2X14 Señales, malas preguntas y el eterno retorno

Perdón por la ausencia, creo que estaba esperando algún tipo de señal para acabar la temporada… y apareció Ana Pastor.

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Yo había evitado su Objetivo durante todo este tiempo, pero el pasado domingo me vi obligado a verlo porque el lunes vendría a la redacción a un Encuentro Digital.

Entrevistaba a Albert Rivera, presidente de Ciutadans.

Le formulaba una pregunta estereotipante y frentista: “¿Tienen que tener el mismo derecho a la sanidad un inmigrante y alguien que ha nacido aquí en España?”. Rivera, que parece alguien sensato y moderado le hacía el trabajo y formulaba la pregunta según cabe debatirla: “La distinción, si me permite, no es inmigrantes o no. Es personas con permiso de residencia o nacionales y personas que vienen de turismo o se supone que no están. Estos últimos tendrían derecho a atención humanitaria pero no tendrían derecho a todo el catálogo de servicios”. En mi opinión la postura está explicada, independientemente de la opinión que merezca.

El problema de la pregunta original es que da a elegir entre un humanitarismo buenista o un nacionalismo reaccionario e inobservante de los derechos humanos, dos opciones de mierda, y que buscaba una respuesta igualmente excreméntica.

A Pastor no le gustaba cómo había quedado la escena “No, no. Pero un inmigrante que ha saltado la valla de Melilla y ha venido en patera…”. Rivera se enredaba e intentaba establecer paralelismos con otros estados. Pero la conclusión de la implacable Pastor era “veo que le cuesta mojarse, ¿le gusta lo que ha hecho Ana Mato o no?”. Aunque la cosa había quedado explicada dos párrafos más arriba.

Y aún la entrevista continuaría con una interrogación ridículamente maniquea. “Impuestos ¿subirlos o bajarlos?”. Pese a que no me gusta ser apocalíptico en mi percepción de la cultura de masas, los propios códigos y dinámicas de la televisión (y del periodismo televisual) hacen a veces muy difícil mantener una postura mínimamente racional mientras se participa de ella.

Esta es mi señal, pensé. Esta es la conclusión. No hay nada que hacer. Estamos abocados a las posturas imposibles (con todas sus consecuencias).

No era una señal, solo el comienzo. El martes vino Albert Rivera a la redacción a otro Encuentro Digital. Y el miércoles, Julio Anguita. Así de ecléctico es elEconomista.es, me regodeé, ni buenista ni reaccionario. Y la emoción me hubiera durado más si estuviese seguro de que dentro de un año yo seguiré formando parte de esto tan ecléctico, pero no lo estoy ¿Cómo podría estarlo si hasta Pedrerol es prescindible?

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La madrugada del miércoles al jueves Carlos Garcia hirschfeld presentaba Punto Pelota mientras se especulaba (aún son solo especulaciones) sobre la desaparición de MTV. Entretanto a mi me cacheaba un policía por llevar puesta una capucha cerca de la puerta del Sol.

El viernes me atracaron, me importa poco si el tipo llevaba capucha, tenía permiso de residencia o tarjeta Carrefour. Era otra señal, o no era nada. Cuando la chica de la copistería llamó a mi puerta había pensado que se acabarían mis males. Imaginé un giro argumental lúbrico y apasionado. Nada de eso, solo la vida en el alambre. Y abajo, en lugar de red, un foso lleno de policías, políticos, atracadores, periodistas y otras alimañas.

Ha acabado otra temporada de El Objetivo, una etapa de Punto Pelota, otra temporada del blog, pronto acaba otro año y no creo que haya encontrado una sola respuesta, quizá porque, como Pastor, hago malas preguntas. “Esta es mi forma”, zanjaría ella.

Pues esta es la mía. Vuelvo a donde dejé la temporada anterior. La vida, no tiene sentido. Me divierte jugar a encajarla en modelos narrativos, trazar paralelismos y puentes, pero llegada la reflexión final debo ser honesto y afirmar el eterno retorno de lo mismo*, que es el sinsentido, y abrazar mi destino textual. Solo así se es capaz de crear “una estrella danzante”.

Daniela, la chica de la copistería, fue secuestrada por sus empleadores y su dedo enviado con Dávide, tras la fugaz confusión, a los padres de ella. Abrazaron su destino, los padres pagaron, Davide encontró trabajo como chico de los recados de una mafia modesta y Daniela está de vuelta en su antiguo puesto de copistera porque, bueno, todos tenemos defectos y sus captores no se habían portado mal del todo.

