Sed malos

Lo mejor para combatir el exceso de moñadas de estas fiestas es ver el nada edificante Cuento de Navidad de Blackadder. Si estáis saturados de tanta bondad, de María Von Trapp voceando por las colinas, de George Bailey sorbiendo mocos, de achuchones en el aeropuerto, rebobinad hasta finales de los ochenta, cuando Richard Curtis no era el director de Love Actually sino la mitad del dueto con más mala baba de la tele británica y, mano a mano con su colega Ben Elton, le dió la vuelta a la historia de Dickens consiguiendo una de las más cínicas y divertidas reflexiones sobre lo retorcido de la necesidad y la crueldad de las clases menesterosas.

Este especial de Navidad se emitió en dicembre de 1988, entre la tercera y la cuarta temporada de la serie. En él, el álter ego de Scrooge, Ebenezer Blackadder (Rowan Atkinson), es un buenazo, un tendero pobretón del que todo el mundo se aprovecha. Generoso y risueño, por su casa circulan diversos personajillos que le potrean y le quitan hasta la camisa. Huérfanos que son son gordos cebones insaciables, mendigas egoístas, aristócratas bobos y caprichosos que ignoran la miseria que les rodea… Del primero al último, ricos y pobres, son todos una panda de cabrones. Incluso Baldrick (Tony Robinson), el imbécil sidekick del protagonista, tiene un punto más avaricioso que de costumbre. El único espíritu puro es Ebenezer quien, tras irse a la cama sin cenar, recibe la visita de un fantasma que le revela a partir de sus antepasados (o sea, los Blackadder mezquinos de distintas épocas) que ser mala persona es siempre más rentable que portarse bien.

El Cuento de Navidad de Blackadder es un antídoto contra la autoindulgencia y la cursilería. Atkinson y Robinson, acompañados de su pandilla habitual, Hugh Laurie, Stephen Fry, Miranda Richadson, Robbie Coltrane y Jim Broadbent montan un belén distinto, donde el Niño Jesús es un perro salido y la única dotación de los calcetines de la chimenea es el mal olor. Retruécanos y chistes de personajes históricos marca de la casa, os lo recomiendo como alternativa si con tanta melaza audiovisual ya empezáis a sentir la tentación de hacer lo que Gary Busey en Arma Letal.

Feliz Navidad a todos.

Jugando a los médicos

A punto de terminar la primera temporada estamos embelesados con el cortejo del doctor Masters y Virginia Johnson, los protagonistas de Masters of sex, que, como dos críos chicos, andan siempre a la gresca negando que se gustan, pero felices por tener una excusa para meterse mano. La serie (que está emitiendo Canal+ 2 con menos de veinticuatro horas de diferencia con Estados Unidos) la ha desarrollado Michelle Ashford a partir del libro de Thomas Maier ‘Masters of sex: vida y época de William Masters y Virginia Johnson, la pareja que enseñó a Estados Unidos cómo amar’, sobre la biografía real de estos dos personajes. Ashford resuelve, como ya hizo en John Adams, algo que a Billy Wilder le parecía dificilísimo: retratar a personajes históricos en la intimidad con elegancia y naturalidad. En aquellos tiempos de moral puritana, de torpes ensayos de liberación, Virginia y Bill pasaban el rato jugando a los médicos y elaborando a la vez su importante (y arriesgado) estudio sobre sexualidad mientras los demás pululaban alrededor buscando un subterfugio para echar un polvo como Dios manda. Entre todas las historias del Hospital universitario Washington de St. Louis no hay ninguna tan emocionante como la de Margaret, la mujer del rector Scully interpretada por Allison Janney.

