagonista distinto por temporada? ¿Será Dennis Quaid el enésimo caso de actor mediocre convertido en estrella protagonista?

Para el primer episodio han tirado la casa por la ventana. Está escrito por Nicholas Pileggi (el autor de Wiseguy, la base literaria de Uno de los nuestros), dirigido por James Mangold (Walk the line) e interpretado por un puñado de actores solventes y Dennis Quaid, a quien los años de exceso le han proporcionado una linda parálisis facial que le sirve para disimular lo malo que es. Hacer creíble el love interest depende de la efectiva Carrie Ann Moss, la Trinity de Matrix, una ayudante del fiscal del distrito que comparte historia pasada con el sheriff. El reparto lo completan Jason O’Mara, feliz liberado de Terranova, y Michael O’Neill en uno de esos papeles de funcionario que tanto le gustan.

Cuestión de percepción

Eric MacCormack presentando Perception en Madrid el jueves pasado. A su lado, el inefable Eddie Vidal.
Uno de los culebrones del verano ha tenido a Matt Bomer en la picota tuitera y a Brett Easton Ellis tecleando frenéticamente comentarios malintencionados a propósito de un rumor que colocaba al actor como opción favorita para la adaptación cinematográfica de 50 sombras de Grey. El autor de American Psycho, postulante a guionista del bestseller calentorro de E. L. James, ha derrochado sorna y mala baba afirmando que el protagonista de Ladrón de guante blanco es demasiado homosexual para interpretar al pichabrava Christian Grey. Una chorradita que ha avivado debates muy rancios, muy aburridos y muy superados sobre el encasillamiento de los actores a consecuencia de su opción sexual o la de sus personajes.
Nunca me hizo gracia Will y Grace pero no se puede negar su contribución histórica: fue la primera serie que colocó sin contemplaciones a un gay como protagonista en primetime y en abierto. La sitcom creada por David Kohan y Max Mutchnick, nació a finales de los noventa alentada por el éxito de Philadelphia, cuando todos los machos de un Hollywood en proceso de desmelene buscaban emular a Tom Hanks encontrando un homo a su medida. Aun así, Eric MacCormack, actor hetero que interpretó al personaje principal de la serie durante ocho años, reconoce que dudó antes de aceptar el papel que le cambió la vida, en este caso para bien. Nos lo contó el pasado jueves en un encuentro organizado por AXN y #BirraSeries con motivo del estreno de su nueva trabajo, Perception. MacCormack, un tipo simpático y disfrutón, a juzgar por el entusiasmo con el que ha comentado su estancia en Madrid, admite que la gente le sigue identificando con el icónico Will, pero él se siente muy agradecido y es consciente de que sin ese encasillamiento, llámalo encasillamiento llámalo devoción incondicional de todos sus admiradores, hoy no tendría una serie de investigación con su nombre encabezando los créditos.
Producida por ABC Studios y emitida por TNT, Perception es un procedimental con protagonista peculiar (esto es un género en sí mismo) de los que enmiendan la plana a la policía y que, por descontado, es tan brillante en su labor profesional como desastre es en lo personal. Tiene algún tipo de dolencia paranoide, recurso usado de forma cicatera en el piloto para golpes de efecto previsibles y chanzas que no desentonarían en una de Mariano Ozores. Capítulos autoconclusivos, tramas humanas, Perception suma todos los ingredientes que gustan a los aficionados a los dramas policiales: el primer episodio incluso cuenta con Jeremy Ratchford haciendo el mismo papel que en Caso Abierto. Tiene confirmada una segunda temporada y se estrena esta noche en AXN a las 21.15.