Os dejo este tercer final prometido, sin conclusiones, sin saber si habrá nuevas temporadas. Mi regreso será, en todo caso, lúbrico y apasionante.

*Esta parte del párrafo es una paráfrasis de Nietzsche.

2X13 La literatura y el final de Canal Nou

Vivimos tiempos tan terribles que solo el futuro me consuela. Y como Futurama dejó de servirme de bálsamo, me he visto obligado a leer.

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He leído de Iolanda Marmol, periodista de Canal Nou, que siempre fantaseó con regalar un ejemplar de 1984 a cada directivo de la cadena. Lo dice como para sugerir que los métodos de estos se asimilan a los previstos por aquel. Y lo dice mientras reconoce a medias una serie de prácticas suyas, censurables desde el punto de vista periodístico.

Ella, digamos siguiendo la lógica de Orwell, se siente partícipe a su pesar de un engranaje de dominación social. Tiene culpa pero menos que los políticos, un poco como piensa cualquiera en España. De todos modos, se confiesa. Y, por obra y gracia de la moral imperante, queda libre de pecado y lista para ingresar en el cielo del periodismo.

Si regalásemos a directivos y periodistas las novelas de Albert Camus quizá se preocuparían más por obrar bien y menos por pedir perdón. Pero en España somos más de “Me equivoque con Bárcenas”, “Me equivoqué con el elefante“, “Me equivoqué con los nazis, parecían muy formales”, “Me equivoqué de número de DNI”, “Me equivoqué al desinformarte, sistematicamente, durante 20 años”.

Por citar algunos “errores” Canal Nou tardó 19 días en informar de la moción de censura contra Camps en septiembre de 2010; aprovechó la oportuna visita papal para ningunear los muertos de accidente de metro; olvidó informar de la implicación de Camps en la Gürtel y de la destitución de Ricardo Costa como secretario general del PPCV.

Estos casos y, un sinfín de tejemanejes más están ampliamente documentados*, por ejemplo por Francesc A. Martínez en el libro (por cierto muy recomendable) El Secuestro de la democracia. La corruptela generalizada era, si no nítidamente visible, vislumbrable entre la penumbra del clientelismo. Para que se hagan una idea, el cargo de jefe de recursos humanos en RTVV se creó expresamente para don Vicente Sanz en 1995. Sanz había sido presidente del PP de Valencia hasta que se vio obligado a dimitir tras hacerse públicas unas grabaciones en las que reconocía estar en política para enriquecerse. Su “castigo” fueron quince años al frente de los RRHH, de donde se fue en 2010 con una orden de alejamiento de varias trabajadoras que le denunciaron por acoso y abusos sexuales. Y, solo por seguir anecdotizando, el director de RTVV entre 2004 y 2009, Pedro García Giménez protagonizaba un interesante apunte en la carpeta “Temas de Valencia” que formaba parte de lo incautado en la investigación de Gürtel. Aparecía allí una anotación: “Pedro quiere ser director de Canal Nou”.

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Yo les regalaría, a los directivos y a Iolanda, las novelas sobre el Imperio, de Asimov, como para sugerir que, a lo mejor, lo que viven es un futuro más interesante que el de Orwell. En los relatos de Asimov un brillante e idealista matemático demuestra que es teóricamente posible predecir el futuro de las masas y así poder operar sobre ellas para determinarlo. En vista de la decadencia del Imperio, la forma más aceptable de organización política que haya conocido la galaxia, procura disponerlo todo para que nada impida su desintegración pero surja, en un periodo razonable, un segundo imperio que le sustituya aunque cimentado sobre bases algo más sólidas y benévolas.

Vivimos tiempos tan terribles que los ciudadanos anhelamos la destrucción creativa. Podéis elegir vosotros entre el enfoque anarquista y el capitalista.

Pertenezco a una generación a la que creo especialmente imbuida de este sentimiento. No hemos padecido el hambre ni disfrutado el banquete. Vivimos la decadencia de algo que solo estaba medio bien. Ahora necesitamos creer que lo que vemos es la desaparición de estructuras periodísticas y políticas disfuncionales y odiosas que podemos reemplazar con otras más sólidas y benévolas.

En definitiva ¡que corrá el vino peleón! celebremos el fin de RTVV, una institución corrupta y tóxica que apenas ha generado beneficios para unos pocos pese a una inversión ingente de recursos comunes ¡Y que sean muchas más!

* He extraído esos ejemplos de “El secuestro de la democracia: corrupción y dominación política en la España actual”, VV.AA. Madrid, Akal, 2011.