La escritora Claire Goll, intelectual europea en activo en aquella primera mitad del siglo XX, confesó al final de su vida haber tenido su primer orgasmo pasada la setentena; Margaret Scully no está dispuesta a esperar tanto. En plena menopausia, aún no sabe lo que es darse un buen revolcón. Harta de que su marido prefiera ponerla en un pedestal en vez de mirando para Cuenca, Margaret, sin perder su porte y discreción, se lanza a encontrar alguien que mitigue sus sofocos. Su evolución de animalito cohibido a perra en celo es un regalo de esa actriz maravillosa que es Janney, una creación completamente distinta a su mítica C. J. Cregg, y muy lejos también de su papel en el la sitcom Mom (producto a mayor gloria de Anna Faris que se ha estrenado este año). Casado con ella, pero sin hacer uso de matrimonio, un estupendo Beau Bridges en su mejor personaje desde Los fabulosos Baker boys. El rector Scully, ese prohombre de vida perfecta que cierra la puerta del dormitorio con llave para que nadie sepa lo que ocurre dentro, confirma que, si bien la belleza y el carisma le fueron esquivos, Beau puede presumir de su parte de herencia del talento familiar.

Masters of sex es la mejor serie que se ha estrenado este otoño. Si alguien te la ha intentado vender como la nueva Mad men no le hagas ni caso. No se parecen en nada, y, aunque yo idolatre la ficción de Weiner, eso es algo buenísimo, porque Masters of sex puede presumir de encanto y personalidad propios. Terminará de emitirse en Canal+ 2 el lunes que viene, pero puedes echarle el lazo en Canal+ Series en las próximas semanas.

 

Tal como somos

España en serie arranca en un plató desnudo, con una cálida bienvenida de Emilio Gutierrez Caba y unas notas melancólicas de fondo. Desde este prólogo, el programa de cinco episodios que ayer estrenó Canal plus y que repasa la historia de la ficción televisiva española apela a lo emocional. No es un recorrido sistemático, ordenado, académico. Es un producto de entretenimiento que busca la coherencia en una deriva a veces social y siempre sentimental. El análisis de España en serie es certero, pero no es un simposio: es más bien un puñado de recuerdos.

La tele nos enfrenta con nuestras filias y nuestras fobias. Indultamos sin problemas a ese personaje que nos marcó de pequeño aunque ya entonces su serie fuera infumable, pero en cuanto aparece el petardo de turno nos echamos las manos a la cabeza. Y debemos asumir que, nos caigan mejor o peor, a su modo, Ana Obregón entra por méritos propios dentro de la categoría de Luchadoras, como Mario Casas en la de Héroes, Lina Morgan en la de Cómicos y Jon González en la de Sucesores. Estos son los cuatro bloques temáticos de cada capítulo (hay un quinto episodio “extra” sobre la industria), elaborados a partir de entrevistas con actores, directores, guionistas, creadores y productores ejecutivos. El programa tiene como referencia el America in primetime que en Estados Unidos produjo la cadena pública PBS; en nuestro país ha sido un canal de pago quien se ha gastado los cuartos tirando de archivo.

La flexibilidad de estructura, contenido y enfoque de España en serie la convierte en una cita accesible para cualquiera. Interesará a tu hermano mayor, tu kiosquero o tu profesora de universidad, porque todos ellos se han enganchado a estas historias en algún momento y tienen esa conexión directa con la sintonía de Crónicas de un pueblo o la de Siete vidas; con la media melena de Ana Diosdado, el pedete lúcido de Echanove, las chulerías de Curro Jiménez y los mocos de Pancho gritando por la playa. De Fortunata sorbiendo un huevo a los castos arrumacos de Nacho y Alicia, a los refregones de Valle y Quimi, a los polvos de Física o Química; de los misterios de Santa Teresa a los de El internado; del inspector Flores a Rubén Bertomeu, cada uno podemos hilar el cuento como nos venga en gana. La forma de contar por la que apuesta España en serie tiene sentido. A veces resulta autoindulgente y otras cabrona en exceso (ese Resines cantando las verdades del barquero…). O sea, tal como somos.

España en serie se emite en Canal plus los lunes a las 22.00h.

¿Qué haces que no estás viendo The good wife?

Decían los cotillas (y lo ratifica ella misma en su autobiografía) que los celos tenían consumida a Cybill Shepherd en el plató de aquella serie que le produjo Chuck Lorre en los noventa. La sitcom hasta lucía su nombre de pila en el título, Cybill, pero a la rubia de Memphis se la llevaban los demonios al comprobar la abierta preferencia que el público y el equipo tenían por su mejor amiga en la serie. Christine Baranski no era precisamente una joven polluela, era objetivamente más fea que ella y, además, pelín estrábica. Pero qué voz, qué piernas, qué manera de tirar las frases y de beber copazos.