2X12 ‘¿Quién quiere casarse con mi hijo?’, el ‘reality’ de ficción

La tele y yo no pasábamos nuestro mejor momento. Mucho tiempo a solas nos estaba haciendo mella. Hasta que apareció Carlos Areces. Estuvo el otro día en la redacción (¿Os he dicho que escribo en una web?¿Hacía falta?) y respondió como le vino en gana a una serie de preguntas formuladas según les vino en gana a los usuarios.

Respondió entre bromas y veras, con esa rara cualidad que tiene para decir las cosas con inocencia pero decirlas y decir cosas. Pasó de Cristobal Montoro a las deformidades faciales sin que el escaso y revuelto pelo se le viniera abajo. Y en pleno desconcierto dijo “Veo ‘¿Quién quiere casarse con mi hijo?’ porque ha dado comienzo a un nuevo género que es el reality de ficción, que me parece fascinante”.

Pues eso. Fascinante.

Así reparé en las verdaderas dimensiones de ¿Quien quiere casarse con mi hijo?, probablemente, lo mejor que pueda verse hoy en la televisión española. Y digo hoy porque con la tele, como con Casillas, hay que tener memoria. Pero las dos horas que duró el pasado episodio de QQCCMH son las dos mejores y más significativas horas de televisión que yo haya visto en los últimos meses. Como apunta la fórmula de Areces, QQCCMH es uno de esos nodos entre la televisión y la vida, entre la realidad y la ficción, que dan sentido a este blog.

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A primera vista, el estilo documental arraiga al espectador en un discurso que conoce como fundamentalmente informativo y veraz. La escena espontánea, la entrevista individual en interiores, la narración, ocasionalmente frente a cámara, de Luján Argüelles. Hace unos días miraba un reportaje de John Pilger sobre la industria textil en Indonesia y, en lo esencial, compartía estructura con QQCCMH.

Pero QQCCMH está ficcionado. No es del todo veraz. Se proporciona una trama amorosa, cinco tramas amorosas, y el montaje y la capacidad de improvisación y reconducción durante la producción permiten la coherencia del texto.

Algunos aspectos del guión son verdaderamente brillantes. La simplificación de los atributos de los participantes facilita la comprensión de las tramas y las motivaciones de los “personajes”. Y son simplificaciones, estereotipos, pero son atinadas y jocosas. Se refieren a una de las participantes de esta tercera edición como una “cubana-manchega muy entusiasta”. Y, efectivamente, uno la mira y ve en ella una cubana, manchega, muy entusiasta. También resume la aclamada Mari Carmen que quiere para su Fran “una novia limpia, religiosa y regordilla”. Y cuando uno ve a las pretendientas no sabe si son especialmente religiosas u ordenadas pero ¡Por Rubens! que son regordillas.

QQCCMH es una televisión que maneja los códigos de la televisión y que se ríe de sí misma, que es capaz de acompañar una escena airada con la sintonía de Gran Hermano. Y, mejor aún, una sociedad que se autoparodia, que no se toma demasiado en serio y se permite reducirse a estereotipos con un espíritu puramente lúdico. Diciendo las cosas así, entre bromas y veras.

Porque es muy fácil ser de un bando y ridiculizar despiadadamente al otro. Pero el chiste que plantea QQCCMH nos toca a todos, de Galicia a Jaén pasando por nacionales, extranjeros, urbanos, de campo, argentinos y transformistas, entre otros afortunados. Pero, ojo, no es un chiste fácil. Leti es una fiestera ibicenca que antes era “pija-de-perlas” a la que han revelado amable, comprensiva e ingeniosa. Y Roi cumple con cierto estereotipo del homosexual moderno y pudiente pero no se aborda una vis suya excesiva y, a priori, más televisable del estereotipo sino que Roi encabeza un reparto considerablemente más sensible, sensato y culto que la media del programa.

En lo técnico, la sonorización es eficaz, las melodías pegadizas, el montaje ágil; Los recursos gráficos imaginativos. Digamos, en resumen, que todo está muy bien resuelto. El retrato es divertido, sensible, muy blanco. Los participantes tienen características y comportamientos más o menos censurables según la sensibilidad del espectador pero, afortunadamente, no censuradas, según los gustos del intelecto crítico. El programa ha sabido absorber incluso la espontaneidad del término tróspido popularizado por la audiencia tuitera.