En The good wife, esa serie donde nadie es más que nadie, donde la línea de un secundario es esencial para que el mosaico se vea perfecto, Baranski tiene despacho propio. Salga más o menos, Diane Lockhart está allí al fondo, en el que hace esquina, con su pelo impecable y sus collares de cuentas gordas. Cabal, sensata, pragmática, eficiente, elegante, ambiciosa, da la impresión de que Lockhard podría ser presidenta del mundo si le diera la gana y nos seguiría cayendo bien a todos. Es afectuosa sin ser maternal, autoritaria sin estridencias totalitarias, es la súper líder. Todos los que seguís la serie, como yo, la adoráis; los que no la veis, por las razones que sea, porque pensáis que es una serie “femenina” u “otra de juicios”, os compadezco. De verdad. Este personaje es sólo una capa más de una gran obra.

Michelle y Robert King han elegido el procedimental de abogados, un género trillado hasta la saciedad, para desarrollar un producto de primera categoría que les emparenta con los grandes. Cuando escriben comedia, los King miran a Ruth Gordon y Garson Kanin; a Joseph L. Mankiewicz para afinar los giros dialécticos; a William Wyler para aprovechar con elegancia los recursos visuales. ¿Exceso de clasicismo? De clase, si acaso. Estas referencias son el equivalente del débito que Los Soprano tiene con Scorsese o Breaking Bad con Tarantino. The good wife tiene carisma y estilo propios, y una capacidad creadora asombrosa que permite que cada semana cada capítulo sea lo mejor que cualquiera puede ver en la televisión. Sin disparos, sin desnudos, sin tacos.

Yo tenía la intención de escribir una carta de amor a Diane Lockhart y me he ido por las ramas, pero así son las cosas con The good wife. No puedes separar a un personaje del total; piensas que la historia te va a llevar por aquí y te arrastra por allá. Es sorprendente, es compacta, es gloriosa. Si de verdad te gustan las series, no entiendo que no la estés viendo.

La cuarta temporada de The good wife se emite los martes a las 23,15 en FOX

Estrógenos a presión

“Dentro de unos años van a necesitar actrices de más de cincuenta que aparenten su edad. Si perseveramos, encontraremos un nicho de mercado importante”. Este argumento antibótox lo planteaba una burlona Frances McDormand en el documental de 2002 Searching for Debra Winger a propósito de la presión que Hollywood ejercía en las actrices para conservarse eternamente frescas, “follables”, según el término favorito de los ejecutivos. Ya entonces, la tele había abierto sus brazos anhelantes a la madurez femenina, diversificando la oferta interpretativa fuera de los estereotipos esposa de, madre de, abuela de, a los que el cine las relegaba. Hoy en día, operadas o no, las mujeres de cierta edad, de Margo Martindale (Hung) a Vanessa Redgrave (Nip/Tuck), practican sexo en nuestras pantallas como las jovencitas. Muchas de ellas, como la Redgrave, en las series de Ryan Murphy.

La que se ha hecho de todo en la cara y no aparenta ni uno menos de los años que tiene es Jessica Lange, que vuelve a ser la abeja reina indiscutible de la nueva temporada del terrorífico serial American Horror Story. Lange ha utilizado su rostro como campo de pruebas, algo que, al contrario de lo que pueda parecer, y contraviniendo muchos de los estereotipos anticirugía, no le ha restado personalidad ni fuerza interpretativa. ¿Estaría más guapa si no se hubiese vuelto loca recortando pellejo? Probablemente, pero la Lange pisa sobre sus tacones con tanta seguridad y se revuelca con las mismas ganas, si no más, como en los tiempos en que suspiraban por ella hasta los simios gigantes. Su personaje, una de las brujas de este aquelarre (Coven es el subtítulo de la tercera entrega de AHS), está, como ella, obsesionada por mantener a cualquier precio la tersura de sus facciones. No ayudará a su fijación la proximidad de un grupo de jóvenes hechiceras adolescentes que tutela su hija, Sarah Paulson.

¿De qué va American Horror Story: Coven? Ni idea. El primer capítulo es tan perverso y está tan bien hecho como el resto de la serie, pero no tengo muy claro cuál será el hilo argumental más allá de las alianzas y confrontaciones que se adivinan entre jóvenes  (Taisa Farmiga, Gabourey Sidibe, Emma Roberts y Jamie Brewer) y veteranas (Lange, Frances Conroy, Patti LuPone, Kathy Bates y Angela Basset), y las venganzas y maleficios atávicos del Nueva Orleans del XVII arrastrados hasta nuestros días. Los aquelarres, como los conventos, sirven a menudo como metáfora para las relaciones conflictivas entre mujeres, así que parece seguro que Coven servirá una olla a presión de estrógenos siempre a punto de reventar.

Repite, además de Paulson, Evan Peters, Lily Rabe, Denis O’Hare, y, esperamos, el resto de los freaks habituales.

American Horror Story: Coven se estrena este domingo 20 de octubre en FOX.

Servir bien caliente

¡Albricias! Las cadenas han pillado que, una vez hemos elegido el menú, no queremos esperar para consumir las series. De esta forma llevan tiempo orientando todos los esfuerzos a ofrecernos el producto en las teles, las tabletas y los smartphones antes de que el interés por ellas se enfríe. No es fácil. Romper la dinámica de las distribuidoras es un dolor, acoplar los estrenos en parrillas planificadas meses atrás, un encaje de bolillos y contar con tiempo para traducir y doblar, una misión imposible. No obstante, los espectadores mandamos, y al menos los canales de pago demuestran estar interesados en satisfacer a su público. Esta semana tenemos tres ejemplos de títulos que nos llegan echando humo:

Masters of sex en Canal + 2. Lunes 30 de septiembre a las 23. 00h en V. O. S.
(24 horas después de su estreno en EE. UU.)

Ardiente promete ser Masters of sex. Ambientada en los años sesenta, se basa en la historia real del ginecólogo William Masters y su ayudante, Virginia Johnson, responsables de un estudio pionero sobre la respuesta fisiológica de los humanos ante la actividad sexual, o sea, el equivalente en medicina a la revolución que, una década antes, supuso para la psicología el Kinsey Report. De hecho, la serie guarda algunas similitudes con Kinsey, la película de Bill Condon protagonizada por Liam Neeson y Laura Linney (quien últimamente, estoy segura, cuela como el que no quiere la cosa la palabra “Emmy” en todas sus conversaciones). La más atinada es esa bisoñez con la que gente tan sesuda y tan preparada como Masters o Kinsey, verdaderas eminencias en su campo pero auténticos pardillos en términos amatorios, productos de la puritana sociedad de posguerra, se aventuran a investigar el sexo menospreciando las complicaciones afectivas. Masters of sex tiene al eficaz Michael Sheen y a la preciosa Lizzie Caplan como protagonistas, esa atmósfera tan seductora de humo de tabaco, faldas lápiz y teléfonos de baquelita, y unos diálogos muy bien pulidos. Para mí, el mejor estreno de este año hasta la fecha.

Rehenes en TNT. Martes 1 de octubre a las 22. 30h
(Una semana después de su estreno en EE. UU.)

Refrito de una serie israelí que nunca se produjo y con trama de peli noventera, Rehenes presenta a Toni Collette como una reputada neurocirujana encargada de operar al Presidente de los Estados Unidos. El día anterior a la intervención, un grupo de encapuchados invaden su casa y amenaza con cargarse a toda su familia si ella no deja morir al mandatario en el quirófano. Aunque no tienen acento, así de primeras podemos pensar que se trata de la clásica trama de terrorismo internacional, pero qué va, son un grupo de renegados americanos liderados por Dylan McDermott enredados (probablemente) en un complot manejado desde las altas esferas de la CIA o el FBI o la Casa Blanca. Rehenes será divertida en tanto en cuanto no se tome muy en serio; si no, será un rollazo. El piloto empieza a despegar cuando se vuelve macarra, loco y calentón, cuando adivinamos el potencial de historias inverosímiles entre captores y cautivos, entre el renegado y la reputada. Eso y la esperanza de que McDermott se quite de vez en cuando la camiseta son bazas suficientes para pedir, al menos, segundo plato.