Como razonara Anthony Hopkins en relación a la serie Breaking Bad, actores como Areces, y programas como QQCCMH devuelven la ilusión y la confianza en una televisión que no vive sus mejores días y en una sociedad que no vive sus mejores días pero aún muestra talento, sentido del humor y esa rara cualidad para decir las cosas.

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Actualización:

Nada más publicar esto  llamaron a la puerta de casa. Era la chica de la copistería (ver 2X01) , italiana, entusiasta y con nueve dedos. Una extraña carambola ha concluido con ella quedándose a vivir aquí “de momento”. Os lo cuento mejor la semana que viene en la season finale.

2X11 ‘Entre Todos’ y la virtualización del gobierno

Anteriormente en La tele y la vida “Tengo un compañero de piso (…) Aparte del miedo a morir asfixiado, tendría compañía y pagaría menos alquiler sin necesidad de mudarme” (1X06) ”Mi compañero de piso abandona el barco. Acaba de recibir una oferta de empleo que “no ha podido rechazar” y se vuelve a Italia” (2X05)

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Me ha escrito Davide desde Grecia y por fin me ha dado permiso para contaros que ha sido de él. Por supuesto, dosificaré esa información cual tertuliano de Sálvame. De momento solo necesitáis saber que no volverá y que le echo de menos, sobre todo por lo barato que me salía el alquiler.

Y no me extraña que no vuelva, está el país muy difícil.

Fíjense si estará difícil, que la televisión pública tiene en marcha un telemaratón permanente. No conozco la intención pero no parece el mejor de los mensajes. Como ya haya hecho largo tiempo la televisión pública andaluza con Tiene Arreglo, Entre todos viene a ser el reconocimiento público de la incapacidad del Estado para satisfacer, en la intimidad y conforme al procedimiento, las necesidades y derechos fundamentales de sus ciudadanos. Muy poco Marca España eso, nada de mensaje de confianza salvo que el programa se entienda como una revolucionaria derivación telemática de los servicios sociales.

Podrían abordar desde esa perspectiva todos los servicios del Estado. Desde luego es low cost y hay buenos mimbres. Pueden suprimir el ICO ahora que tienen Código Emprende. Y el SEPE sobra teniendo Aquí hay trabajo. Las Escuelas Oficiales de Idiomas hace años que debieron haber centralizado su actividad en That´s English. La atención a los mayores, en el programa de Mariló. Las becas del MEC se pueden tramitar en Saber y ganar. Y, con la colaboración de Telecinco, incluso podríamos prescindir de la judicatura y emitir De buena ley. Sobre el deporte que decida Jesús Álvarez y para problemas de salud que acudan directamente a El día del señor.

¡Qué guay! ¡qué moderno y liberal un país así! Tendríamos un Estado tan ligero como las ondas radioeléctricas. Extraordinariamente dinámico y centrado en la competitividad. Porque claro, no pensarán que yo, varón joven y sin handicaps de relevancia puedo ir a Entre todos a solicitar la renta básica de emancipación. Uno se maneja en un mercado libre de dramas y carencias. Como los mendigos discapacitados que mientras piden ayuda reniegan de los que no lo son. Como las partes litigantes en una edición reciente de De buena ley, en la que peleaban por un puesto de trabajo una madre soltera y un señor en silla de ruedas.

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Ahora en serio, ténganlo presente, en la mayoría de casos propuestos se puede detectar cierta pérdida de calidad, pero Entre todos modifica esencialmente la naturaleza del servicio prestado, representa una transición del derecho a la gracia, de la justicia a la caridad. Un poco como aquel proyecto de padrinazgo académico que propone Wert. Cosas propias de un país que se pone muy difícil. Por lo demás, nada  que objetar, ya saben que una mayoría silenciosa de legítimos votantes respalda todo lo que haga el gobierno, así se les ocurra mudarse a las Seychelles y asistir al Parlamento por teleconferencia holográfica.

2X10 Finales. ‘Dexter’ y la maldita “edad dorada”

Anoche, mientras la televisión estadounidense se regocijaba en su genialidad acabó Dexter. Me dispongo a comentar su final. Y será el primero de los tres finales que me sirvan para dar cierre a esta temporada del blog. Como la mayoría dejastéis de ver Dexter en torno a la cuarta temporada no creo que esto suponga un gran problema, pero se avecinan spoilers y opiniones polémicas, avisados quedáis.

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Dexter era una buena serie. ¿Muy buena? No, solo buena. Pero juraría que el telespectador que yo conocía no tenía intención de vivir sobrecogido por la profundidad dramática y complejidad intelectual de todo cuanto ponen por televisión. Yo, debo confesarlo, veo la mayoría de programas para entretenerme y así empecé a ver Dexter, un aburrido verano.