Homeland en FOX. Jueves 3 de octubre a las 22. 20h
(Cuatro días después de su estreno en EE. UU.)

Por último, vuelve Homeland. La última temporada terminó, literalmente, en llamas, con un salto al vacío argumental del que muchos agoreros piensan que no podrá recuperarse. Sin embargo, ya lo demostró el año pasado, esta serie tiene una asombrosa capacidad para reinventar la forma y el fondo manteniendo el interés y la coherencia de sus protagonistas. Con Brody, de enemigo público número uno, Carrie entre el querer y el deber, Jessica de alegre divorciada, Saul de jefazo y Rupert Friend… de lo que sea, a partir de éste, los jueves no contéis conmigo, no estoy para nadie.

 

Un cadáver en el ático

“Esto parece CSI Surrey”, se queja uno de los personajes de What remains harto de que una investigación criminal altere su, por otra parte, aburridísima existencia. Mentira. La miniserie de BBC One no podría estar más lejos de la franquicia americana. De hecho es, junto con The Fall, la novedad televisiva más gratificante que nos ha servido este año la pérfida Albión. Si Utopía era un quiero y no puedo, Southcliffe raruna en exceso y Broadchurch demasiado convencional, What remains está en su punto justo: es la versión de una novela de Agatha Christie que haría un discípulo aplicado de Haneke, algo profundamente triste y cruel.

Va mucho más allá del típico whodunit. Los protagonistas son un puñado de individuos ordinarios y amargados, vecinos de un mismo bloque de apartamentos donde aparece el cadáver de una chica gorda y retraída. No hay eufemismos que valgan; esos adjetivos condicionan la vida y la muerte de Melissa  Young (Jessica Gunning). Todos la despreciaban por su obesidad y nadie la echó de menos durante los dos años que su cuerpo pasó descomponiéndose en el altillo de la casa. Ni siquiera la policía parece estar dispuesta a dedicarle más tiempo del necesario y rápidamente despacha el caso como un suicidio. Sólo un detective recién jubilado, Len Harper (David Threlfall), se apiada de la joven y decide ir piso por piso escudriñando las relaciones entre los inquilinos, convencido de que uno de ellos es el asesino.

What remains es una historia depresiva. Tiene esa tristeza existencial de los días en los que la vida parece insoportable. Habla del resentimiento, de la tortura, de la melancolía, con unas tramas sencillas que afectan a personas vulgares y con muy pocos escenarios. La intriga por desvelar quién mató a Melissa aguanta un ritmo fenomenal y, sin embargo, también nosotros como espectadores la dejamos pronto en un segundo plano, interesados como estamos por saber qué se cuece en cada una de las celdillas de ese avispero que se parece tanto a tu casa y a la mía. Son cuatro episodios muy bien rematados, sin estrellas, con algunas caras conocidas entre las que destacan Steven Mackintosh, el jefecillo de los Inside Men, e Indira Varma, la esposa sufriente de Lucio Voreno y del DCI Luther.

El espía de al lado

 

The Americans no es sólo una serie ambientada en los ochenta sino que plantea una premisa tan descabellada que bien podría haber sido el argumento de una película de aquella época. Los protagonistas son una pareja de espías rusos que viven infiltrados en Estados Unidos desde hace años como una anodina familia del suburbio más, con la valla de madera, los niños y los coches de fabricación nacional. En mitad de una operación de alto riesgo, con un Reagan eufórico de poder, ¿quién se les muda a la casa de al lado? Un agente federal especializado en contraespionaje. Por puro azar. Ya es mala pata.

Va de espías, pero no se parece a Homeland; es una producción “retro”, pero está a años luz de Mad men. The Americans ofrece algo mucho más ligero, más accesible, sin que esto suponga un demérito en la calidad. Todo lo contrario. La serie va cogiendo cuerpo, combinando con habilidad las aventuras, la acción, con la historia de amor desincronizada de Phillip y Elizabeth Jennings (Matthew Rhys y Keri Russell), dos personas que se entregaron en cuerpo y alma a la causa soviética cuando apenas eran unos adolescentes y que han alcanzado la madurez en plena fantasía occidental. Él se siente tentado de abandonar la militancia, simplificar su vida y ser feliz con su familia, mientras que ella se empeña en mantener la cerrazón ideológica, radicalizando su compromiso hasta las últimas consecuencias. The Americans no pierde el tiempo valorando quién tenía la autoridad moral en la Guerra Fría (imaginaos la misma serie aquí, en España, con nuestra eterna obsesión con dejar claro de qué lado está cada uno, menudo rollazo); tan despiadados son los métodos de la KGB como los del FBI, tan devastadores los traumas en Leningrado como en Washington. En la puerta contigua, el agente Beeman y su mujer (espléndidos Noah Emmerich y Susan Misner) son otro matrimonio en crisis también por culpa de la causa, la otra causa, la del otro lado. El telón de acero es sólo un mcguffin; bastante tienen los personajes con poner en claro qué quieren hacer con sus vidas, contentar a sus jefes (Margo Martindale, de nuevo haciendo súper villana camuflada de mujer entrañable), mentir a sus amantes, lucir bien con pantalones sobaqueros y copular a ritmo de Phill Collins. Cuánto sufrimiento.

The Americans se estrena con doble capítulo esta noche en FOX a las 21, 30

Zorras entre rejas

La reina del binge watching estival, la niña bonita de las redes sociales, a todo el mundo se le cae la baba con Orange is the new black. Los trece episodios de las desventuras de Piper, la pija newyorkina que tiene que abandonar vida y novio ideales para pagar en prisión por un delito que cometió hace diez años cuando era la amante de una narcotraficante internacional, se estrenaron de golpe hace tan sólo un mes. Su distribuidor legal, Netflix, el videoclub más exitoso de la historia, no quiere decir los números reales, pero ha confirmado que su plataforma sigue ganando suscripciones tras la estela de House of cards y Arrested Development. La sátira carcelaria gusta a todos los grupos de jóvenes adultos y ha convencido a la mayor parte de la crítica falocrática. Tiene gracia la cosa porque Orange is the new black es mucho más una “serie de chicas” que un drama de cable transgresor. Es un buen ejemplo de ficción sin complejos, ni demasiado blanca ni demasiado oscura.

De Sin remisión a Chicago, las mujeres en la cárcel es un argumento que ha dado mucho juego en el audiovisual de toda la vida. Tirando de los mismos clichés, el tema cuajó a partir de los sesenta y setenta con las pelis WIP (Women in prison), subgénero del softporn exploitation que casi siempre contaba la misma historia: una inocente jovencita entra en la cárcel (por error, por un delito menor…) y es sometida a todas humillaciones conocidas. Guardianes sádicos, alcaides corruptos, reclusas envidiosas, un no parar de violaciones, motines orgiásticos y mucha bollería nada fina. El lesbianismo, bien era la manifestación cruel de una represión enquistada, bien la salvación afectiva para la protagonista; el mayor castigo (la pérdida de la “feminidad”) o un respirito, un oasis de disfrute entre tanta depravación y crueldad. Jenji Kohan se lo ha pasado pipa mezclando todas estas variables para su sleeper del verano.

Orange is the new black bebe directamente de la tradición machista del porno más violento, ésa que asume que a todas las mujeres nos gusta que nos metan caña. Rinde homenaje también a Oz, la decana de las series rebeldes; toma de ella la integración de los flashbacks en las tramas capitulares, los enfrentamientos tribales, la organización del día a día en la prisión y, sobre todo, la idea de que el amor dentro de una cárcel, como el libre albedrío, también está condicionado y sometido. Claro que Orange is the new black es un pastiche hecho con mucha guasa, una broma muy bien planificada que ofrece como resultado el producto femenino por antonomasia: una comedia romántica. La odisea de Piper es, básicamente, su dilema amoroso; la columna vertebral de la temporada es a qué ritmo late su corazoncito. El resto de elementos certifican se trata de un buen producto, aunque esté hecho con mucho cachondeo. Desde la ligereza de sus fenomenales diálogos a esa mezcla de pedantería y cultura pop (“En otras cárceles hacen Shakespeare y mierdas de esas. Yo quiero interpretar un gran papel como Desdémona, Ofelia o Claire Huxtable”) o esos guiños tan bien colados, como ver (de nuevo) a Jason Biggs masturbándose, o que Jodie Foster dirija un capítulo titulado “Lesbian request denied”.