Creo que esa es una virtud que tendemos a obviar. Este verano he visto Dexter, Futurama, The bridge, Breaking Bad y La Cupula, algunas con más placer que otras, pero las he visto agradecido porque me han acompañado mientras el resto se reservaban para las batallas de temporada alta.

Dexter no es gran cosa, un drama policial procedimental con un giro, un asesino en serie como protagonista. Pese a la crucial diferencia que esto debería suponer, la serie es muy sencilla de entender porque Dexter viene con manual de instrucciones, el código de Harry, que representa la lógica procedimental de las teleseries policíacas. Como complemento, el primer mandamiento de su código, “que no te cojan”, alivia y retiene al telespectador, que intuye que su héroe va a salir razonablemente airoso ante cualquier adversidad.

Todo esto está muy bien, pero podría ser poco, quedar sepultado bajo las simplezas de la trama, que a veces mezcló de manera inverosímil o insignificante los componentes de un reparto anormalmente estable. La inútil aparición de la hija biológica de Masuka en esta última temporada es buen ejemplo de ello, carnaza para cumplir con el metraje. Sin embargo, y pese a saberse de cierta clase media televisiva, Dexter no quiso ser una serie tonta e incorpora cierta dosis de reflexión existencialista que enriquece la simple sucesión de crímenes.

Mientras Dexter se enfrentaba a un nuevo enemigo se buscaba a sí mismo, aprendía a ser hermano, padre o amigo. Lo hacía desde las limitaciones del psicópata, que debe racionalizar lo que en otras ficciones no es más que un torrente incomprensible de sentimientos.

Cuando estos días se levanten ustedes del sofá para aplaudir enfervorecidos la nueva genialidad de Vince Gilligan, piensen en cuantos conflictos argumentales han cerrado en Breaking Bad gracias a un oportuno arranque de ira… o de amor, lo mismo da.

Dexter no era así, hasta que él se volvió humano y la serie se volvió “buena”, así como las de ahora, muy dramática y pesimista. Porque parece que en la “edad dorada” de las series los héroes no pueden ganar, supondría cierta traición a la integridad de la obra artística, que es hoy tanto más artística cuanto más pesimista (me extenderé sobre esto en las próximas entradas).

Yo quería ver a Deb viva y feliz, con Quinn. Yo quería que Hanna, Harrison y Dexter viviesen juntos en Argentina y que todo acabase con una parrillada familiar con Batista en los fogones. ¿Tan difícil era eso?

Yo voy al cine a disfrutar (por eso no voy al cine) y veo la tele para disfrutar. Hay cierta dosis de realismo tolerable, interesante, enriquecedor pero quiero vivir, preferentemente, con la victoria en el horizonte, porque las personas necesitamos ser optimistas y necesitamos que nuestras ficciones lo sean.

¿Saben como acaba la vida? (Cuidado SPOILER) Todos muertos, eso es lo que hay, nada, excreciones post-mortem, palidez y olvido. Aprecio infinitamente que algunas grandes series hayan tratado la vida de forma cabal y terrena pero no necesito que me recuerden continuamente la certidumbre de la derrota. Especialmente cuando veo una serie ligera. Quiero personajes inmortales, irreductibles, que me infundan optimismo y voluntad de triunfo vital.

Dexter ha desperdiciado una oportunidad de satisfacer al verdadero amante de la serie, al espectador medio que no sabe si esto es single camera o aquello mockumentary y perdonaba sus deslices porque se siente parte de ella. Para contentar a cuatro puristas que nunca le dieron más de un 6 en IMDB, nos ha jodido el día a los  demás.

Vuelvo a la infancia, que últimamente centra mis preocupaciones. Harrison, el hijo de Dexter no sabe que no volverá a ver a su padre. A él es al único que los guionistas han salvado de la tragedia inherente a la vida. Pero no durará mucho, pronto crecerá y empezarán a bombardearle con series innecesariamente dramáticas y atará cabos hasta saber (creer) que toda su familia está muerta. Tomará algunas drogas, atravesará una adolescencia complicada, dirá a Hanna “no me hables así, tú no eres mi madre” y acabará siendo un adulto pesimista y patético como el resto de sus congéneres.

Juraría que antes la tele no era así pero, últimamente, la tregua dura muy poco. Yo a veces veo películas infantiles porque sé que acabarán bien, solo por eso.