Parte de la gratificación de ver Orange is the new black estriba en un festivo cuadro de personajes interpretados por un reparto ensamblado con precisión. Taylor Schilling tira las frases con naturalidad y socarronería; Laura Prepon ha creado una discípula aventajada de Shane McCutcheon, una chica con la que todos querríamos enrollarnos, cañera, misteriosa, vulnerable, sexy; Mr. Healy, Red, Nicky, Chapman, Crazy eyes, Miss Claudette, Sophia, Pornstache, Pennsatucky, la penitenciaría de Litchfield representa una gran nave de los locos buenista donde, aunque los referentes morales estén dispersos, cualquiera está dispuesto a echarte una mano. Aunque sea al cuello.

MIS premios Emmy

Cuando nos faltan argumentos para defender una opinión podemos sentirnos tentados de insistir en la extravagancia con tal de mantener nuestra postura. La gente de la Academia de la Televisión, los que entregan los Emmy, odian a Matthew Weiner. Le humillaron el año pasado y pretenden hacer lo mismo este año ratificando que, para ellos, los guiones de Downton Abbey son premiables y los de Mad men, no. No existen tampoco razones para que The good wife, la otra gran serie contemporánea (con permiso de Breaking bad), sofisticada, influyente, inconformista, no esté nominada. Los votantes ceden con facilidad a las agresivas campañas de márketing de las cadenas y a las modas, así que no olvidemos, cuando haya que hacer valoraciones sobre los ganadores, que todo esto es una tontería muy grande.

Como decía, los académicos se pirran por la serie de Julian Fellowes y su rollo los ricos también lloran arriba y abajo, y se obcecan en dignificarla a sabiendas de que es un subproducto. Si tanto les gustan los culebrones podrían haberse acordado de Nashville, una serie capaz de mantener tono marujo sin rebajar la calidad. Como esto no tiene ni pies ni cabeza, se trata de ser macarra, de no atender méritos objetivos y hacer lo que a cada uno le venga en gana, yo he hecho lo propio y he elaborado una lista con mis preferidos entre los candidatos. Ojo, no son “mis favoritos”; cuando llegue el momento de las porras y de apostar dinero, elegiré otros nombres. Me sorprendería que los de aquí abajo ganaran algo más que un primer plano favorecedor cuando premien a otro. Son los que me gustan a mí, mis elegidos, por las razones que sean, las que a mí me ha dado la gana destacar. A saber:

Demasiado guapo para que le tomen en serio, demasiado vulgar para ser una estrella fuera del plató, Jon Hamm es un actor de cuerpo entero (no hagáis chistes), clásico, eficaz y cumplidor. Su Don Draper desconcertado es una gran composición llena de matices y el protagonista masculino del año. El premio secundario de drama se lo daría a Charles Dance, pero como no está nominado, es de justicia que lo herede su odiado hijo en la ficción, Peter Dinklage, corresponsable, además, de algunos de los duelos dialécticos más divertidos que hemos visto esta temporada. En comedia, me apetece ver subir a Alec Baldwin al escenario. Por esa sonrisa entre lágrimas final de Jack Donaghy, porque se le ha quedado un tipín estupendo con la dieta y el yoga, y porque estoy enganchada a su podcast Here’s the thing. También me quedo con Ty Burrell. Dentro de unos años se marcará un bryancranston y entonces todos estaremos de acuerdo en que, no sólo es un actorazo, sino también un tío muy bien parecido. Nadie debe quitarle su standing ovation a la maricona de Michael Douglas, ni siquiera Toby Jones, quien se sale como el perverso sátiro y egoísta Hitch de The Girl, una peli que no aparece entre las seleccionadas de su categoría y, sin ser una maravilla, es una obra maestra comparada con La Biblia o Political Animals. Desaparecido está también el petrificado y descacharrante cirujano que interpreta Rob Lowe en Behind the candelabra, uno de los grandes aciertos de la peli. Sí está nominado James Cromwell, que se ha atrevido a dignificar un personaje como Arthur Arden, o sea el Doctor Mengele reescrito por Ryan Murphy. Mis ‘guest star’ van para Bobby Cannavale, por hacer soportable la cuarta temporada de Nurse Jackie, y para Harry Hamlin, alguien que sabe que más vale una frase en una buena serie, que encabezar los créditos en un dramón de Lifetime (chúpate esa, Corbin Bernsen).

Quién quiere retratos femeninos autoindulgentes y ejemplarizantes. Para mí, las señoras del drama del año son las miembros del club de las esposas cabronas, Robin Wright y Anna Gunn. Alfa y omega en términos estéticos, brillantes interpretaciones de mujeres interesadas, antipáticas y manipuladoras. Claire Underwood, como aquella otra mantis de Lunas de hiel, le recuerda a su marido cada día que, todo lo que él hace, lo puede hacer ella mucho mejor. Por su parte, Skyler White se ha revelado como la única antagonista (sí, esa es su función, de un tiempo a esta parte) a la altura de Heisenberg. Más buena que el pan es, sin embargo, la Sheila de Shameless, una locatis que nos ha permitido apreciar los matices dramáticos de la comicaza Joan Cusack. Otra demente (esta sí) peligrosa que cambia de registro es Melisa Leo en Louie, en la cita a ciegas más bizarra de la Historia. Y cuerda, aunque todos se empeñen en desquiciarla, está Lana Winters (Sarah Paulson) en American Horror Story: Asylum, magnífico homenaje sáfico a las grandes damas del melodrama de los cincuenta y sesenta. No soy seguidora de Parks & Recreation y, sin embargo, le daría con gusto el protagonista de comedia a Amy Poehler; por la ceremonia de los Globos de oro y porque, como cada años, improvisará el mejor sketch de la gala. Otra tía que es vis cómica con patas es Jane Krakowski. Sí, quiero ver a Jenna Maroney recogiendo un Emmy y comprobar si reprime las ganas de cantar. Las reacciones de los premiados son un incentivo como cualquier otro: esa displicencia serena de Helen Mirren, “Huy, qué bien, estaba yo echándome unas risas con Taylor y mira lo que me habéis dado”, cuando le entreguen su enésimo (merecido) galardón por controlar los respingos cada vez que a Al Pacino le daba un ataque en Phil Spector, y por conseguir que las florituras de David Mamet suenen tan naturales como la lista de la compra. Por cierto que éste, siendo teatral en exceso, es mucho mejor guión que el de LaGravenese (Behind the candelabra), que flojea en diálogos y en estructura. De los contendientes en drama, nadie le hace sombra al ejemplar “Say my name” de Thomas Schnauz, y en comedia, aunque sólo esté nominada una mitad, brilla la mejor película de Woody Allen de los últimos tiempos, el “Daddy’s Girlfriend” de Louis C. K.

La realización de Steven Soderbergh para Behind the Candelabra no es para matarse, pero es la mejor entre las miniseries y películas. En drama, la veterana Lesli Linka Glatter tiene un currículum televisivo tan impresionante como ridícula es su carrera cinematográfica. Este año supera con creces al irreductible Tim Van Patten, que ha utilizado la tercera temporada de Boardwalk Empire para hacerle la pelota al jefe y homenajear todas las películas que le gustan de Scorsese. El piloto de House of Cards de Fincher es impecable, pero palidece ante la sencillez y la fuerza que Glatter derrocha en el intenso capítulo del interrogatorio a Brody (Homeland, “Q&A”). Aunque si ha habido un ejercicio de dirección soberano este año, pese a quien pese, ha sido el de Lena Dunham por el “On all fours” de Girls, ese capítulo donde Hannah hace eso con el bastoncillo de las orejas, donde Marnie hace eso en la fiesta y, sobre todo, donde Adam le hace eso a su novia. Cómo está de bien rodado. Qué jeta.